Este futuro sin pausas

El viernes pasado, el locutor Héctor Larrea anunció su retiro del micrófono luego de 60 años de carrera. Con su programa “Rapidísimo”, que debutó en 1967 en Radio El Mundo, protagonizó desde la radiofonía un anticipo de la aceleración que se verifica en el ritmo de vida actual.

Por J.C. Maraddón

Para quien haya transcurrido parte de su vida adulta en el siglo veinte, la percepción más obvia de los tiempos modernos es que todo sucede con mayor rapidez, comparado con cómo se daban las cosas unas décadas atrás. Las nuevas tecnologías han conseguido que todo sea inmediato, instantáneo, vertiginoso, como si el planeta hubiese acelerado el giro sobre su eje y su órbita alrededor del sol. Si algo exige mayor detenimiento, un tiempo de atención o armarse de paciencia, puede ser descartado sin piedad, porque la mayor parte de la gente parece estar demasiado apurada y no tiene chances de detener su ritmo.

Con su edición frenética y su poder de síntesis, el videoclip instaló ya hace mucho un nuevo hábito en nuestra manera de asimilar el material fílmico, que ha terminado siendo influyente sobre la producción audiovisual en su totalidad. Que una película con aspiraciones de romper la taquilla se tome el atrevimiento de sostener un plano fijo, atenta contra sus pretensiones comerciales, porque se supone que los espectadores, con su balde de pochoclo y su gaseosa, no van a tolerar semejante recurso, más bien correspondiente al cine arte que a la filmografía destinada a proveer de títulos al circuito comercial.

Esa vorágine de urgencias en que la humanidad ha ingresado se traslada a las prácticas menos esperadas, como por ejemplo el deporte. Quien esté familiarizado con la dinámica del fútbol actual, encontrará insoportablemente lentos los desplazamientos de los jugadores en la cancha en aquellos partidos legendarios de las Copas del Mundo de los años sesenta y setenta, cuyas alternativas pueden volverse a observar en YouTube. Ahora, la mejor preparación física de los atletas les posibilita emprender carreras y realizar jugadas que se desarrollan en pocos segundos y que obligan a implementar técnicas como la del VAR para poder mirar con detenimiento.

Y la sucesión de posteos en redes sociales, infinita y permanente, ha cambiado también nuestros parámetros acerca del consumo noticioso. Lejos quedó la época en que para enterarse de los acontecimientos trascendentes había que esperar hasta el momento del noticiero o directamente hasta el día siguiente, cuando la información apareciera publicada en los diarios. Los medios electrónicos abrieron la puerta a una combinación entre la cobertura periodística y el aporte espontáneo de los usuarios, para que cualquier novedad (ya sea de importancia o no), pueda ser conocida casi en tiempo real, un fenómeno que hoy es tan corriente como incesante.

Entre los antiguos mass media, quizás haya sido la radio la que presagió este presente, con sus múltiples recursos para reflejar la realidad en el mismo momento en que algo estaba pasando. Y fue en los años sesenta, cuando la televisión empezó a disputarle los favores de la audiencia, que la radiofonía acentuó esa capacidad suya y le imprimió un mayor brío a sus emisiones, en contraste con los impedimentos técnicos que todavía presentaba la TV para las transmisiones en vivo. Las nuevas voces se esforzaron por no darle al oyente la chance de aburrirse y mudarse a la caja boba.

No en vano en 1967 debutó en Radio El Mundo un programa llamado “Rapidísimo”, que bajo la conducción de Héctor Larrea desplegaba un gran abanico de contenidos en apenas media hora. Ampliando su duración y mudándose de emisora en emisora, el ciclo se convirtió en un clásico y permaneció tres décadas en el aire. El viernes pasado, Larrea anunció su retiro del micrófono luego de 60 años de carrera. Y más allá de su exitoso paso por la pantalla chica, sin duda su mayor acierto fue aquel programa radial que, al pisar el acelerador, se anticipó a este futuro sin pausas.