Un novelista con piel de aventurero (Primera Parte)

Friedrich Gerstäcker se llevó a sí mismo por todo el orbe, y vivió fuertes experiencias en tierras extrañas, sobre las que luego escribiría unos cuarenta y cuatro volúmenes, entre relatos de viaje y novelas de aventuras. Algunas de sus páginas de no ficción cuentan una cabalgata por las pampas cordobesas, en 1849.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Retrato del escritor Friedrich Gerstäcker en 1850.

El viajero Friedrich Gerstäcker, nacido en Hamburgo en 1816, había acariciado el éxito literario mientras vivió por su cuenta en los Estados Unidos, desde joven, entre 1837 y 1843. La publicación en un periódico de las cartas que le escribía a su madre atrajo el interés de los lectores. En Alemania compiló y publicó su primer libro en base a esas crónicas epistolares, con tan buena recepción que se animó a escribir un par de novelas de aventura, confirmando enseguida su gran llegada al público. Entre 1849 y 1852 visitó Sudamérica, Norteamérica, Oceanía, Australia, las Indias Orientales y el resto del Asia.

El primer tomo de su libro Viaje por Sudamérica, publicado en 1854, nos provee el relato de su paso por tierras cordobesas en junio de 1849. Gerstäcker arregló el cruce de las pampas a caballo, rumbo a Chile, en compañía de un correo que se dirigía a Mendoza. Éste le advirtió que, en caso de ocurrir un indeseado encuentro con los aborígenes de la región, sería un sálvese quien pueda, y que no le garantizaba ninguna ayuda si eran perseguidos. Gerstäcker aceptó las condiciones, se compró una montura, riendas y alforjas, y se preparó con sus armas, un poncho, una frazada y un par de camisas limpias, para un viaje que se anunciaba de unas cuatro semanas. Los viajeros partieron y aquí tomamos el relato al momento en que pisan territorio cordobés.

24 de junio de 1849: Hicimos alto en una ciudad pequeña, Cruz Alta. No es una ciudad en el sentido europeo de la palabra, sino un agrupamiento de casuchas de barro que parecen que una lluvia fuerte las fuera a desintegrar. En cuanto a los habitantes, no sé bien cómo retratarlos, sin dar crédito a la buena opinión que tienen de sí mismos, y a la vez sin adularlos. Los jóvenes, casi en su totalidad, son vigorosos, y tienen figuras interesantes con las vestimentas pintorescas del país -aunque muchos usan esos abominables sombreros europeos de seda negra, con sus ponchos y chiripás- que les dan gracia y relieve. En cambio, no puedo decir mucho en favor del bello sexo. Lamento ser injusto con las damas de las pampas, pero lo que he visto de ellas, con poquísimas excepciones, me impide de cualquier opinión favorable. La falta de higiene y sus hábitos desagradables durante y después de las comidas, no son cualidades, por cierto, como para cautivar el corazón de los europeos. No debo dejar de mencionar, sin embargo, una circunstancia que explicaba la ausencia de mujeres jóvenes y hermosas. Todas las jóvenes, debido a la hostilidad de los indios, habían sido llevadas por seguridad a un fortín o, al menos, a lugares protegidos por militares. De estar ellas presentes, sin duda las casas hubieran lucido más limpias o, al menos, con un aspecto más alegre. A los hombres y a las mujeres mayores también les habría sentado, sin duda, un baño tibio y unos cuantos panes de jabón.”

La descripción que hace Gerstäcker del rancho del gaucho es bastante aprensiva, como se podía esperar de una mentalidad europea en medio de las privaciones de las pampas.

En tales villas pequeñas se puede disfrutar el lujo de una silla o un banco; mientras tanto, en las casuchas comunes del gaucho, el visitante debe sentarse en el suelo; o, con mucha suerte, sobre cráneos de caballos traídos a ese propósito y que constituyen el único amoblamiento de esas viviendas. Su cocina tampoco es tentadora. Las pampas están tan desprovistas de madera que no hay suficiente como combustible. El material que usan para ese fin es el estiércol de vaca, que se ponen en una pila sostenida por huesos alrededor. Los huesos no se queman, solo sirven para concentrar el calor, pero largan olor. Y sobre ese material que echa un aroma desagradable, colocan otro hueso, con algo de carne, para asar. Y si el gaucho tiene una amable disposición hacia el visitante, saca el hueso del fuego, le sacude las cenizas golpeándolo en su pierna, le da un mordisco para ver si la carne está cocida y se lo ofrece, a lo que el invitado debe agradecer con una sonrisa: ‘Muchas gracias Señor’, y si se halla tan hambriento como un miserable perro, hará de esto su comida.”

Por la mañana, como a las once, tras disiparse una densa niebla, retomaron el viaje y comenzaron a “galopar por las estepas”, en palabras de Gerstäcker. A poco de andar, descubrieron un punto móvil que se aproximaba hacia ellos, sin saber de qué se trataba. El viajero alemán se sorprendió de ver que era una diligencia como las que se habían dejado de usar en su país, toda pintada de amarillo y tirada por seis caballos al galope, cada uno montado por un gaucho.

El vehículo era tan extraño y anticuado que hacía juego con el rostro arrugado que se asomó por la ventanilla de la diligencia, que no podía ser sino el de un pedagogo que llevaba un inmenso par de anteojos. Se dirigió al correo pidiéndole información sobre la presencia de indios. Mi acompañante les pintó un panorama de horrores, transmitió a los gauchos y al maestro de escuela las peores noticias, y luego se alejó. Entretanto, descubrí dentro del coche a un muchacho de unos catorce años, que hablaba inglés. Me hallaba ansioso por oír novedades sobre la nieve de la Cordillera, pero él no quiso responder hasta que yo no le dijese si todo lo dicho por el correo al profesor, sobre los indios, era verdad. Le dije que no había una sola palabra de cierto en los dichos de mi acompañante y que, al contrario, la ruta hasta Buenos Aires era segura. A mi insistencia sobre la Cordillera, me dijo que la ruta era bastante buena, claro que en el verano, al derretirse la nieve. ‘¿En verano? -dije- ¡Pero yo debo cruzarla ahora!’ El jovencito rió: ‘¡Ahora! Es un desatino’, dijo. ‘Ahora yo no puedo ni recibir una carta de Valparaíso; hace dos meses que escuché que mi padre está viviendo allí. La Cordillera está cerrada’.”

La diligencia, un “inmanejable castillo sobre ruedas” según el alemán, reinició su marcha y Gerstäcker debió galopar como una hora para alcanzar al correo. Le preocupaba mucho la noticia del cierre de los Andes.