El Putsch de Massa

La inestabilidad política ha empezado a dejar ver algunos planes demasiado arriesgados. Si alguna vez funcionaron, nada asegura que hoy puedan volver a hacerlo.

Por Javier Boher
Nadie puede dudar de que la Argentina está atravesando un momento turbulento. Mucha gente, a ambos lados de la grieta, apuesta por la polarización, negando el principio democrático de que los consensos permiten que todos ganen: acá se vive cada política como una lucha a todo o nada.
Con poca plata para administrar pero con muchos billetes en la calle, la economía está en terapia, a punto de hacer el tiro. Gente sin trabajo y negocios que cierran, las variables indican que lo que viene por delante se resuelve con política, no con ideologías. La forma de sobrevivir es encarando el problema, no encomendándose a la divinidad propia de cada secta, sea Perón, Friedman o Keynes.
Con indicadores similares a los de fines de los ’90, el gobierno se gastó la plata de las medidas excepcionales en una normalidad insostenible. Hoy ya no hay resto para parar el descontento, exacerbado, además, por políticas inexplicables que aplica un gobierno cuyo gabinete se preocupa más por las comunicaciones con perspectiva de género en lenguaje inclusivo que por resolver los problemas de la gente. Si el cemento no se come, al menos era más tangible que los discursos.
Habla Duhalde
En ese contexto de incertidumbre, hay que prestar atención cada vez que habla la experiencia del expresidente Duhalde. Jubilado por Néstor Kirchner, fue el único presidente de la democracia que realmente conoció -y domó- al monstruo antropófago del conurbano bonaerense, el que fue capaz de devorar gobiernos, con predilección por los radicales.
En los últimos meses fue el vocero del malestar de los intendentes, los Barones de Axel, que ven su poder amenazado en la interna contra la Cámpora. Dinastías políticas en riesgo por la institucionalidad que les prohibió las reelecciones indefinidas.
Primero dijo que creía que podía haber un golpe de Estado, aunque no dijo quién podría estar detrás de eso. Días después afirmó que veía que el presidente está grogui, como perdido. La semana pasada, que “estamos en un período de preanarquía, y la anarquía tiene color y olor a sangre”. Puede parecer un señor mayor gritándole a una nube, pero no hay que desestimar las señales que está mandando.
La figura que emerge como exponente de ese reducto de inviabilidad que es la provincia de Buenos Aires es el presidente de la Cámara de diputados, Sergio Massa. No son pocos los que apuntan a la moderación que tendría Massa para mantener a raya al cristinismo ultraortodoxo, los colectivos de la vicepresidenta.
Mientras Massa confía en el plan de la línea de sucesión para llegar a ocupar el Sillón de Rivadavia, pierde de vista que esto no es 2001. La crisis económica es la misma, pero la polarización ideológica y la abundancia de elementos antisistema pueden dificultar la hoja de ruta que trazó para llegar a la Rosada: habría de vérselas con retenes poco amistosos en el camino.
La denuncia de un faltante de municiones de FAL en un arsenal de Neuquén (que el responsable había decidido encubrir con una fallida detonación, como en una revisita de Río Tercero), las sospechas de que habría pasado lo mismo en Mendoza o el robo a una armería de Bariloche hacen pensar que esta vez la cosa no va a resolverse entre punteros que se sientan a la mesa de los políticos gordos.
El Putsch de Massa, ese plan por el que el tigrense espera alinear a los intendentes del conurbano, los gobernadores y algunos elementos de JxC para llegar a la presidencia, puede naufragar fácilmente ante el delirio de los que quieren hacer la revolución en un mundo que ha probado que hay caminos mucho más exitosos que la fuerza para asegurar el crecimiento y el bienestar para toda la población.
Esta vez el hartazgo es mayor que en el 2001, cuando el “que se vayan todos” terminó en una consigna propia de un llavero antes que en una realidad palpable. Hoy, con muchas menos certezas en una sociedad más empobrecida, los rumbos que puede tomar un estallido social en un país en el que la justicia está paralizada, donde no se resguarda la propiedad privada o donde hay una tendencia totalitarizante en ambos extremos del espectro ideológico no parecen demasiado claros.
¿Qué incentivos puede tener la oposición para aceptar, en asamblea legislativa, que el mismo que aceptó encabezar la boleta de diputados con los Fernández puede gobernar el aborto político en el que se ha convertido Argentina?. Si Duhalde llegó a la presidencia fue porque ya estaba arreglado con Raúl Alfonsín, que exhibió por esos días su cara más oscura.
Con un Estado que está presente para regocijarse sin hacer nada -un Estado voyeur- difícilmente se pueda pensar que una ingeniería política como esa pueda funcionar. Apostar por un plan tan arriesgado -por todo lo que hay en juego- como el Putsch de Massa puede abrir la puerta a una inestabilidad que dificulte aún más la salida.