Grabemos otra vez

Como la cantante Taylor Swift perdió los derechos sobre sus seis primeros discos pero no la autoría de ese repertorio, las últimas noticias indican que estaría dispuesta a registrar nuevas versiones de todos esos temas, al igual que han hecho otros colegas suyos en su misma situación.

Por J.C. Maraddón
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Suele decirse que, una vez que el artista puso su obra a disposición de la gente, ya no le pertenece más, porque es el público el que se adueña de ella, siempre que se trate de algo trascendente que despierta la admiración en quienes lo aprecian. Por supuesto, se trata de una frase de sentido figurado, porque no es que el creador haya perdido su autoría: a lo que se refiere la cita, es a la apropiación que hacen los destinatarios, quienes son libres de darle una significación distinta o completar el sentido de algo que fue puesto a consideración de una manera y que puede ser interpretado de otra.

Sin embargo, en la era de la mercantilización de la cultura y, posteriormente, en la de su digitalización, esa noción acerca de quién tiene la potestad sobre las piezas artísticas se ha diluido bastante, y no siempre para adjudicársela a los consumidores. Se ha generado una cadena de intermediaciones entre un extremo y el otro del circuito, que va restándole preeminencia al responsable original y va modificando el producto para convertirlo en un bien que pueda generar un éxito comercial, más allá de su valor como aporte al patrimonio de la humanidad.

En ese sinuoso camino que constituye el proceso de producción dentro de la industria cultural, quien gestó la iniciativa se ve compelido a ir cediendo cada vez más su participación en los réditos, porque se sabe que fabricar en serie es un trámite oneroso y que los inversores no ejercen la filantropía, ya que pretenden obtener una ganancia acorde a sus expectativas. Y es así como, para poder realizar sus sueños, músicos, cineastas o literatos se resignan a conceder porcentajes de lo que les corresponde, que finalmente queda reducido a migajas, a pesar de que sin ellos nada de eso hubiera existido.
La perversión en el negocio discográfico ha sido tal, que muchos intérpretes han sido despojados de cualquier tipo de derecho sobre sus trabajos publicados, por culpa de contratos leoninos que debieron firmar cuando no tenían en claro lo que estaban haciendo.

Los propios Beatles sufrieron ese engaño en la primera parte de su carrera, hasta que advirtieron el ardid y resolvieron lanzar su propio sello. Aquella estafa fue solo el inicio de muchas otras que se fueron sucediendo y que todavía hoy, en el apogeo del streaming, continúan ocurriendo, con víctimas que luego se empeñan en recuperar lo que les fue arrebatado mediante artilugios legales (o no).

Y así como el cuarteto de Liverpool cayó en la trampa, una de las mayores estrellas de la música pop actual está en pleno litigio por idéntica causa. Taylor Swift, en los inicios de su carrera, cuando era apenas una promesa de la música country, pactó condiciones inconvenientes con la compañía Big Machine, para la que grabó sus álbumes “Taylor Swift”, “Fearless”, “Speak Now”, “Red”, “1989” y “Reputation”. La empresa adquirió así derechos sobre la edición y la distribución de esos registros, además de retener las copias maestras de las grabaciones de quien, con el tiempo, se transformó en una figura internacional.

Si bien Taylor Swift fichó más tarde para el sello Universal, no puede disponer de esas primeras obras de su catálogo, cuyo usufructo fue vendido ya en dos oportunidades desde 2018 hasta hoy. Como la cantautora no perdió la autoría de ese repertorio, las últimas noticias indican que estaría dispuesta a regrabar todos esos temas, al igual que han hecho otros colegas suyos en su misma situación. Sólo que, por tratarse de una diva que mueve millones, si finalmente consumara ese propósito provocaría un terremoto, descontando que sus fans le harán caso y preferirán las nuevas versiones por sobre las viejas.