Con fe y con esperanza se arreglan pandemias y tragedias

La gestión del coronavirus y la apelación a Dios por las lluvias exponen con crudeza los límites de la gestión.

Por Javier Boher
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Prácticamente toda la historia de la humanidad ha encontrado a las sociedades divididas entre los que eligen creer los relatos y los que prefieren cuestionar las certezas. Mientras para los primeros no existe posibilidad de que algo sea mejor que lo existente, para los segundos todo es perfectible.

Esa convicción se combina, paradójicamente, con un voluntarismo infantil según el cuál todo va a depender de las ganas con las que se hagan las cosas, más que con la preparación y formación previas.

La mezcla es angustiante: sólo podemos hacer lo que el universo o los dioses nos permiten. De eso, todo va a depender de las ganas que le pongamos a nuestra tarea. Casi casi una receta de fracaso total. Dos situaciones dejan en evidencia esta situación: los incendios y el coronavirus.

Para el primer caso, después del extenuante esfuerzo de los bomberos voluntarios, el gobernador agradece a Dios por la lluvia. Todos los cordobeses agradecimos la lluvia, sólo que algunos preferimos no hacerlo a entidades imaginarias.

Aunque la provincia esté mejor preparada para enfrentar incendios que la mayoría de las provincias argentinas, resulta extraño que se sigan sucediendo estos episodios desde hace veinte años, sin más respuesta que el riesgo que corren los bomberos voluntarios casa vez que las llamas avanzan.

El otro caso es el del coronavirus. Después de un inicio de la cuarentena en el que el presidente buscó el Atlas Larousse para ir ofendiendo al resto de las naciones en orden alfabético en sus ganas de jugar al nacionalismo barato, hoy las estadísticas demuestran el fracaso de la estrategia elegida. Demasiado voluntarista para ser un gobierno de científicos.

La falta de información creíble es tan grave que ayer llegó el turno de otro papelón internacional: el país fue excluido de Our World in Data, un sitio internacional sobre estadísticas de Covid-19. Esta vez es un récord: les llevó menos de un año de gestión reconvertir a Salud en ministerio y destruir las estadísticas. Pese a esto último, nos llevaron a casi hacer podio en todas las categorías negativas (y sabiendo que todo podría estar siendo incluso peor).

A lo largo de estos meses, pronto pensaron que el virus no iba a llegar o que no vivía en el calor. Después trataron de pararlo con papeleo. Después, cerrar escuelas, fábricas, dependencias públicas y todo lo que no consideran esencial. Y nos pusieron a esperar el pico: venía en abril, después en mayo, después en julio… hasta que la gente decidió no esperarlo más.

Jugaron al doctor administrando placebos, confiscando insumos a los distritos más previsores u obligando al resto del país a vivir bajo las normas emitidas por la Casa Real del AMBA. A todo lo hicieron como siempre, pintando figuras de cartón a la espera de que todo se arregle solo. Nada se arregla solo, porque no existen fuerzas externas que decidan lo que debería decidir (y, más importante, ejecutar) la política. Hace falta prepararse antes de que llegue y buscar soluciones basadas en evidencia una vez que ya llegó.

Cuando no se hizo ni se hace nada de eso, se buscan culpables: el surfer, la vieja coqueta que quería tomar sol, los runners, los manifestantes, los padres que quieren que los hijos vayan a la escuela, los comerciantes que no se quieren fundir, las familias que están hartas de la separación, los amigos que extrañan el fútbol con asado.

Son todos culpables -somos todos culpables- menos ellos, los que tienen que ejecutar políticas públicas serias, con indicadores confiables y contrastables, que le permitan a la sociedad llevar una vida lo más tranquila posible. No pueden usar como salida la pobre estrategia de encomendarse a Dios o la cobarde y canallezca retórica de que la culpa es de la gente que no hizo caso.

El pensamiento mágico es omnipresente en toda América Latina, pero el 2020 ha dejado en claro que las clases dirigentes en Argentina deben ostentar alguna especie de récord al respecto. Evitan asumir las culpas, confían en la ayuda divina para salir del brete, apelan a formulas o recetas mágicas para sostener políticas carentes de lógica científica y apuntan en búsqueda de culpables imaginarios para esconder sus fracasos.

Al final, el Scioli de 2015 no hizo más que adelantar todos los planes de gobierno de la Argentina por venir: “con fe y con esperanza” vamos a salir adelante. Nunca con ciencia y planificación.