Estrés, un “virus” mortal, que no distingue edades ni patologías previas.

El estrés no distingue edades ni patologías previas. Para el estrés no hay grupos de riesgo como sí sucede con el Coronavirus.

Por Vanesa Urtiaga – Directora de Maitri Yoga Studio & Store – Prof. De Yoga Terapéutico

 

Disparador de las principales causas de muerte en el mundo entero.

¿Qué es el estrés? Se trata de un conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción. Es decir, son ciertos cambios que se producen en los diferentes sistemas de nuestro cuerpo que nos habilitan para luchar o huir ante una amenaza. (Aceleración del ritmo cardíaco, aumento de la frecuencia respiratoria, inhibición de la digestión, elevación de azúcar en sangre, son algunos de los efectos, entre otros).

Este mecanismo de supervivencia nos ha servido como especie para estar aquí hoy, para poder defendernos ante la amenaza de un león, en una guerra, etc. Sin embargo, esta alarma se enciende en la actualidad mucho más frecuentemente que en la antigüedad.
Y cuando esto se vuelve un estado crónico, las consecuencias pasan también a ser crónicas como la hipertensión arterial, pérdida de calcio (osteoporosis), pérdida de memoria, aumento del colesterol, disfunción cognitiva y el efecto más crítico: la supresión del sistema inmunológico, es decir, nuestro sistema de defensas queda totalmente debilitado.

El estrés no distingue edades ni patologías previas. Para el estrés no hay grupos de riesgo como sí sucede con el Coronavirus. Éste último se sabe que es mucho más letal sólo entre aquellos con ciertas patologías previas, aun así, se han paralizado poblaciones enteras, sin distinción de edades ni estado de salud.

El estrés en cambio amenaza a todos por igual, desde niños hasta adultos mayores. Y es uno de los disparadores, de las principales causas de muerte en el mundo entero (las llamadas enfermedades crónicas o no transmisibles como las cardiovasculares, respiratorias, cáncer, diabetes.

Cada año mueren en el mundo aproximadamente 15 millones de personas entre 30-69 años de estas enfermedades crónicas.

Me pregunto por qué nunca se ha planteado parar ante esta situación, no digo hacer una cuarenta, pero al menos, detenernos y reflexionar qué nos sucede a los seres humanos, que estamos muriendo por causas no infecciosas (o no transmisibles) y fácilmente evitables.

Creo que la naturaleza nos da lecciones a cada paso. Y cuando estamos distraídos y no prestamos atención a lo importante, se nos presentan desafíos mayores para que despertemos. Hoy, este virus, es la única forma para que el ser humano se detenga y se dé cuenta de que otra forma de vida también es posible.

No es que con esta pandemia haya disminuido el estrés, pero hemos podido comprobar, por ejemplo, de que muchos viajes, horas al volante o en un medio de transporte podían evitarse. Muchas empresas ya hoy se están replanteando horarios laborables e inclusive el uso de menores espacios y superficies. Todo esto en mi opinión es algo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo y felizmente ya está siendo considerado.

No obstante, y aún hoy encontrándonos con algo más de tiempo libre, el estrés no ha disminuido.

Y es que para nuestro cuerpo muy poco importa la realidad externa, el estrés se origina en nuestros pensamientos, en nuestra mente. No importa lo que sucede sino cómo evaluamos y sentimos eso que sucede.

Hoy ya casi no existen los riesgos que corrían nuestros antepasados, y, sin embargo, morimos mucha más de estrés que ellos.

Y es que estos mecanismos fisiológicos son disparados ahora por preocupaciones diarias (trabajo, finanzas, relaciones, discusiones, tránsito, etc), circunstancias con las cuáles se supone deberíamos poder lidiar.

¿Ahora bien, por qué nos estresan estas situaciones? ¿Por qué si sabemos que la amenaza no es un animal salvaje, igualmente sentimos esa misma sensación de riesgo? La respuesta es: MIEDO, INSEGURIDAD.

El miedo paraliza y a la vez produce estrés, es decir nos pone en una situación de tensión y de resistencia. Es un miedo inconsciente que sentimos ante ciertas situaciones que no suponen un riesgo de vida, pero sí una “amenaza” a nuestras ideas, creencias o expectativas, es decir un golpe a nuestro EGO. ¿Y qué es el EGO? Es aquello que creemos que somos. Es aquello sobre lo cual construimos nuestra identidad (nombre, lugar dónde vivo, casa, auto, profesión, trabajo, familia, creencias, ideas, seguridad económica, placeres, entretenimiento, etc).

Cuando el ser humano basa su seguridad, su felicidad y su vida entera en aspectos susceptibles de cambio o desaparición, la pérdida de cualquiera de estos factores producirá miedo, inestabilidad, tensión, estrés.

Es por esto, que una educación desde la niñez hasta la edad adulta basada en la comprensión de valores trascendentales se vuelve fundamental, no sólo a los fines de un despertar espiritual, lo cual puede ser una elección individual, sino como pilar para la salud mental y física de cualquier ser humano.

Se trata de un cambio de creencias, pensamientos y prioridades. Una vez que logremos esto, se modificará también la forma en cómo reaccionemos ante los hechos, y al mismo tiempo adoptaremos también otros hábitos de vida (alimentación, descanso, ejercicio, etc). Todo esto en su conjunto nos llevará automáticamente a una disminución del estrés crónico o patológico que vive hoy la población mundial. Y si logramos esto veremos una reducción considerable en la cantidad de muertes por enfermedades no transmisibles.

En mi experiencia tanto como practicante, profesora y directora de un Centro de Yoga, encuentro a esta disciplina -la cual incluye diferentes herramientas, la Meditación entre ellas-, como una respuesta a este grave problema de nuestra sociedad ya que posibilita este cambio de pensamiento, actitud y acción frente a las situaciones de la vida.

 

Fuente consultada:

https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/noncommunicable-diseases