Izquierda revolucionaria para usurpaciones frustradas

La presencia de dirigentes de la izquierda cordobesa en un desalojo deja a la vista que no se pueden confiar las leyes a los que las niegan sistemáticamente.

Por Javier Boher
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izquierda usurpacionesHace unos días fue noticia el proyecto de un legislador mendocino para retirar todo tipo de beneficio social, impositivo o de cualquier índole a las personas que usurpen terrenos. Básicamente, el planteo es retirarle los premios, en lugar de imponer una sanción, que es la base de cualquier sistema social y político que funcione. Ahora bien, ¿qué pasa si en una usurpación están involucrados políticos? Mejor dicho, ¿qué pasa si en un desalojo encontramos que una legisladora sale en defensa de los que violan las leyes?.

Este último caso es el que se vio ayer en Córdoba, cuando la legisladora provincial Soledad Díaz García fue detenida cuando se procedía a desalojar un predio tomado. Jorge Navarro, abogado de las familias usurpadoras y ex candidato múltiple de la izquierda cordobesa, también fue detenido en el procedimiento.

Ese tipo de vínculos entre la política y la ilegalidad es habitual. Algunos se asocian con empresarios oscuros que financian campañas, otros van con narcos para el mismo motivo y los menos juegan a la revolución desde su lugar marginal en el sistema político. A cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad.

Seguramente los dirigentes hayan soñado en formar un protosoviet, punta de lanza de un alzamiento proletario para terminar con el capitalismo y la democracia liberal. Esa parece ser una gran idea, especialmente cuando sus instrumentos insurreccionales son cartones, tarimas, plásticos y chapas que aseguren un pedazo de tierra -pero en absoluta precariedad- a los desposeídos. Ya que prometen comunismo estatista, más vale que la gente se vaya acostumbrando.

Munidos de su bibliografía trotskista y sus doctrinas del derecho o la propiedad fundadas en esa idea marxista de que “sólo puede pensar un mundo sin propiedad quien nada tiene”, nuestros dirigentes apostaron por transgredir las normas vigentes, que tampoco pueden cambiar desde sus solitarias bancas.

Enseñando doctrina revolucionaria desde algún merendero financiado con plata del Estado, ganando plata con fotocopiadoras universitarias, pintando paredes para parecer más que los pocos que son, tirando piedras o cortando puentes en cada marcha semanal, la izquierda clasista no puede ser más -ni mejor- que lo que es: el sueño de un Peter Pan rojo que se niega a crecer.

Imaginemos por un segundo que los camaradas triunfan en sus planes de que el proletariado cordobés los acompañe en el derrocamiento de la burguesía provincial. Se expropian campos, fábricas y casas, en una provincia absolutamente productiva. Todas las instituciones educativas pasan a ser públicas y los templos religiosos son clausurados, pese a que es una ciudad con más iglesias que bibliotecas.

Los medios de comunicación pasan “Juventud rebelde” para los adolescentes más hormonales, “obrero y parásito” para educar a los niños desde su tierna infancia y “100 revolucionarios dicen” para divertirse con la fe socialista. En “Bienvenidos a bordo” vemos a un colectivo de obreros competir por una licencia de taxi para cambiar viajes por un kilo de pollo o un paquete de yerba, porque el dinero se habrá abolido.

Si para desarrollar su política partidaria transgreden las mismas normas que les garantizan la posibilidad de participar en la política electoral, cuesta pensar en qué podrían hacer si realmente tuviesen la posibilidad de hacer algo. Por supuesto que lo desarrollado más arriba es una exageración fantasiosa, pero por su habitual caudal electoral no se puede hacer mucho más que imaginar descabellados escenarios sobre qué podrían a hacer si de golpe se encontrasen con el poder. Esto último nos hace verlos como a los perros que se ladran sin verse, a cada lado de una tapia. Ruidosos, parecen dispuestos a comerse todo, como la izquierda con el FMI, los fondos buitres o la civilización occidental. Sin embargo, cuando uno salta y quedan cara a cara, lo que sobreviene es la calma: una vez que llegan, no entienden para nada de qué se trata.