Un autor de enciclopedias viene al campo (Primera Parte)

Córdoba aparece casi de reojo en el libro de John Alexander Hammerton “The Argentine through English eyes” (1916). El exitoso escritor escocés, autor y editor de toneladas de obras en varios tomos, permaneció durante un año en el Río de la Plata.

Por Víctor Ramés
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Retrato de John Alexander Hammerton por el artista Dobson Cowan, 1940.

Uno de los importantes periodistas y escritores británicos que dedicó un libro a la Argentina fue el escocés John Alexander Hammerton, autor y editor que legó tomos de obras referenciales a los lectores anglófonos. Nacido en 1871 en Alexandria, Escocia, Hammerton colaboró en obras de gran escala, como fueron la Enciclopedia para Niños de Arthur Mee, que llegó a tener ocho extensos tomos, y luego con la edición de la no menos voluminosa Enciclopedia Universal de Alfred Harmsworth, que se publicó primeramente en fascículos y que llegó a vender, entre 1920 y 1922, doce millones de copias en todo el mundo angloparlante.
Ya en esa huella de la escritura de largo aliento y el mundo editorial, el nombre de Hammerton se vincularía luego a los seis tomos de Una historia popular de la Gran Guerra. Sus méritos literarios también lo indujeron a publicar estudios sobre otros escritores británicos, entre ellos una biografía de J. M. Barrie, el autor de Peter Pan, y sobre Charles Dickens y Robert Louis Stevenson. Dejó asimismo una autobiografía titulada Los Libros y yo, en 1944. Hammerton falleció en 1949, en Londres.
Su libro La Argentina a través de ojos ingleses, fue publicado en 1916. Curiosamente, se encuentra una edición apenas anterior, de 1915, que lleva por título La Argentina real, con exactamente el mismo contenido. En el prólogo de la obra, como es de fórmula, Hammerton explica las limitaciones de los tantos libros sobre la Argentina que se publicaron en su época. Reprocha a sus autores haber sido encandilados por aquello que los gobernantes argentinos querían que vieran, y haber escrito más que nada folletos que “vendían” las oportunidades del gran país sudamericano. Reconoce mayores méritos a escritores franceses o alemanes, quienes “escribieron trabajos admirables sobre la Argentina, totalmente libres de un sesgo parcial, que pintan al país tal cual es, con sus méritos y deméritos por igual”, algo que previsiblemente no encuentra en los libros británicos más actuales, a comienzos del siglo XX. Cita escritos de autores de gran distinción, como el presidente Theodore Roosevelt, o el vizconde Lord Bryce los cuales “con la mejor voluntad del mundo, pueden conducir a falsas impresiones del país.”
Por su parte, defiende su posición, el método y la distancia puestos en juego para concebir su obra:
“He vivido lo suficiente en el Río de la Plata como para revisar y corregir mis impresiones. Dominé el idioma del país, lo que me permitió conversar en español con la misma fluidez que en inglés. Y durante mi estadía no escribí un solo párrafo de este libro, para no registrar impresiones e ideas que luego se revelasen equivocadas. Me contuve deliberadamente de hacer anotaciones para luego, un año más tarde, sentarme a escribir con la seguridad de contar con una perspectiva más fiel, tomando solo lo importante de una enormidad de experiencias que se le presentan a uno durante un año de vida activa en tierra extraña”.
En lo que respecta a nuestro más acotado interés, las anotaciones de Hammerton sobre la provincia y la ciudad de Córdoba, el resultado es más bien exiguo para un escritor habituado a llenar tomos. El centro de su interés fue lo que vio y vivió en el Rio de la Plata (también en Montevideo). La referencia a Córdoba figura en breves párrafos del capítulo 16, titulado: Vida en el campo y en las ciudades provinciales. Esto pone límites, en definitiva, a esa mirada fiel que quiso preservar el autor en la escritura de este libro. Pero debemos condonar a los escritores extranjeros esa sinécdoque que los autores porteños han fortalecido por tradición: Buenos Aires como el todo argentino, un todo -en resumidas cuentas- periférico respecto al verdadero “centro del mundo”.
Lo cierto es que Córdoba casi se escabulle del libro de John Alexander Hammerton, y de ella se recogen rastros entre páginas. Por ejemplo, cuando menciona el autor escocés la disputa entre Buenos Aires y el interior, y señala que Córdoba llevó una denodada lucha contra la capitalización de Buenos Aires y contra el “zorro” de la política argentina, el presidente Roca. “Córdoba todavía mira con ojos celosos a Buenos Aires, como ciudad usurpadora del poder.” En cuanto a Buenos Aires, anota Hammerton la siguiente caracterización:
“Ocurre que Buenos Aires es una ciudad dedicada principalmente a hacer dinero, y aquellos que ya lo lograron mantienen el centro de su vida social en lugares alejados de la calle Florida, tan alejados como el Bosque de Boulogne y los Champs Elysees, ¿acaso no es París la Meca social del argentino triunfador? Sin embargo, hay realmente muy pocos de estos privilegiados, comparado con la multitud que se empeña en superarse viviendo en Buenos Aires. Incluso durante los terribles meses de verano, aquellos que pueden pagarse el tomar distancia de la sofocante atmósfera de la ciudad e ir a las sierras que rodean a Córdoba, a las playas que bañan las costas de Mar del Plata, o a los incluso más atractivos y baratos suburbios ribereños de Montevideo, constituyen una porción pequeña de la comunidad. Buenos Aires nunca llega a quedar tan ‘vacía’ como Londres en agosto, cuando nos dicen que ‘todo el mundo está fuera de la ciudad’, aunque nuestras calles permanecen tan activas como de costumbre. Las vacaciones en Sudamérica no son un asunto de poca monta, como para nosotros. La clase media argentina con una familia considerable, como acostumbran a serlo aquí la mayoría, invertirá tanto en dos semanas de visita a Mar del Plata, como una familia de clase media inglesa pagaría por vacacionar en el continente durante cinco o seis veranos.”
Si el autor se hubiese aproximado a la vida veraniega cordobesa, habría percibido también aquí el fenómeno de la ciudad vacía en los meses de enero y diciembre. Un vacío dejado principalmente por la clase privilegiada que iba a sus casas de veraneo en las alturas circundantes, aunque buena porción de los cordobeses más sencillos buscaban también gozar del buen clima junto a los ríos serranos.