Fuera de control

“Rivera 2100 - Entre el ser y la nada”, un documental de Miguel Kohan que podrá ser visto mañana a las 20 en Cine.ar, revela cómo hicieron en los setenta Donvi y Esther Soto, padres de Lito y Liliana Vitale, para construir el refugio cultural del grupo MIA en medio del terror y la censura.

Por J.C. Maraddón

Si bien las primeras oleadas rockeras ostentaban un discurso que repudiaba los mandatos de la sociedad de consumo y predicaba la búsqueda de una libertad creativa sin límites, fueron los sellos multinacionales de toda la vida los que contrataron a esos artistas y les hicieron grabar sus discos. Esa hipocresía fundacional sembró dudas en su momento acerca de la autenticidad de una contracultura que, para desparramar su obra incendiaria, utilizaba los mismos soportes que tenían como único objetivo transformar a cada ciudadano en un consumidor. Con el tiempo, las fieras se irían amansando y el negocio crecería hasta el infinito.

En ese estado de aburguesamiento paulatino estaba el rock cuando, a mediados de los años setenta, los punks le propinaron una bofetada y buscaron rescatar la pasión perdida. Fue un retorno violento a las raíces más rudimentarias, que habían conmovido a la juventud en los cincuenta y habían encendido la mecha de la revuelta. Chicos y chicas que recién salían de la adolescencia cuestionaban a esos próceres que ya pasaban los treinta y que habían empezado a dejar atrás los antiguos ideales para establecer una alianza estratégica con el complejo industrial que se especializaba en proveer de entretenimiento a las masas.

Muchas de las bandas punks ficharon para las principales discográficas sin que eso les provocara ningún escozor, pero la escena alternativa y variopinta que floreció en esos años sobrepasaba la capacidad de acción de tales empresas y dio pie al nacimiento de un circuito independiente donde se gestó un semillero de nombres que luego alcanzaron gran fama. Como eso acontecía lejos del radar de las majors, nacieron compañías pequeñas al lado de las ya establecidas, que podían financiar tiradas más reducidas, con productos que apuntaban a un público fiel y muy específico en cuanto a sus preferencias musicales.

Aunque trasuntaban un espíritu libre y soñador homologable al de los hippies, estos jóvenes emprendedores tenían bien en claro su objetivo y sabían a la perfección cómo conseguirlo, a diferencia de la ingenuidad que había caracterizado a este tipo de iniciativas en los sesenta. Gracias a esas marcas marginales, saltó a la consideración general una camada de figuras de géneros por entonces poco ortodoxos, que durante la década del ochenta iba a superar con creces las expectativas iniciales. The Cure, New Order o The Smiths, por citar solo algunos, son ejemplos de ese afán de experimentar fuera de los controles del marketing.

Aunque suene increíble, la Argentina iba a albergar una experiencia alternativa de parecido tono en plena dictadura. Por supuesto, por aquí la epopeya punk no tenía ningún eco todavía y nada de lo que estaba sucediendo en Inglaterra podría ser citado como influencia. Eso le otorga aún más valor a la cruzada que emprendió Donvi Vitale junto a los Músicos Independientes Asociados (MIA), que mucho antes de la web y las redes sociales, montó un esquema de crowfunding que posibilitó la edición de discos, la realización de shows y la edificación de un fenómeno contestatario en el peor de los contextos posibles.

Cómo hicieron Donvi y Esther Soto, padres de Lito y Liliana Vitale, para construir ese refugio cultural en medio del terror y la censura, es el secreto que revela “Rivera 2100 – Entre el ser y la nada”, un documental de Miguel Kohan que se estrenó anoche en Cine.ar y que podrá ser visto nuevamente mañana a las 20 en la misma plataforma. A la manera de una familia que no sólo se remitía a lazos parentales, los MIA profundizaron el camino que había abierto La Cofradía de la Flor Solar en la década anterior y dejaron enormes enseñanzas para los que vinieron después.