El jugador soñado

Ayer no solo murió Diego Maradona. También se fue con él la ilusión que animó a tantos pibes (y pibas) a patear una pelota y a desafiar las adversidades con la esperanza de que se podía cambiar la historia desde una cancha de fútbol, con una gambeta o un tiro libre al ángulo.

Por J.C. Maraddón

Era una tarde cualquiera, como tantas, en un potrero de barrio, con arcos armados con maderas de ramas de árboles y un travesaño atado con alambre. En la charla después del partido, alguien tiró la pregunta: “¿Vieron a ese pibe Maradona, que la rompe en Argentinos Juniors?”. En un tiempo sin redes, sólo la lectura de las revistas deportivas y la escucha de los relatos en la radio podían tirar pistas acerca de una información como esa. La aparición de un jugador que tenía casi nuestra misma edad y que prometía ser un crack nos aportaba una dosis impensada de entusiasmo en esos años oscuros.

Entonces, no podíamos saber que ese chico no sólo iba cumplir su promesa, sino que además nos iba a acompañar durante casi toda nuestra vida con su virtuosismo, sus declaraciones altisonantes, sus glorias, sus extravíos y una trascendencia mediática global como pocas personas han tenido a lo largo la historia. En aquella canchita que ya es recuerdo de un baldío que hoy no es tal, escuché por primera vez hablar de ese ídolo cuya presencia sería constante en nuestras existencias terrenales, en esas humildes rutinas desde las que seguíamos sus pasos.

Sufrimos a la par de él su ausencia en el plantel que ganó la Copa del Mundo en 1978, con la misma intensidad con que celebramos la hazaña del juvenil en Japón al año siguiente. En 1982, mientras las noticias de la rendición en Malvinas sembraban el desasosiego, asistimos al fracaso en España de uno de los seleccionados argentinos que mayores expectativas había despertado. Antes, habíamos disfrutado de su lucimiento con la camiseta de Boca Juniors y habíamos tomado como una consecuencia natural la venta de su pase a Europa, desplazamiento lógico para semejante talento surgido desde la inagotable cantera del fútbol argentino.

Pero todavía nos faltaba vivenciar, en uno de esos televisores a válvulas que iluminaban nuestros rostros, la que sería su obra cumbre, aquella humillación a la que sometió en México al seleccionado de Inglaterra, en el camino rumbo al campeonato. Esa trayectoria suya hacia la meta de Peter Shilton, esquivando rivales con una picardía sublime, culminó en el gol con el que todos habíamos soñado en nuestra infancia, pero que solo uno iba a ser capaz de concretar. Y ese era Maradona, uno de los nuestros que a partir de allí pasó a ser venerado como una deidad.

Después, su nombre siguió asociado con nuestras alegrías, pero también empezó a aparecer entre nuestras tristezas. Quienes lo habíamos endiosado no supimos advertir que, pese a su habilidad superlativa, era de carne y hueso y que, como nos ocurre a todos, alguna vez su físico iba a empezar a declinar. Tampoco comprendimos que, más allá de la mitología construida en torno a su ascenso y su consagración, su personalidad albergaba debilidades como las que puede padecer cualquier mortal. Y en esa puja entre la celebridad y el ser humano, fue este último el que quedó en una franca desventaja.

Ayer no solo murió Diego Maradona. También se fue con él la ilusión que animó a tantos pibes (y pibas) a patear una pelota y a desafiar las adversidades con la esperanza de que se podía cambiar la historia desde una cancha de fútbol. En el derrotero de todas estas décadas, hemos perdido la ingenuidad y la fe ciega. Pero cada vez que vemos una camiseta con el diez en la espalda, aunque más no sea por un momento, volvemos a creer que es posible torcer el destino mediante ese tiro libre que, con limpieza, pasa por encima de la barrera y se clava en el ángulo.