Misionera metodista en sierras y llanos (Primera Parte)

La escritora norteamericana Eliza Jane McCartney Clemens, miembro de la Iglesia Metodista, realizó un viaje a Sudamérica en 1880 y se detuvo a descubrir la provincia y la ciudad de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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La primera iglesia metodista argentina, en Buenos Aires, 1843.

Entre tantos libros que viajeros y viajeras dedicaron a la Argentina -y de ellos, los que aportan algunas menciones sobre Córdoba- hay un volumen editado en 1886 y firmado por Eliza Jane McCartney Clemens, una autora norteamericana que estaba vinculada a la Iglesia Metodista. Clemens escribió varias novelas, basadas en su conocimiento personal de los lugares donde se desarrollaban sus temas, y que según los pocos datos que se encuentran sobre ellas, trataban sobre personas reales y hechos históricos de la República Argentina, el Paraguay y el Uruguay. Las mismas, sin embargo, permanecieron inéditas. Sí publicó, en cambio, algunos libros de no-ficción como el que nos ocupa, titulado La Plata countries of South America, donde refiere su experiencia personal de un viaje a este continente en los años ochenta del siglo XIX, cuando la autora contaba cuarenta años.

Nacida en 1841, Eliza McCartney publicó asimismo dos opúsculos en 1883, uno encabezado con el mismo título que mencionamos arriba, aunque bajo la óptica de territorios aptos para las misiones cristianas metodistas. Publicó asimismo The religion in South America. Se encuentran también datos sobre un libro publicado en 1882, en colaboración con la reformadora social y activa militante metodista, Jennie Fowler Willing, una escritora, predicadora y sufragista nacida en Canadá en 1834. Fowler Willing (sobre quien se encuentran más referencias que sobre McCartney Clemens) tenía a su cargo la supervisión de Eliza Jane McCartney, la que aspiraba a ser parte de la iglesia. El libro se titula Rosario y describe el trabajo de la Sociedad Misionera Femenina de la Iglesia Metodista Episcopal en la Argentina entre 1874 y 1883, en base a la experiencia de McCartney. Ambas mujeres discuten las posibilidades de favorecer la expansión de la acción metodista en Sudamérica.

El libro que aquí reseñamos, publicado en Filadelfia en 1886, posee más de quinientas páginas y es dedicado por su autora al pueblo norteamericano “con la esperanza de contribuir en alguna medida a un mayor conocimiento de las naciones de La Plata”. Vale aclarar que, en la comprensión de Eliza Jane McCartney Clemens, el término “La Plata” abarcaba por igual a Brasil a Paraguay y a Bolivia, es decir aplicándolo al sur del continente como un todo. Allí la autora norteamericana cuenta que, entre las opciones para llegar a Sudamérica, eligió partir de Inglaterra, del puerto de Liverpool. Desembarcó en Montevideo a mediado de julio de 1880, luego pasó a Buenos Aires e inició un recorrido por el interior de la Argentina, visitando la Mesopotamia, Cuyo, el Noroeste, el centro, para luego viajar a Bolivia y, de regreso, al Paraguay y al Brasil. En cada caso incluye muchos datos históricos, sociales, políticos y económicos sobre esas naciones.

Nuestra reseña se concentrará en la segunda parte del libro (se divide en cinco), donde McCartney Clemens describe el interior argentino y, en particular traduciremos parte del capítulo XVI donde relata su visita a las provincias centrales, y están incluidas las páginas sobre Córdoba. Del siguiente modo introduce su mirada sobre la provincia y la ciudad, como si pudiese ver grabada en el mismo paisaje la historia natural milenaria que le dio forma:

Los dos rasgos distintivos de la República, la llanura y las montañas, se encuentran y se combinan en la provincia de Córdoba. La porción oriental es parte de una cuenca diluvial que corre suavemente hacia el río Paraná. En la porción oeste están las montañas aisladas de contorno oval y moderada elevación. No hay nada abrupto en el cambio entre una y otra región. Dos largos pasos, por decirlo así, conducen de las bajas praderas a las Sierras de Córdoba como si el océano, alejándose, se hubiera demorado mucho tiempo a sus pies, reacio a soltar los brazos de su pequeña, la última de la gran familia de montañas que se había alzado en sublimidad desde su seno; y luego, mientras se alejaba aún más, se hubiera quedado merodeando y arrojando persistentes miradas de amorosa despedida. La más baja de las mesetas o playas del antiguo mar, se adapta admirablemente a la agricultura. La más alta, llamada ‘los altos’ es considerada más apta para el pastoreo. A medida que los altos se aproximan a las sierras se vuelven pedregosos y claramente graníticos, y la vegetación de pradera da lugar a un espontáneo crecimiento más intenso. La base de las sierras se tapiza de rico pasto, y sus contornos suavemente redondeados son coronados por bosques magníficos de palmeras y otros árboles subtropicales. Escondida entre ellos se esconde la riqueza de piedras de construcción de la mejor calidad, incluidos ricos depósitos de mármol banco, azul, rosado y de vetas multicolores que rivalizan en calidad con las canteras italianas. También se encuentran esos depósitos metalíferos que caracterizan las alturas de Argentina y Bolivia.”

La viajera y escritora norteamericana también elogia las condiciones meteorológicas de Córdoba a renglón seguido:

Es difícil imaginar un clima más delicioso que el de Córdoba. El mercurio nunca baja de los 36°, y raramente supera los 100° Fahrenheit. En 1852, la mayor ola de frío que conoció la capital fue de 44° F, y el calor más extremo de 101° F. La temperatura media para ese mismo año fue de 61° F. Los frutos más exquisitos crecen espontáneamente, con el más sencillo esfuerzo humano.”

Algunos apuntes sobre el comercio de animales muestran el interés de Eliza McCartney por los aspectos productivos del país.

Como en otras partes de las pampas, criar ganado, ovejas y mulas era el interés casi exclusivo en el este y el sur de la provincia, antes de la introducción del ferrocarril. El ganado y las ovejas se exportaban a través del Rosario y Buenos Aires, y las mulas que no se empleaban para el transporte de carga se llevaban hacia Chile a través de las montañas. Desde la llegada del tren, las colonias agrícolas se están expandiendo a través de la frontera con Santa Fe.”