La calidez extraviada

“MasterChef” en su versión “Celebrity” parece haber calzado justo en las expectativas de una audiencia que, en esta nueva normalidad, pasa más horas en su hogar y más precisamente en la cocina, un ambiente donde en otras épocas tenían lugar las charlas cotidianas en familia.

Por J.C. Maraddón

Hace muchísimo tiempo, cuando con un trabajo bastaba para satisfacer las necesidades del hogar, los horarios de la comida eran sagrados porque constituían el espacio en que la familia departía y estrechaba lazos a través de la conversación. No sólo el almuerzo y la cena resultaban propicios para esta comunión, sino que muchas veces también el desayuno y la merienda eran compartidos por quienes habitaban bajo el mismo techo. Ni qué hablar de los mediodías de domingo, ocasiones en que la mesa se ampliaba para dar cobijo a toda una constelación de parientes, frente a una mesa presidida por los abuelos maternos y/o paternos.

Los Campanelli, un clan prototípico que representaba en la ficción los pormenores de esas comilonas dominicales, tuvo hace cincuenta años un protagonismo central en la televisión abierta de los fines de semana, porque todos se veían reflejados en ese programa humorístico. “No hay nada más lindo que la familia unida”, era la frase con la que el patriarca cerraba cada episodio, como una ironía que hacía alusión a todos los entreveros que habían sucedido antes, producto de los celos, las infidelidades, los desplantes, las envidias y las desavenencias que se silenciaban cuando don Carmelo decía que no quería escuchar “ni el volido de una mosca”.

Paradójicamente, el programa no hacía sino obturar el diálogo en el almuerzo familiar de los domingos en los hogares de la vida real. Si el televisor estaba prendido para ver el ciclo, no cabía la posibilidad de que los comensales pudieran conversar sin molestar a los que estaban absortos ante la pantalla. Entre la TV y las exigencias cada vez mayores de la vida laboral que restaron una porción escandalosa de horas libres, aquellos rituales de otras épocas, que se escenificaban ante la mesa servida, fueron perdiendo quórum hasta casi desaparecer.

La pandemia y su correspondiente cuarentena han traído, como efecto colateral, la consecuencia de que mucha gente ha debido quedarse en su casa y, por eso mismo, se ha visto obligada a pasar una mayor cantidad de tiempo junto a sus convivientes, ya sean una familia con lazos parentales o no. Chicos y chicas que no están yendo a la escuela o padres que están haciendo trabajo remoto, se ven con una frecuencia inusitada y han recuperado los horarios de comer como una rutina para el diálogo, que antes se volvía imposible porque solían no coincidir en esos momentos debido a sus obligaciones.

No sé cómo le iría hoy a una propuesta del estilo de los Campanelli, sobre todo porque han cambiado muchas otras cosas con respecto a aquella comunidad unida en la veneración de padres y abuelos. Sin embargo, la TV abierta está asistiendo en las últimas semanas a un fenómeno que, quizás, tiene que ver con esta nueva normalidad, cuyos hábitos estamos incorporando y que pone un énfasis desmedido en la comida, a la que hasta no hace mucho se le dedicaba un breve lapso y que ahora, ante la carencia de otros estímulos, se le otorga una importancia trascendental.

No hace mucho, el reality show “Bake Off” batía récords de audiencia los domingos a la noche en Telefé, relegando al programa periodístico de Jorge Lanata. Entusiasmado, el mismo canal resolvió a comienzos de octubre relanzar un certamen gastronómico que llevaba cuatro años sin aire y que, de domingo a jueves, viene teniendo un rating superior a los 15 puntos, muy por encima de sus competidores. “MasterChef” en su versión “Celebrity” parece haber calzado justo en las expectativas de una audiencia que se ha reencontrado con la cocina en estos meses en que ese ambiente de la casa está recobrando la calidez que había extraviado.