¿Y si lo terminan de subir al ring?

El gobierno parece finalmente haber logrado subir al campo al cuadrilátero, después de meses de tratar de encontrar un rival que justificar su dialéctica clasista y belicosa.

Por Javier Boher
[email protected]

Hay previas de pelea que ponen alerta a todo el mundo, que espera ansioso la llegada del combate. Cualquier cordobés que esté arriba de los 25 años debe recordar lo que fue esperar la llegada del enfrentamiento entre el crédito local, Fabio “la mole” Moli, contra el ucraniano Vladimir Klitschko.

La tensión, los nervios y la adrenalina que se viven en la previa son parte del folklore de uno de los deportes más antiguos de la humanidad, tan viejo como resolver cualquier disputa antes de que la palabra tel derecho nos dieran la civilización.

Hoy reducido a un espectáculo, las peleas han experimentado algo de las transformaciones por las que también pasó la humanidad. La fuerza va dejando de ser moneda corriente de resolución de diferencias para convertirse en un divertimento. Los sistemas políticos en la mayor parte del mundo también siguieron esa tendencia.

Sin embargo, en el retroceso argentino de los últimos años, la fuerza parece estar abriéndose paso como medio legitimo de resolución de conflictos. La ausencia del Estado es alarmante, porque privatiza de facto la administración de justicia o de seguridad. En un mundo tan anárquico como ese, quienes cuenten con el aval de un Estado que existe porque omite tienen un plus para ganar.

Las tomas de tierras son noticia hace meses. La cuarentena sirvió para anestesiar a esa parte de la sociedad que aún cree en esas añejas lecciones de formación cívica, según las cuales el gobierno que asumía el control del Estado era el responsable de velar por el bien común. Mientras todos se quedaban en sus casas pensando que el gabinete virtual iba a resolver las consecuencias de la pandemia, los tentáculos de las organizaciones de base del ultrakirchnerismo que fantasean con una patria socialista se pusieron en marcha para que la cosa se vaya poniendo fea.

Así, en estos meses se vieron roturas de silobolsas, quemas de campos, vandalismo sobre maquinaria agrícola y usurpación de campos. Todos estos problemas no existían en la Argentina AK, antes de Kirchner. Había problemas de acceso a la tierra o a la vivienda, pero no al extremo actual, en el que la política de los tres periodos previos del kirchnerismo dejó un déficit habitacional alarmante, maquillado con políticas efectistas o privatizaciones de dudosa calidad en manos de ONG afines.

El dato de la semana fue el de la ocupación del campo del exministro de agricultura, Luis Etchevehere. Con una disputa de herencias aprovechada por las organizaciones que responden a Juan Grabois (uno de los hombres del Papa) la situación devino en la usurpación de parte de la estancia. La respuesta del Estado ha sido, hasta ahora, insuficiente, pretendiendo equiparar los derechos de los propietarios que ejercen la posesión efectiva con los reclamos de organizaciones sociales que son pequeñas pymes de dirigentes de dudosa factura moral.

La puesta en escena fue completa, con fotos de los usurpadores supuestamente trabajando de manera “agroecológica” las tierras que no les pertenecen, como una especie de declaración política contra el monocultivo, la concentración de la tierra y el deterioro del ambiente, consignas muy de moda entre los millenials de facultad de ciencias sociales.

La situación del campo del exministro es particularmente grave por lo que se interpreta desde afuera. Si un personaje con ese tipo de poder (llegó a ser presidente de la Sociedad Rural Argentina) tiene que lidiar con esa situación, ¿qué puede esperar el vecino de Etchevehere que produce arándanos en dos hectáreas?¿Qué puede pensar el que tiene 100 vacas en un campo en las sierras del sur?¿Y el que lleva cuatro o cinco generaciones criando cabras en Traslasierra?. Todos los productores que no le llegan a los talones al ex ministro sienten miedo de correr igual suerte. Aunque por escala podrían estar del lado de los trabajadores de Grabois, el hecho de no tener la protección de esas bandas paraestatales los obliga a tratar de defenderse solos.

El gobierno lleva meses azuzando al campo, en busca de un oponente. Cada corte de silo, cada incendio intencional, cada usurpación de campo fueron una nueva mojada de oreja al sector que aporta el grueso de los dólares. En el imaginario colectivo de los que comen ideologías perimidas en lugar de alimentos de la tierra, el campo es el enemigo.

Todo lo que se vio hasta ahora ha sido la previa, todas las chicanas con las que se invita a pelear. Esta vez, a juzgar por la reacción de los productores que recurrieron en defensa de la seguridad y la propiedad privada, todo parece indicar que el gobierno ha logrado su cometido de convocar al campo al ring. Esperemos que tal cosa no sucede, porque los puños, en el mundo civilizado, no pueden ser más que un deporte.