La muerte de Maradona habilita el oportunismo necrofílico

La muerte de Maradona es un golpe para millones de personas en el mundo. Tristemente, también es la oportunidad que algunos esperaban para sacarle el jugo a la necrofilia argentina.

Por Javier Boher
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La única certeza con la que llegamos a este mundo es esa de que algún día nos va a tocar irnos. Sin embargo, la muerte sigue siendo una cuestión difícil de procesar, de la que buscamos huir con actitudes juveniles, con tratamientos milagrosos o a través de la simple negación. Es un tema tan fuerte, que es incluso difícil hablarlo con la gente.

No importa saber que la cosa un día se va a terminar, para nosotros o para los seres queridos. No podemos hacernos la idea de que el mundo puede seguir su marcha pese a nuestra intrascendente existencia.

Algunas veces, pocas, nos toca presenciar la historia. Eso pasó ayer con la muerte de Diego Armando Maradona. Aunque todos supiéramos que este momento iba a llegar, nadie estaba realmente preparado para que se concrete. Eso pasa porque los ídolos no se mueren, sino que trascienden su existencia física al pervivir en la memoria de la gente.

Mí tío era una maradoniano duro, de los que se emocionan recordando algún episodio deportivo o se desternillan tras alguna anécdota de las que cuenta Cóppola.

Ciego a los hechos bochornosos de la carrera del 10 (no llegó a ver la decadencia absoluta de los últimos años, con la proliferación de hijos extramatrimoniales y relaciones tóxicas que lo vivieron de la peor manera posible) alguna vez me dijo algo que me quedó grabado.

Maradona es un símbolo global porque siempre supo ponerse en el lugar de los de abajo. Supo representar -con toda su exuberancia- el sentir de las clases populares del mundo.
Sus contradicciones políticas se entienden desde ese lugar. Vivió en Cuba bajo el gobierno de Fidel Castro (que murió el mismo día, un par de años antes) pero también en la Dubai del lujo obsceno de los petrodólares. Tenía un tatuaje del Che Guevara, pero también le prometió a Menem compartir alguna vez fórmula presidencial. Con la misma destreza con la que eludía jugadores, también oscilaba entre uno y otro extremo político. Quizás ese era el centro de todo: siempre representó al pueblo porque nunca contradijo al pueblo, casi la definición misma de demagogia.

El suyo siempre fue un ejemplo contradictorio. En la cancha era único. Sus compañeros le reconocían su liderazgo, pero también su generosidad: para firmar contratos publicitarios ponía como condición que hicieran firmar a algunos de los que nunca eran imagen de nada.

Fuera del campo de juego, su vida estuvo lejos de ser ejemplar. Así y todo, se erigió como ídolo de un país propenso a abrazar esas figuras inabarcables. Cómo diría mi amigo Calamar, Maradona era como un choripán con todos los ingredientes: no se puede definir si es bueno o malo.

Seguramente ahora se verá la genuina congoja de los que han perdido a un referente, pero también el oportunismo de los políticos que aprovechen para beatificarlo de modo que puedan apuntalar su carrera política o su gestión mediocre, una buena oportunidad para que no se hable de todo lo malo que ya nos trajo el año.

Maradona era todo y no era nada.

Con el tiempo seguramente se edulcorará su recuerdo. Se irán borrando sus incidentes con las drogas, con los periodistas, con la ley, con sus hijos y con los políticos, dejando solamente al tipo que se ponía la celeste y blanca a rayas y cortaba el viento con su pecho cada vez que encaraba el arco rival. Nada más inoportuno para un país en el que los políticos no dejarán pasar la oportunidad de usarlo, como ya lo hicieron antes.