El fracaso Institucional de la Organización Mundial de la Salud

Siento la necesidad de escribir esta columna de opinión por dos motivos. El primero, por mi condición de analista de fenómenos sociales; el segundo, por la vivencia personal de haber sido Covid positivo en semanas recientes.

Por Germán Bossa. Lic. en Ciencia Política

 

Siento la necesidad de escribir esta columna de opinión por dos motivos. El primero, por mi condición de analista de fenómenos sociales; el segundo, por la vivencia personal de haber sido Covid positivo en semanas recientes.

Tuve la mala suerte -víctima de su circulación comunitaria- de ser amplificación positiva para coronavirus no una, sino dos veces. El 25 de septiembre y el 28 de octubre. Como tantos otros, el tránsito de mi enfermedad fue leve durante la primera cuarentena pero, posteriormente a mi alta, comenzaron nuevos e inquietantes problemas de salud. Comencé a deteriorarme ostensiblemente. Mis estados físicos, sensitivos, cognoscitivos y emocionales sufrieron duros reveses. Sin explicaciones claras, decidí hisoparme nuevamente, no obstante ser, en teoría, alguien ya inmune. El resultado fue un nuevo positivo.

La explicación científica de esta rareza, al menos desde el conocimiento popular, resultó compleja de entender. Aparentemente, mi segundo positivo fue producto de la memoria celular en mi sistema respiratorio, que detectó los restos de una infección ya pasada pero ya sin capacidad viral de contagio y con inmunidad relativa por un tiempo determinado.

Es un hecho que el cuerpo y el alma sufren por este patógeno, aunque no todos lo padezcan de la misma forma debido a que toda persona es única e irreproducible biológicamente. Esto no me inhibe, de cualquier manera, a brindar un consejo urbi et orbi: mejor no infectarse, no buscar el contagio irresponsablemente; el coronavirus es un tipo raro, un agente ambiguo, amable con algunos y terrible con los menos afortunados.

Como fuere, no resultó de consuelo alguno. La segunda convalecencia fue decididamente peor que la primera, la oficial, al punto tal de concluir que, sea por infección Covid-19 o por algún recuerdo no autorizado de mis células, se trata de un virus tan azaroso como arbitrario, que puede partirte en dos por un buen tiempo, esto sin contar que, para muchos, se trata de una condena a muerte.

Técnicamente, la expansión del SARS-CoV-2 determinó que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo catalogara dentro de la categoría pandemia el 11 de marzo pasado. Sabido es que la OMS es un organismo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que tiene como objetivo central gestionar políticas de prevención, promoción e intervención a nivel mundial en materia de salud.

Fue inevitable pensar sobre este linaje burocrático durante mis dos convalecencias: ¿Qué función real tiene la OMS frente a este tipo de desafíos? ¿Para qué sirven las cuarentenas? ¿Estamos frente a un auténtico Cisne Negro frente al cual es necesario reiniciar los enfoques tradicionales?

El matemático libanés Nassim Nicholas Taleb explica que un Cisne Negro es un suceso que se caracteriza por los siguientes atributos: son fenómenos extraños, producen un impacto tremendo, y sus consecuencias son impredecibles e inexplicables. No cabe duda de que el Covid-19 lo es.

Esta característica explica en buena manera el fracaso rotundo de las medidas de previsión y contención de la pandemia mundial por parte de las mayorías de los países. Frente a un Cisne Negro, la comunidad internacional reaccionó con los manuales del derecho internacional público, mucho más voluntaristas que vinculantes. Justo cuando la crisis arreciaba, la OMS se comportó como una ONG antes que un organismo internacional con aspiraciones de liderazgo mundial. Trató a China (el origen del problema) con complejos de inferioridad, privando al resto del mundo de tiempo precioso para conocer mejor la etiología del problema y luego, cuando la infección se trasladó fuera de Wuhan, distribuyó información contradictoria e incompleta sobre el riesgo de contagio de los asintomáticos, entre otras recomendaciones erróneas.

¿Para qué, entonces, declarar una pandemia mundial si ningún Estado soberano se mostró particularmente dispuesto a coordinar con sus vecinos las medidas necesarias para frenar el avance del Covid-19? Bueno es recordar que la humanidad, a lo largo de su historia, ha sufrido distintas pandemias y ofrecido respuestas similares a las actuales que, en la mayoría de los casos, se circunscribieron a aislamientos obligatorios y compulsivos de comunidades enteras.

Aquellas antiguas medidas de contención se basaban en dos herramientas empíricas: una de carácter humana, destinada a limitar el libre tránsito entre regiones y, con tal restricción, evitar los contactos entre personas sanas con las infectadas (modernamente, conteniendo la reproducción del virus – RO); la otra, de carácter natural, la famosa inmunidad de rebaño, de reminiscencias darwinianas y basada en la supervivencia de los más aptos.

Hoy la pandemia es sinónimo de globalización, ya que no hay globalización sin libertad de tránsito entre personas, bienes y servicios. Las enfermedades virales se trasmiten entre contacto estrecho entre personas. Desde la antigüedad hasta la Edad Media, básicamente los contactos entre personas eran por medios terrestres, luego las enfermedades se trasladaron por barcos (Edad Moderna) y actualmente por los modernos jets de pasajeros en las mayorías los casos. La pregunta, en tal sentido, es obvia: ¿Qué sentido tiene declarar una pandemia mundial por parte OMS si sus recomendaciones no son vinculantes, dándole la posibilidad a cada Estado dictar sus propios protocolos sanitarios en un mundo decididamente global?

El Consejo de Seguridad es un organismo de la ONU encargado de mantener la paz y seguridad en el mundo. A diferencia de otras reparticiones de las Naciones Unidas (entre ellas la OMS) que únicamente pueden realizar recomendaciones a los Estados parte, el Consejo de Seguridad puede tomar resoluciones y obligar a sus miembros a cumplirlas, de acuerdo con lo establecido por en su carta fundacional.

En conclusión, tenemos un Consejo de Seguridad que tiene como fin mantener la paz y seguridad en el mundo, cuyas acciones son directas, coercitivas y efectivas en materia de seguridad internacional, y no podemos tener un organismo sanitarista cuyas recomendaciones tenga el mismo estatus jurídico internacional en aras de prevenir y contener posibles catástrofes sanitarias. El fracaso de acciones coordinadas entre los Estados para reducir la expansión COVID-19 pone en evidencia que el derecho internacional público solo tiene un solo fundamento lógico: el statu quo de la seguridad mundial y que falla lastimosamente en extender tal categoría a otras amenazas más allá del uso de las armas de las que, esporádicamente, hacen ostentación sus miembros.