Misionera metodista en sierras y llanos (Tercera Parte)

Una vuelta de tuerca al relato de Eliza Jane McCartney Clemens habilita a incluir un par de graciosas anécdotas que la viajera norteamericana recopiló, referidas a casamientos, en su libro “La Plata countries of South America”.

Por Víctor Ramés
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misionera
Cuadro de Molina Campos sobre un casorio criollo: “Mirá lo pacarito, nena”.

La rica travesía de la viajera ávida de información y experiencias que era Eliza Jane McCartney Clemens, por diversas ciudades y pueblos de la extensa Argentina, ofrece aún pasajes de su libro sudamericano que suman encanto a un retrato de 1880. Una mención a Córdoba brinda el pretexto ideal para extender el recorrido. Eliza Jane tomaba nota de lo que veía y, entre los datos, a veces asoman apuntes de costumbres de diversos lugares. O puede aparecer, como en este caso, la narración de hechos que a su vez oyó contar y de los que llevaba nota porque todo podía enriquecer su relato. Se trata de un par de historias que le fueron referidas por la misma o diferentes personas. El hilo que las une tiene que ver con la ceremonia de casamiento. Dada su adhesión al metodismo episcopal, la autora parecía informarse con cierta curiosidad del papel que tenía la iglesia católica en algunos aspectos de la vida social argentina, y se percibe su humor al rasgar de la pluma.

Yendo a la primera de las anécdotas, la misma lleva una introducción sobre el gusto de los argentinos por la pirotecnia, algo muy común y extendido, que aparecía asociado a todo tipo de festejos. Leemos:

“A lo largo y ancho del Plata se manifiesta un gusto por el uso de pirotecnia, en lo que se gastan grandes sumas. Sin importar si la ocasión que hace brotar el entusiasmo de la gente es de tipo religiosa, social o patriótica, los fuegos artificiales siempre figuran en el programa.

Los despliegues más fastuosos se ven en la celebración de la Independencia nacional, que se celebra el 25 de mayo, día en que ese acontecimiento se declaró en Buenos Aires en 1810, y el 9 de Julio, el aniversario de la declaración de la independencia tuvo lugar en Tucumán, en 1816.”

A propósito de ese hábito, viene a continuación una anécdota ambientada en Santa Fe, que involucra al sacramento del matrimonio, con el acento puesto en los precios que cobraban los curas para administrarlo incluso a los más pobres del campo.

“Me relataron personas confiables un incidente sobre cómo los fuegos artificiales sustituyeron una ceremonia matrimonial, lo que ilustra la afición de estas personas.

La clase de los peones es muy pobre. En la provincia de Santa Fe la tarifa del cura para celebrar un matrimonio es el equivalente a cuarenta dólares. Al no haber ningún otro modo legal de casarse, y por no contar ni un peón, entre miles, con la posibilidad de juntar ese dinero en toda su vida, el lujo de un rito matrimonial se dispensa muy raramente entre ellos. Hay una laxitud considerable en esa práctica, aun entre quienes preferirían no ser considerados peones. En la clase más pudiente existe el deseo manifiesto de ver remediado este mal. Como expresión de este sentimiento, un rico estanciero que vivía a alguna distancia de Rosario, le dio a una pareja instalada en su estancia los cuarenta dólares requeridos y les prestó caballos para ir al pueblo a convertirse en esposo y esposa. Así partieron, entusiasmados con esa perspectiva. Al encontrar a un conocido le contaron su buena fortuna y, para corresponder a sus congratulaciones, lo invitaron a volver a la pulpería más cercana, donde compraron un manojo de petardos para celebrar el feliz evento, y los hicieron estallar con brillantes ojos. De esta manera, alegraron el viaje haciendo un alto en cada pulpería donde se encontraban con amigos, hasta que llegaron a la vista de la catedral, con la mitad del dinero en sus bolsillos. Caminaron hasta el altar para ser declarados marido y mujer. La ceremonia comenzó en forma debida y el sacerdote tendió su mano para recibir el dinero, y allí le depositaron los veinte dólares que quedaban.

–No es suficiente – dijo el cura.

–Es todo lo que tenemos -le respondieron.

–Faltan otros veinte dólares -reclamó el cura.

–Pues no tenemos más.

El altercado subió de tono.

–No los casaré sin los cuarenta dólares -afirmó el cura.

–Pues bien -respondieron los dos-, hemos vivido juntos por catorce años sin su permiso, nos podemos arreglar otro tanto sin él.

De modo que volvieron a montar sus caballos y emplearon los veinte dólares restantes en comprar más petardos para su viaje de regreso”.

A continuación, otra historia matrimonial, vinculada esta a una clase menos pobre, que ocurre en Córdoba. Aquí no está en juego el dinero, sino el ejercicio de un derecho laico.

“Me contaron otro incidente gracioso sobre el modo en que gente decente, muy respetada e influyente, burlaron al cura, ilustrando la posibilidad de casarse por poder, en forma legal.

Antes de un casamiento, el novio debe recibir la absolución por parte de un sacerdote. Para obtenerla, hay que confesarse. En el caso relatado, el candidato a los honores matrimoniales era un joven de ‘ideas liberales’ y espíritu audaz, quien resolvió que no se sometería en modo alguno a cualquier ser humano que se arrogase el derecho a su intromisión espiritual, a la vez que estaba determinado a tener legalmente una esposa. La joven vivía en Córdoba, donde se celebraría la ceremonia, en cuya fecha le era imposible al expectante novio presentarse en persona. Como era indispensable un certificado previo de absolución para realizar el ritual, se presentó en persona ante el cura, mientras su hermano lo esperaba con los caballos listos, y le comunicó su pedido, exigiéndole el certificado.

–No puedo dárselo, a menos que se confiese.

–Debe dármelo. Hágame el favor de no demorar más el asunto.

–Usted debe confesarse.

–Aquí está mi única confesión -respondió, y sacó un revólver que dirigió muy próximo a la frente del cura.

El certificado le fue extendido sin demora y el jinete partió al galope, llevándoselo. Al día siguiente en la iglesia su hermano, con un poder, le hizo promesas de fidelidad a la dama, con todas las debidas formalidades y, tan rápido como el más veloz de los caballos lo hizo posible, la llevó en la grupa hasta su feliz esposo, siendo la dama recibida con magníficas demostraciones de bienvenida. Luego tuvo lugar el debido festejo, con todos sus amigos.