Desorganización y pandemia, el talón de Aquiles del SUOEM

El SUOEM continúa envuelto en una profunda crisis. Los sucesivos hechos de violencia de las dos últimas semanas así lo demuestran.

Por Pablo Esteban Dávila

El SUOEM continúa envuelto en una profunda crisis. Los sucesivos hechos de violencia de las dos últimas semanas así lo demuestran.

No es que la violencia sea, en sí misma, un símbolo del desconcierto sindical, dado que sus integrantes la han practicado, con mayor o menor enjundia, durante los últimos veinte años. Lo que ha cambiado, en la presente coyuntura, es la evidente falta de sistema de la que adolece el vandalismo que se insiste en llevar adelante.

Para decirlo en otras palabras: hasta no hace mucho, los destrozos del SUOEM tenían propósitos concretos: voltear a un intendente (Germán Kammerath), impedir realizar ajustes necesarios en el gasto municipal (Daniel Giacomino) o marcarle la cancha al que pretendía desplegar un programa de gobierno (Ramón Javier Mestre). La violencia, en aquellos contextos, resultaba funcional. Como se ha expresado en esta columna innumerables veces, la sociedad, en general, los repudiaba hasta que, pasado el tiempo, requería de los sucesivos inquilinos del Palacio 6 de Julio que rindiesen las armas anta tanto caos cotidiano, imposible de aguantar para el promedio de los vecinos.

Pero esta dinámica ha mutado estructuralmente debido a dos razones, ambas poderosas: la nueva organización interna del SUOEM y la pandemia en curso. Ambas constituyen su novedoso talón de Aquiles.

Desde que Daniele fuera jubilado de prepo, el sindicato tuvo que reorganizarse en torno al vicariato de Beatriz Biolatto, señalada por el viejo dirigente como su sucesora. Sin embargo, las cosas no resultaron como antes. La nueva Secretaria General no tiene ni las mañas ni los conocimientos de su antecesor y, en ciertos momentos, parece querer desembarazarse de sus responsabilidades. El SUOEM que, en rigor, es una federación de reparticiones antes que un gremio en sentido estricto comenzó a padecer una falta de coordinación a manos de su nueva líder, que solo la muñeca de aquel podía garantizar.

Este déficit sólo le puede ser endilgado a Daniele. Como todo auténtico sindicalista argentino jamás previó su sucesión, incluso cuando su edad y antigüedad laboral sugerían que el fin de ciclo estaba a la vuelta de la esquina. Esperando alguna suerte de milagro al estilo Dorian Gray confió en que la permanencia en la Municipalidad le estaría asegurada sine die. Cuando la astucia de Mestre lo eyectó de su parnaso gremial, la estantería se le vino abajo y, con ella, los pacientes tejidos internos generados en tantos años de esquilmar a la administración municipal en forma colectiva.

El otro problema es la pandemia. A diferencia de otras crisis, la presente ha castigado al noventa por ciento de la población. Mucha gente ha perdido su trabajo o ha debido resignar parte de sus ingresos para no quedarse en la calle. El Estado municipal, al igual que sus homólogos provincial y nacional, ha visto menguar sus ingresos como nunca, al tiempo que las demandas de más recursos para combatir al Covid-19 se han multiplicado al paroxismo. Es una tormenta perfecta de la que costará salir.

Pese a este escenario tan ominoso, los municipales han seguido cobrando sus sueldos con puntualidad. Es cierto que, durante el proceso, Martín Llaryora les podó una hora de trabajo y buena parte de sus horas extras y prolongaciones de jornada pero, al menos, pudieron mantener sus cuentas bancarias sin mayores sobresaltos. Además, y un dato no menor, la muletilla del #yomequedoencasa vino a descubrir algo que muchos ya intuían, esto es, que no hace falta que los municipales concurran a trabajar para que la ciudad continúe funcionando.

Estos dos factores, desorganización intestina y un contexto social extremo, enmarca lo que está sucediendo la dinámica sindical. Es lógico que el SUOEM quiera recuperar todo lo perdido en los últimos meses, pero no hace pie en la estrategia. Va de suyo que, para que exista alguna, debe existir conducción, algo que ya no se verifica con la plenitud de antaño. El rol de consejero que, por estas horas, ejerce Daniele no alcanza para ordenar a la tropa y contener los desmanes gratuitos que su tropa insiste en irrogar a terceros.

Son estas expresiones de violencia desorganizada las que han soliviantado a la opinión pública y fortalecido la autoridad del intendente. Hay dos que destacan por su futilidad. La primera, la de un municipal portando un mortero casero y disparando a los policías (manifestación del 30 de octubre); la segunda, de una turbamulta de manifestantes que desfiguran a dos verduleros en barrio Observatorio luego de que estos les recriminaran de que una bomba de estruendo hubiera estallado en su negocio.

¿Que se gana con esto? Absolutamente nada. Para los cordobeses son algo así como la Sociedad Rural sindical, con sueldos y pretensiones muy por encima de las que aspiran el promedio de los trabajadores de la ciudad. Y, aunque siempre los ha considerado una suerte de oligarquía de gamberros, hoy el horno no está para bollos. Los comerciantes agredidos, por ejemplo, no pudieron trabajar durante meses y hoy pelean cada venta como si estuvieran en el round número 12. ¿Cómo no quejarse ante manifestantes que, amén de perturbar la paz la zona en donde tienen a sus clientes, amenazan con romper su local y ahuyentar a los potenciales compradores?

Llaryora, que está ejerciendo un liderazgo práctico, sabe aprovechar estas situaciones que el gremio insiste en servírselas en bandeja. Ayer mismo echó al portador del mortero tras su identificación positiva y todo indica que impondrá sanciones draconianas a quienes golpearon a los verduleros, un extremo que, en los hechos, dejará a esos trabajadores al borde de la exoneración con justa causa. El tándem Biolatto – Daniele tendrá que poner la cara ante estas bajas frente a sus representados.

Mientras soporta el ruido de sus nominales empleados, el Departamento Ejecutivo se vale de los servidores urbanos que pintan todo lo que no se mueve. Son la quinta columna del trabajo, la cara visible de la Municipalidad frente a momentos de sábana corta. No importa que los incondicionales de hoy se vuelvan parte del problema mañana (indefectiblemente estos servidores pretenderán servirse del municipio pasados los años) porque, de momento, son el contraejemplo de los pendencieros y perezosos primos del SUOEM.

Este ejército azulado permite que Llaryora muestre algo de gestión sobre dificultades que, en rigor, le han llovido del cielo, al tiempo que niega centralidad a las pretensiones de los municipales, obligados ahora a batallar como si se tratase de una pandilla de guerrilleros, desplazados del núcleo de las consideraciones de las autoridades y vituperados por sus conciudadanos como una gavilla tan molesta como prescindible.

Las circunstancias, esta vez en serio, no favorecen a los levantiscos sindicalistas. La sociedad está en un punto límite, sus estrategias están descoordinadas (algo de lo que solo ellos son responsables) y el Lord Mayor se comporta como un ajedrecista que les come sus piezas ante cada movida sin perder ninguna de las suyas. La encerrona es tan severa que, de momento, no se advierte un final feliz para quienes, otrora, se mostraban como expertos en poner de rodillas a los intendentes de turno.