Entre el remo y el fuera de borda

Los furcios de los políticos no son todos iguales. Algunos han sido tocados por la varita y llevan en su espalda un valioso motorcito fuera de borda.

Por Javier Boher
Hay una vieja serie de publicidades de cerveza Santa Fe que muestra algunas de las históricas diferencias entre los que nacen tocados por la varita mágica y los que no conocen otra cosa que el esfuerzo. Aunque los creativos de la agencia publicitaria hoy serían perseguidos por no haberse deconstruido, toda la breve historia vale ser recordada.
La secuencia de una de estas publicidades abre con una típica escena de salida a tomar algo en tiempos de prepandemia, con el lugar abarrotado de gente. Mientras nuestro protagonista está hablando, la chica manifiesta su disconformidad preguntando si no le parece que es hora de irse a casa. Acto seguido, el muchacho saca unos remos cortos que calza sobre los apoyabrazos de su silla y empieza la tan conocida tarea de remar una cita. El diálogo gira sobre todos los elementos que tiene a mano para cautivar a la señorita.
De repente, aparece en escena otra pareja. Los amigos se saludan y presentan a sus circunstanciales parejas. El recién aparecido confunde el nombre de la muchacha, que lo corrige en el acto. Pese a ello, el joven ni se inmuta, saluda a la pareja que está en la mesa y se retira abrazado a su reciente conquista. Cuando cambia el plano, se puede ver que tiene un motor fuera de borda en el medio de la espalda. No importa el error, ese señor -tocado por la varita- igualmente podrá proceder con sus conquistas.
Aunque pase el tiempo, cierren los bares por protocolos arbitrarios y fases confusas o las oleadas feministas nos obliguen a replantear los discursos, esa lógica siempre sigue en pie. Quizás no sea en una salida por un trago, pero bien puede repetirse en la política. ¿Cuántos personajes hay como los del motor en la espalda?.
Anteayer fue el turno de Axel Kicillof, cuando al hablar de los Barones del Conurbano hizo referencia a la palabra que se escribe con V, varones. Aunque siempre se hable de aquellos señores como parte de una nobleza terrateniente que somete a sus súbditos a su voluntad, el prefirió ir por el lado de los que poco saben de política o del que está enceguecido ante los fundamentos de las detractores del patriarcado. También existe la posibilidad de que quizás no sea la brillante mente que algunos dicen que es.
Aunque luego tuiteó algo al respecto para aclarar que sabía lo que decía -pese a que su idea de “baronesas” no va a pegar porque prácticamente no hay intendentas en la zona referida- poco importa su furcio. Pasó con el haiga (que este cronista entiende fue intencional, a modo irónico) y también con su confusión entre mandarinas y naranjas. No importa las veces que meta la pata, los (y las) que lo miran con embelesamiento difícilmente renuncien a su admiración. A su modo, Kicillof también tiene un motor en la espalda.
El caso anterior fue de alcance nacional, porque se trataba nada más y nada menos que del gobernador del mayor distrito del país (y porque además Kicillof es un personaje bastante “memorable”). Hubo también otro caso bastante más cercano a los cordobeses: Mauricio Macri, mientras enumeraba a algunos de los integrantes de su espacio a los que considera bien parados para liderar, mencionó a “López” Machado, cambiando parcialmente el apellido de la senadora por la provincia de Córdoba que espera poder revalidar su banca el año que viene.
Los apellidos españoles son todos similares en su desinencia, por lo que López, Rodríguez o Fernández-Fernández suenan más o menos parecido. Seguramente ya tendrá tiempo de confundir al rabino Bergman con Myriam Bregman, a Alberto Fernández con Aníbal Fernández o al ex ministro Aranguren con el Vasco De Mendiguren. Puede pasar.
Fue un error importante, porque jamás quien pretende ser el líder se puede equivocar el nombre de los propios (especialmente si quiere darles alguna especie de respaldo para el frente interno). Sin embargo, el caso de Macri es otro de esos casos en los que hay un motor en la espalda: no importa que meta la pata, algún enamorado irá derecho a besarla.
Cuesta imaginar cómo serían las cosas si esto mismo le pasara algún político se los que roza el descrédito, o de los que sostienen sus cargos o gestiones sin terminar de agradar a la mayoría. De hecho, las veces que se ha equivocado el presidente (que a esta altura ya serían más que los aciertos) han contribuido a debilitarlo ante la opinión pública. Le pasó, particularmente, cuando quiso posar por personaje culto, para quedar como el parónimo de este último término.
Mientras algunos siguen su marcha con ese motorcito en la espalda que los puede sacar de aguas cenagosas, otros ya han gastado los remos incluso en aguas cristalinas. Y esas barcazas que no se mueven siempre corren el riesgo de irse a pique.