Lo que queda entre Santa Fe y San Luis (Tercera Parte)

El tren que llevaba a Mendoza a José Ceppi, periodista italiano radicado en la Argentina, se detuvo en Río Cuarto. Allí, el cronista del diario La Nación resumió lo poco -la nada- que había percibido de la pampa, pronto ya a dejar atrás la provincia de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Ceppi
José Ceppi en su edad madura. El periodista falleció en Buenos Aires, en 1939 y fue enterrado en la Recoleta.

En aquella estación del sur cordobés, Ceppi medita sobre la composición de su crónica y da cuenta de que el paisaje visto de refilón, por la ventanilla, hasta el momento no le aportaba gran cosa para enriquecer el relato.

“Cuando creía hacer méritos, suponiendo que el inmenso trayecto de Rosario a Mendoza me ofrecería amplio tema para una magnífica correspondencia descriptiva, veome obligado en la mitad del trayecto a enmendar mi propósito, renunciando a la satisfacción que hubiera tenido en verle realizado.

El panorama del inmenso territorio que recorre el tren en la línea del Andino hasta San Luis puede reasumirse en una frase: una llanura interminable de un verde uniforme, sin árboles, sin casas, completamente desierta. Solo la altura y espesor de la yerba entremezclada con arbustos silvestres, como sucede siempre cuando el suelo está abandonado a sí mismo, revelan la riqueza de esa tierra, la bondad de ese suelo.”

Ese vacío que proyecta el viajero italiano equivale para él a una pura potencialidad. Lo que falta, a su juicio, es colonizar aquella “llanura interminable”, uno de los propósitos que lo impulsarían a promover constantemente la inmigración italiana durante su residencia en Argentina.

“La actividad, el movimiento, el progreso de algunas provincias han dejado todavía pocos rastros de su paso por estas regiones, que sin embargo han de ser algún día, como las de Santa Fe, Corrientes y Entre-Ríos, el granero de la República. Hoy por hoy, a no ser la carencia absoluta de ruinas y monumentos, tomaríase ese vasto territorio por sepulcro de grandezas caídas, por cementerio de razas o pueblos que fueron, como la triste campiña romana y las regiones en que prosperó hace seis mil años la civilización oriental. Y sepulcro es también la región central de la República; pero sepulcro de la barbarie y del salvajismo, que hace pocos años dominaban en ella. (…) Sin embargo, aun considerando el tiempo y los esfuerzos que son necesarios para transformar los eriales en cultivos y los desiertos en pueblos, extraña recorrer esas grandes distancias sin ver una vivienda. sin tropezar con persona alguna y notar que el tren se para en muchas estaciones sin que nadie baje ni suba, sin que se cargue ni descargue un fardo. Los empleados suprimen hasta la formalidad de pronunciar el nombre de esas estaciones, porque se perderían, como vanos ecos, en la inmensidad del vacío. Hasta las tropas de ganado, tan numerosas y abundantes en otras provincias, son escasísimas allí, a punto de que en todo el trayecto, exceptuando en los alrededores de los pueblos, no se ve un solo campo alambrado.”

Lo que revela su relato es que los detalles de aquel camino habían sido borrados por la vía férrea. Quienes durante siglos lo atravesaron por el camino de las postas, dejaron testimonio de la densidad de vida que latía en la poco poblada pampa. Las estaciones hicieron desaparecer muchas postas, mucha historia, es cierto, pero no puede decirse que allí no hubiera nada. Al paisaje, no cabe duda, lo crea quien mira. Luego Ceppi hace apuntes de viajero detenido brevemente en una estación:

“Para colmo de desgracia, espesas nubes limitaban el horizonte, contribuyendo con su color plomizo a dar un tinte de melancolía y tristeza al paisaje.

Cerca de Chaján el terreno abandona su uniformidad abrumadora, se extiende en pequeñas alturas, está adornado con algunas arboledas y presenta fosos y zanjas que ya se apartan por su irregularidad de los que se han visto anteriormente. (…) Por lo demás, a falta de paisajes y bellos panoramas, los que viniendo de Buenos Aires buscan novedades y atractivos en el trayecto, pueden ampliamente satisfacer su curiosidad observando en cada estación la rareza de los tipos que presentan las familias que viven en las chozas o ranchos situados a inmediación de aquellas. Viejas horrorosas que en otro tiempo hubieran sido el espantajo de los supersticiosos y beatos; jóvenes envueltas en rústica manta y tendidas al aire libre en donde sin duda pasaran la noche, como si el frío, la lluvia, la humedad, la intemperie, los elementos todos de la naturaleza fueran letra muerta para su cuerpo tan indolente y sin embargo tan fuerte; ancianos y jóvenes con el traje característico del gaucho, de pie a la entrada de la choza, o sentados con las rodillas encogidas, los codos apoyados sobre las rodillas, y la cabeza apoyada sobre las manos, de complexión robusta, de regular estatura, de mirada altiva y meditabunda, como si estuvieran dudando todavía entre aceptar la vida del trabajo y de la civilización con sus comodidades y obligaciones, o volver a la vida nómada de la tribu para no cohibir sus hábitos y su carácter, poco adecuado a la obediencia; niños semidesnudos o demasiado cubiertos con harapos de personas mayores, mirando con curiosidad a los viajeros o jugando entre las gallinas, los cerdos o las patas de los caballos; chozas de barro, de tres metros cuadrados, a cuyo alrededor se ven a veces ocho y diez individuos de ambos sexos y de todas edades, que revelan no tener otra vivienda que aquella, induciendo a pensar cómo se cubrirían y alojarían los primeros hombres, si tantos siglos después hay existencias reducidas a una expresión tan sencilla; todo esto ofrece ancho campo a la observación en ese viaje a través del corazón de la República.”

Pese a esa proyección de su mirada al pasar, Ceppi quiere distanciarse de quienes difaman a la Argentina, y para ello se remite a sus paisanos colonos en la pampa:

“Los que en Europa han pretendido denigrar a las repúblicas del Plata, presentándolas como focos de epidemias, lugares de calor sofocante y aire insalubre, países llenos de salvajes, de animales feroces, de serpientes e insectos venenosos, sobre mentir descaradamente, han perdido el tiempo. En este punto el vulgo, la masa del pueblo italiano, ya sabe mucho más que los que escriben libros, algunos de los cuales, o copian descripciones de hace un siglo, o tienen interés en mentir.”