Fernández: digo verde, hago celeste

Otra vez el presidente dijo que la discusión por el aborto puede esperar. Así, de su boca sale verde, pero sus acciones dicen celeste.

Por Javier Boher
La coalición panperonista está crujiendo. La carta de Cristina Fernández de Kirchner con motivo del décimo aniversario de la muerte de su marido fue una forma de volver a ubicarse en el centro de la escena, exhibiendo su poder y su centralidad. Marcó las diferencias con el Aibertismo y con el resto del peronismo, pero no con mesura, sino dejando en claro que ella iría más a fondo.
Alberto es su amortiguador, poco más que un secretario que demora que las cosas escalen. Pese a ello, tampoco puede evitar que lo hagan: cada gesto de quien ocupa el cargo más visible del sistema político argentino será escrutado bajo ese lente de un presidente vaciado de poder, sin capacidad de conformar ni a propios ni a ajenos.
Tal vez por eso, cuando ayer se expresó sobre el tema del aborto, quedó claro que sólo el apoyo que recibe desde la Ciudad del Vaticano es lo que le permite mantener unidos un Frente que nació igual de mal parido que la Alianza que puso fin al menemismo: no siempre la suma de voluntades da como resultado un todo armónico.
La justificación de la negativa a enviar el proyecto para la legalización o despenalización del aborto es absolutamente válida, pero da por tierra con aquello de que sólo el peronismo puede gobernar. En las pasadas experiencias kirchneristas se aprobaron el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género, absolutamente opuestas al ideario tradicionalista del peronismo, que igual lo acató sin mayores reparos por ser la voluntad de la conducción.
Hoy el presidente teme por otro factor de división en la sociedad, algo que en realidad se traduce como un miedo a que se divida la coalición que encabeza.
Cuando se repasan los votos en la única vez que se trató el tema en el congreso (bajo la presidencia de Mauricio Macri, que con grandeza habilitó el debate pese a estar en contra de la legalización) el peronismo de la vieja escuela sumó gran parte de sus votos al rechazo de la iniciativa. El riesgo de poner ese tema en agenda es demasiado elevado.
Lo sufrió el mismo Macri: la división entre verdes y celestes ayudó a darle fuerza a una oposición autoproclamada progresista, que hasta ese entonces andaba desperdigada en múltiples sellos que no pasaban el umbral electoral. El proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo polarizó aún más la sociedad, pero ayudó a que los sectores más conservadores de Juntos por el Cambio buscaran otros rumbos (como Juan José Gómez Centurión) y le restaran caudal electoral al anterior gobierno, que desde ese momento quedó a la defensiva.
El presidente sabe que el verticalismo del peronismo sirve para momentos como estos, en los que los múltiples feminismos y disidencias que conforman el kirchnerismo pueden aceptar que se postergue, una vez más, una discusión que el peronismo nunca estuvo dispuesto a dar, pero que ganó cuando hubo que contar los votos en el Congreso.
Pese a eso, los tiempos no son eternos, ni la paciencia, infinita. Así como en el período macrista hubo gente que se cansó de esperar que los acusados de corrupción vayan presos (abandonando el barco cuando se cansaron de esperar) puede pasar que la coalición de gobierno se empiece a desgajar mientras esperan el momento oportuno para tratar el tema. Ese momento, se sabe, no existe: debe ser una decisión política que exceda a la opinión pública.
Hablemos de dinero y logística
Lo que falta en toda ecuación al respecto, es cuánto costaría implementar una decisión como esa. Seguramente el Estado se ahorraría muchísimo dinero contribuyendo a través del aborto legal a la planificación familiar, a la vez que permitiría que también que mujeres y hombres puedan desarrollar su vida en mejores condiciones que con una maternidad o paternidad forzadas.
Sin embargo, en un país en el que el manejo de la pandemia ha sido desastroso, donde hay problemas para la distribución de medicamentos oncológicos o antiretrovirales para el VIH, e incluso para asegurar la vacunación por gripe o la provisión de medicamentos a los jubilados, pensar que se pueden aplicar adecuadamente este tipo de políticas es, mínimamente, risible. El Estado argentino carece de la capacidad y los recursos para implementar estas políticas.
Quizás Fernández se niega a dar el debate por la legalización del aborto para que las cuestiones simbólicas no arrastren a su gobierno a un naufragio seguro, atento a que las tablas de ese barco no parecen estar muy bien clavadas. Ahora bien, la aprobación de una ley en ese sentido debería lidiar, posteriormente, con el Estado que supieron construir, uno en el que lo simbólico parece ser lo más importante, sólo para revelarse -con el tiempo- como cartón pintado.