Un novelista con piel de aventurero (Segunda parte)

El escritor alemán Friedrich Gerstäcker buscó aventuras, viajó por el mundo, cruzó tierras extrañas y escribió cuatro docenas de libros. Uno de sus viajes lo trajo a estos pagos en 1849, en recorrido por el camino de postas hacia Chile. Aquí concluye el relato de su paso por la provincia.

Por Víctor Ramés
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Friedrich Gerstäcker, la aventura de un viajero hamburgués al sur de Córdoba.

El viajero hamburgués continúa cabalgando hacia el poniente con su acompañante, y pasan por rancheríos donde se ven huellas de los aborígenes vecinos. En uno de ellos encuentran a un muchacho cuyo padre había sido llevado y muerto por los originarios. Casi todas las mujeres se habían refugiado en los lugares fortificados de las proximidades. De vez en cuando encontraban a alguna mujer mayor tomando mate, sola en su rancho. Y el gauchaje mismo estaba desmandado; había habido muertes por riñas y se había desatado una “sed de sangre” en la zona.

Una impresión angustiosa para los que pasan es ver a la vera del camino muchas cruces (toscas piezas de madera atadas con cuero) que marcan los sitios donde un nativo o un forastero fue asesinado. No hubo día en que no vi dos, tres o más de estos signos trágicos. Claramente, no se precisaba del peligro adicional de una incursión de hordas salvajes -algo que, de hecho, podía ocurrir en cualquier momento- para llenar al viajero de una inquietante sensación de inseguridad. El día 25 hicimos veintidós leguas y otra vez nos tocó parar en un rancho solitario. (…) Aquí la mugre era suprema.”

Gerstäcker, aun renunciando a escandalizar a los lectores con el pormenor de las cosas desagradables, describe la falta de higiene del rancho, de sus dueños, hasta del guiso -del que apenas probó un par de bocados-, y le asigna a esta provincia el non plus ultra de la repulsión. Fortalezcamos el estómago para sus palabras: “El desagrado llegó a su punto cúlmine, en esta misma provincia, donde las mujeres se sacaban los piojos de la cabeza y se los llevaban a la boca; y luego me ofrecían un mate con su bombilla recién sacada de sus dulces labios. Yo tengo un gran aguante, pero esto era demasiado para mí”. Hace una salvedad, como para alivianar el peso a los cordobeses, en desmedro de una provincia hermana: “Debo aclarar, no obstante, para justificación de las pampas, que esta abominable costumbre se dice propia de la provincia de Santa Fe, a cuyos habitantes apodan por esta causa el resto de los argentinos.” Se reserva Gerstäcker el apodo aludido. Y el viaje prosigue.

El día 26 aparecieron a la vista las primeras montañas. A la derecha, en el horizonte azul distante, se extendía la cadena de las sierras de Córdoba y tomamos la dirección hacia su punto extremo. La noche la pasamos en un pueblo chico a orillas del río Cuarto, lugar al que deseaba llegar porque me habían dicho que allí encontraría a un inglés. Esta persona, desafortunadamente, se hallaba en la ciudad de Córdoba, pero en compensación tuve la agradable sorpresa de enterarme de que un alemán vivía allí desde hace varios años; un sombrerero, en muy buena situación. Mandaron a buscar por él, invitándolo a venir al ‘Hotel de Posta’, ya que un paisano suyo acababa de llegar de Alemania.”

Sin embargo, debido a la demora del invitado, el viajero decide posponer la visita para el día siguiente.

Entretanto, tuvieron algunas noticias sobre la zona hacia la cual marchaban, de parte de un recién llegado.

Un correo de Mendoza había llegado al mismo tiempo que nosotros, con rumbo a Córdoba. Entre otros paquetes, transportaba cuatro canastos pequeños que contenían gallos de riña, por los que pensaba obtener un considerable precio en Córdoba. Los gauchos se apasionan por las peleas de gallos, un deporte que parece atraerles por el derramamiento de sangre. Ambos correos, olvidándose de los indios al comienzo del encuentro, conversaron animadamente, elogiando las diferentes cualidades y virtudes de los gallos. Tras esto, el tema de los indios fue por supuesto abordado, cuando el joven correo le dijo a mi acompañante que los pampas habían atacado por sorpresa el Desaguadero, donde no encontraron a ningún hombre, solo a una mujer vieja. Al parecer, se habían comportado tolerablemente bien o, al menos, no se llevaron más que aquello que necesitaban para su uso.”

Desaguadero era un punto próximo en el rumbo de Gerstäcker y el correo. Sin embargo, antes de dormir el hamburgués se enfocó en que con un poco de buena estrella lograrían pasar. Tras hacer algunas anotaciones en su diario intentó dormir. Pero los dos correos, por una parte, “tenían tal cúmulo de cosas para decirse y tantos vasos por beber, que parecía que no iban a terminar jamás”. A esto se sumaba el ajetreo de las pulgas y, para rematar, los gallos, atados cada uno en una esquina del rancho, se contagiaron los cloqueos y el canto hasta desvelar a coro a Gerstäcker. Solo pudo dormir unas pocas horas, y enseguida amaneció.

Al clarear, sentía como si todos mis miembros se hubiesen retorcido. No obstante, apenas si esperé a que el sol se levante para ir en busca de los muchachos que me guiarían para visitar a mi paisano. Luego de pasar un par de calles angostas y el mercado, llegué pronto a su casa.

Así hubiera tenido que andar diez millas, no habría estado más contento de ver a este hombre. Era un tipo pequeño y arrugado con una cara fina y melancólica, y lánguidos ojos celestes. Usaba un viejo sombrero de seda (…) y un poncho rojo muy sucio. (…). Su nombre era Hüter, había nacido en Mentz; en su origen fue albañil, oficio que no pudo desarrollar en las pampas, donde no hay más piedras que el pedregullo junto al río. Se había convertido en sombrerero, y tomado una esposa para él. (…) Aun después de tan larga estadía en las pampas de Sudamérica, y de haberse integrado, no parecía conforme con el país, como se podría suponer. Oyéndole hablar, se diría que su mayor deseo era volver alguna vez a Alemania. Pero para esto se necesitaba dinero, y había muchas dificultades para ganarlo. Pese a lo que expresó sobre el tema, no me pareció realmente ansioso por regresar a Alemania en particular. Todo lo que quería era abandonar Sudamérica.
Lamentablemente no pude conversar más con él, como me habría gustado, ya que el correo estaba preparado para partir, así que nos despedimos.”
Luego de eso, los jinetes hicieron el último tramo de territorio cordobés, hasta el Morro de San Luis.