Néstor, el que heredó mucho y legó muy poco

Los candidatos a la intendencia de Río Cuarto ya lograron captar la atención de toda la comunidad política, con actores tanto del oficialismo y como de la oposición nacional poniendo una buena cantidad de fi chas en el resultado electoral venidero.

Por Pablo Esteban Dávila

Néstor Kirchner murió joven. No en la juventud estricta, como la de Ernesto “Che” Guevara o de Eva Perón, sino en la edad en donde mejor se utiliza el poder acumulado durante extensos períodos de militancia. A sus sesenta años, el expresidente se las había arreglado para construir, desde la lejanísima Río Gallegos, una corriente política identificada con su apellido que, 10 años después, todavía sirve de referencia a mucha gente, incluso a jóvenes que apenas lo trataron o que sólo supieron de él a través de redes sociales o difusas noticias del pasado reciente. El menemismo, por contraste y a pesar del extraordinario carisma de su inspirador, no supo sobrevivir mucho más allá del 2003, cuando Carlos Menem desistió de enfrentar a Kirchner en la segunda vuelta y selló su destino electoral para siempre.

Morir joven o, más precisamente en este caso, hacerlo en la plenitud del poder, simplifica las interpretaciones. Para el derecho, cualquier delito se prescribe; para la política, comienza el mito; para la historia, el difunto pasa a ser objeto de estudio. Estar vivo es un poco más complejo -no obstante que infinitamente más deseable- y significa aceptar que la gloria puede ser un fenómeno perfectamente pasajero.

Esta no es una figura literaria, al menos no en sentido estricto. Cuesta creer que los honores y recuerdos elegíacos que se le prodigan en la actualidad al expresidente hubieran podido mantenerse indemnes a las cataratas de indicios de corrupción que también salpican su memoria, aunque diluidos por su ausencia física. Si Néstor viviese estaría procesado en múltiples causas, señalado por muchos de sus antiguos colaboradores como el organizador de una banda destinada a recolectar fondos de coimas de la obra pública, entre otras linduras. Cristina puede dar fe de ello: de haber ignorado mayestáticamente el lado B de su marido, es hoy una de las principales sospechosas de aquellos manejos.

Pero no se trata aquí de fatigar ni tribunales ni expedientes, sino de analizar los hechos que hicieron de Kirchner uno de los portentos de la política nacional. ¿Realmente fue un visionario, un dirigente que cambió al país? ¿Fue el timonel de borrascas que sus hagiógrafos recuerdan con nostalgia? ¿Se trató, en definitiva, de un Estadista?

Circunscríbase el análisis a la etapa nacional de Kirchner. Antes del 2003, era sólo un gobernador de una provincia escasamente poblada y desconocido para la mayoría del país. Nadie sabía de su ideología, ni de su pasado o de sus proyectos. Los peronistas, especialmente entre los que se habían identificado con Menem, lo tenían como un crítico de los últimos años del riojano en el poder, aunque sin caer en las tentaciones cismáticas de Carlos Chacho Alvarez o José Octavio Bordón. Era, en definitiva, una incógnita, un libro con las páginas en blanco.

Y, de repente, se transformó en presidente del país. No le hizo falta hacer nada extraordinario. Eduardo Duhalde, autoexcluido de las elecciones aun con claras chances de continuar en le poder, se decantó por él ante el evidente estancamiento de José Manuel de la Sota en las encuestas. Era más fácil hacer votar por un extraño antes que por alguien bastante más conocido pero que, sin embargo, no terminaba de cuajar en la opinión pública.

Tampoco necesitó Kirchner ganar la elección toda vez que salió segundo, a escasos puntos de Menem. Pero este, por entonces, no tenía chances de revertir su leyenda negra y Néstor juró como presidente el 25 de mayo de 2003.

Eduardo Duhalde y sus ministros Jorge Remes Lenicov y Roberto Lavagna le heredaron buena parte de su naciente fortuna política. Fueron ellos los que hicieron el trabajo sucio luego del penoso final del gobierno de la Alianza a finales de 2001. Devaluación y pesificación asimétricas, planes jefas y jefes de Hogar, licuación de los pasivos estatales, masivo desplome de los salarios reales y los famosos superávits gemelos (comercial y de cuenta corriente) fueron los activos transferidos al santacruceño en el ya lejano otoño de su asunción.

El propio Menem le heredó algunas cosas notables, probablemente a su pesar. Gracias a la convertibilidad y la siembra directa, el agro argentino se había transformado en una industria superproductiva y capaz de producir millones de toneladas de granos. Los servicios públicos privatizados se encontraban capitalizados, con tarifas cercanas a las de mercado y las AFJP relevaban al Estado de tener que subsidiar jubilaciones con recursos generales. En materia energética, el país se autoabastecía y hasta exportaba gas a Chile y algunos derivados del petróleo a otros mercados.

Desde el reino vegetal, la soja también vino en ayuda de Kirchner, así como la necesidad de China por consumir más proteínas. Tras haber fluctuado durante una década en valores inferiores a los 200 dólares, la tonelada del poroto trepó a más de 600 dólares en el año inaugural del entonces Frente de la Victoria. Este récord sin precedentes duró un lustro y, gracias a las retenciones a las exportaciones reimplantadas por Duhalde en 2002, colaboró decisivamente para engordar las arcas fiscales con un impuesto claramente distorsivo que, para mayor solaz, no hacía falta coparticipar a los molestos gobernadores.

Como heredero Néstor fue un desagradecido, por supuesto. Repudió a su mentor y a su esposa Chiche al poco tiempo de asumir y, toda vez que pudo, denigró a los ’90 y al menemismo, pese a haber apoyado las grandes políticas de Domingo Cavallo en aquellos años y ser un claro beneficiario de ellas, en aquella década y durante su paso por la Casa Rosada. Incluso llegó a la descortesía, impropia en alguien de su calado, de tocar madera estentóreamente con el propósito de alejar la mala suerte cuando Menem asumió como senador en 2005.

Pero la gratitud no es un valor demasiado preciado en la política y, en definitiva, será siempre una anécdota. Kirchner, en este sentido, fue un líder del promedio. Sí, en cambio, resultó una sorpresa advertir sus esfuerzos por convertirse en un referente de la izquierda y de los derechos humanos, cuando jamás en su vida había hecho gala de tales inclinaciones. Es obvio que decidió reescribir su historia y que nadie la puso en duda. Con gran astucia y buena dosis de cinismo, cooptó a Madres de Plaza de Mayo, el CELS y cuanto otro organismo anduviera dando vueltas y los hizo parte del Estado gozando, a cambio, de la impunidad que brinda el progresismo en la región. Aquellos se prestaron, de buen grado, a tal manipulación. Todavía hoy dura aquel idilio, repotenciado por Cristina.

Debe decirse que Néstor legó muy poco de la dote con que llegó y ejerció el poder durante sus años dorados. Cuando decidió que no repetiría el mandato, convirtió a su esposa en presidente sin consultar a nadie, mucho menos al peronismo, sistemáticamente desairado por la pareja. Ya con Cristina en la Casa Rosada hicieron eclosión los grandes desmanejos insinuados entre 2003 y 2007. La Argentina se quedó sin energía, los servicios públicos se desfinanciaron, se evaporaron los superávits gemelos y los subsidios se extendieron por doquier. La inflación recrudeció. El conurbano se transformó en el bastión de la nueva expresión política y el país federal concentró sus recursos en el AMBA. La pobreza, pese a que el discurso oficial batió el parche en redimir a los necesitados, nunca bajó del 30%. Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, la Argentina ingresó en un espiral de intrascendencia que la alianza con Hugo Chávez no hizo más que profundizar.

Pero de todo su legado, el más perdurable es el de la grieta, retroalimentada desde el populismo político. Kirchner atizó las divisiones y medró de las antinomias, probablemente más por conveniencia que por sentimientos. No obstante, esta fue una sutileza que nadie en su entorno comprendió, mucho menos la actual vicepresidencia. En la hora de su muerte, el daño estaba consumado. Diez años después, el país se agita entre tomas de tierras, impuestos exorbitantes y legiones de planes sociales que sólo recuerdan a buena parte de los argentinos que deben pagarlos sólo para que los K tengan sus propias fuerzas de choque. Cristina, víctima de una radicalización que su esposo hubiera tachado de innecesaria, es el resultado más palpable de aquella sucesión.

Kirchner murió en la plenitud de su poder, heredó una fortuna política y legó muy poco al futuro del país. Las consecuencias de aquella mezquindad las padecemos a cabalidad por estas fechas, en donde la pandemia y sus consecuencias se mezclan con el populismo sin plata de Alberto Fernández, experto en llorar permanentemente en su memoria.