Misionera metodista en sierras y llanos (Segunda Parte)

Entre la inspiración literaria y el aliento religioso, la viajera norteamericana Eliza Jane McCartney Clemens se interesó por Sudamérica, cuyos países recorrió a comienzos de los años ochenta del siglo XIX. De su paso por la ciudad de Córdoba se encuentran páginas en sus apuntes.

Por Víctor Ramés
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El Paseo Sobremonte en 1875, Colección Bischoff.

La principal motivación que trajo a la estadounidense Eliza Jane McCartney Clemens a Sudamérica, en 1880, tuvo que ver con un anhelo literario. En efecto, sus apuntes de viaje le servirían para escribir ficciones en formato de novelas, las que nunca fueron publicadas. Animada por la fe metodista episcopal, la voluntad religiosa de Eliza Jane le haría proyectar la necesidad de promover en este continente austral las virtudes evangélicas de origen anglicano que crecieron en los Estados Unidos desde los tiempos coloniales. Escribió -y publicó- libros sobre las posibilidades de una misión reformista en la Argentina y los demás países del cono sur. Pero nuestro interés se centra en su libro titulado La Plata countries of South America, donde abundan los datos históricos, políticos y económicos, posiblemente varios agregados a posteriori, durante la elaboración de este volumen. De su visita a la ciudad de Córdoba hay anotaciones diversas, como esta que ensalza las virtudes artesanales de las mujeres cordobesas.
“En las sierras la minería ha atraído naturalmente la atención. En las zonas que no son aptas ni para la crianza de ganado, ni para la minería, se ha desarrollado una variedad de trabajos manuales a un grado considerable de excelencia. Entre estos las artes de vestimenta de piel de cabra, de la curtiembre y de la manufactura de artículos de cuero deben considerarse de gran importancia. La exhibición cordobesa de estos artículos en la Exposición Continental de Buenos Aires en 1882 fue una muestra destacada de ese importante evento y una prueba que acrecentó los méritos que se le reconoce universalmente a la provincia.
La industria es una característica propia de las mujeres cordobesas. Los variados oficios femeninos que se conocen en el campo han sido llevados por ellas a la máxima perfección. La cerámica cordobesa, tapetes, frazadas, encajes y bordados que llegan a la costa y son muy favorablemente bien recibidos, igual que en las provincias vecinas. Dudo que los bordados de cualquier otro lugar excedan en belleza a los que salen de los dedos pacientes de las damas argentinas, y especialmente de aquellos lujosos que se usan en las vestimentas sacerdotales y otros accesorios de las ceremonias religiosas. Ni pueden las mujeres de cualquier lugar de la Argentina, sin desdén alguno, igualar la excelencia de las cordobesas en su realización. En artículos de tejido, una mayor perfección del acabado es impensable allí donde solo existen los medios mecánicos más primitivos. Sin embargo, son el fruto cordobés de los telares y alcanzan verdadera excelencia, sus colores brillantes y sus guardas variadas muestran considerable habilidad.”
McCartney Clemens recurrió a diversos textos de otros autores para su libro, y cita unas conocidas palabras del Facundo de Sarmiento describiendo la Córdoba monacal y grave, cuyo paseo Sobremonte era “una prisión encantada en que se da vueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega, que está inmóvil en el centro del fingido lago”. Tras la cita comenta la autora norteamericana:
“Ni una palabra de esta hermosa descripción necesita actualizarse, aunque debe agregarse la nueva vida, el nuevo pensamiento, el nuevo espíritu de empresa de una generación de la nueva República. La Alameda sigue durmiendo sus sueños de belleza y los rústicos sofás entre cada par de árboles invita al amante de la belleza a pasearse entre los gráciles sauces y altos álamos que reflejan el crecimiento que alcanzaron en estos cuarenta años. El templo griego (…) es ocupado a veces por una banda de música, cuyos acordes flotan suavemente sobre el lago. Un pequeño botecito de placer navega en sus aguas. El lago de la Alameda, con sus calles en torno cubre alrededor de dos hectáreas y está ubicado a unos seiscientos metros de la plaza principal, a la cual está conectada por una hermosa avenida.
Las calles de la ciudad se entrecruzan en ángulos rectos y están bien sombreadas por árboles. Cada cuadra tiene un largo de seiscientos pies españoles y contienen 1 ½ hectáreas. Los suburbios del oeste del lago durante un trecho se mantienen igual y están dedicados a jardines de fruta y buenas casas quintas donde viven las familias de ciudadanos pudientes durante el verano. Las calles de esos suburbios también están bellamente arboladas, algo inusual para una ciudad del Plata. El suelo de grava de Córdoba vuelve innecesario pavimentar las calles. Las veredas están cubiertas de granito y de mármol. Todo, salvo la intrusión de los negocios, indica una cultura estética. Sin embargo, hay escasos signos de belleza que no se remonten a los Jesuitas y sus artesanos indígenas.”
Omitimos de las citas algunos errores que incluye la escritora de fe metodista, referidos a los templos católicos, por evidente desconocimiento de la historia y de las diferentes órdenes religiosas representadas en la ciudad. También hace mención Eliza McCartney -seguramente en base a una fuente bibliográfica- a uno de los establecimientos harineros de la ciudad.
“La construcción de un molino harinero en 1862 por un francés, Monsieur Victor Roqué, a un costo de ciento cincuenta mil dólares, representó una nueva época en la historia cordobesa, en la cual la manufactura y el comercio se dan las manos con la cultura intelectual. En aquel tiempo, la harina valía cuatro dólares el quintal en la ciudad, y costaba un cincuenta por ciento más llevada en carreta hasta Rosario.”
Tal vez McCartney Clemens no se sintiese inclinada a la descripción, y posiblemente permaneció poco tiempo en la capital cordobesa, ya que no se extiende en más retratos de la urbe. Seguramente se tomó temprano el tren a Río Cuarto, como se puede deducir de esta breve cita:
“Río Cuarto, en la línea del ferrocarril Transandino, es la segunda ciudad en tamaño en la provincia. En 1882, el Gobierno Nacional comenzó con grandes trabajos la construcción para una fábrica de pólvora. Otras villas cordobesas aspiran a la dignidad de ser consideradas ciudades.”