Un 17 de octubre en defensa propia

Ni el declamado amor Fernández ni la supuesta indiferencia hacia pasado banderazo son ciertos. En realidad, el peronismo quiso dar una señal contundente de que la calle le pertenece, tanto hacia la clase media contestataria como a la Cámpora y a las organizaciones piqueteras que entornan al presidente.

Por Pablo Esteban Dávila

No es un secreto que Cristina desprecia a los políticos y a los sindicalistas peronistas. Cuando le tocó gobernar, casi no hubo espacios para ellos en su gabinete ni en su proyecto político. Prefirió, en cambio, apoyarse en La Cámpora, aquella agencia de colocaciones ideada por su hijo Máximo que -justo es decirlo- supo sobrevivir al interregno macrista. Junto con esta agrupación, una variopinta cohorte de movimientos sociales y piqueteros fueron los restantes puntos de apoyo de sus dos mandatos.

Esta situación no había variado cuando despuntaba la campaña presidencial, a comienzos del ya lejano 2019. Por entonces, el peronismo se debatía entre volver a apoyar a alguien que claramente lo detestaba o emanciparse mediante una tercera vía, corporizada por Juan Schiaretti, Miguel Ángel Pichetto y Sergio Massa, entre otros. Coadyubaba a esta reticencia las dudas, perfectamente legítimas, de que una candidatura de Cristina efectivamente pudiera triunfar en las generales de octubre.

Por tal motivo, cuando la expresidenta designó a Alberto Fernández como cabeza y compañero de fórmula, un profundo sentimiento de alivio se apoderó de la atribulada dirigencia justicialista. En adelante, sólo deberían concentrarse en la campaña del exjefe de gabinete de Néstor y de Cristina, sin tener que lamentar bajas prematuras debido a la obstinación de esta última por regresar a la Casa Rosada. La reunificación en torno a uno de los suyos era un hecho. Ahora sí, “todos unidos triunfaremos” fue la eufórica presunción general.

Sin embargo no todas fueron rosas. El flamante presidente tuvo que aceptar lotear su gabinete con su vice, generando no pocos malentendidos en área claves. El peronismo clásico no resultó del todo favorecido en la repartija pero, al menos, quedó con el consuelo de que, en adelante, se lo escucharía en el diseño de las políticas claves del gobierno. Todos los gobernadores del PJ, con excepción de Schiaretti, adhirieron a aquella convicción.

El advenimiento de la pandemia y las primeras medidas de Fernández reforzaron su liderazgo. Entre marzo y mayo la popularidad del jefe de estado alcanzó niveles sorprendentes, algo que reforzó la convicción del justicialismo de que aquel era el hombre del destino. No obstante, desde mediados de año se hizo evidente que se había subestimado la gravedad de la crisis económica generada por la cuarentena y de la heredada del macrismo. Esta constatación, unida al incremento en los contagios y muertes por coronavirus pese a las draconianas medidas dispuestas, comenzaron a minar la imagen del presidente.

Contribuyó a tal cosa, asimismo, la continua y en absoluto benéfica influencia de Cristina sobre las decisiones presidenciales. La fallida estatización de Vicentin y el proyecto de reforma de la Justicia Federal, actualmente con media sanción del Senado, fueron muestras de que la autonomía de Fernández era mucho menor de la imaginada por propios y extraños. Importantes sectores sociales y de la oposición ganaron prematuramente las calles para protestar por lo que consideraban eran excesos autoritarios del gobierno. Es un hecho que, los últimos 90 días, la imagen del primer mandatario no ha hecho otra cosa que desmoronarse.

Esta constatación hubo de encender las alarmas peronistas. ¿Qué sucedería con los hombres del PJ si Fernández, acorralado por las protestas y la debacle económica, terminara por renunciar? Asumiría Cristina y, con ella, un nuevo período de ostracismo político. El fasto del 17 de octubre debería ser el pretexto para reafirmar que, ante todo, el presidente es uno de los suyos. Toda la conmemoración habría de girar en torno a él.

Así fue aunque, en rigor, se trató de una celebración extraña. A tono con la época, tuvo una pata virtual y otra presencial. La primera, en la sede de la CGT y retransmitida (aunque con poca fortuna técnica) a través de las redes oficiales de la central obrera y del justicialismo; la segunda, con una caravana de vehículos convocada por el líder de Camioneros, el inefable Hugo Moyano.

Tanto el discurso del presidente como, en general, las posteriores impresiones de sus anfitriones fueron monolíticos al asegurar la movida no era una respuesta oficial al banderazo del #12O ni a ninguna de las anteriores manifestaciones opositoras. “Sentimos solo amor por nuestro pueblo, acá no hay odios ni rencores” -aseguró Fernández, quien agradeció a Dios porque “menos mal que gobierna el peronismo”. Es difícil no recordar, ante tanta bondad, que Santiago Cafiero, su mano derecha, había negado en días previos los atributos de “pueblo” o de “gente” a quienes protestaban contra el rumbo adoptado por el Frente de Todos, o que el propio Moyano se refiriese a ellos como “señoras bien vestidas” en medio de la denominada caravana de la lealtad.

Pero ni el declamado amor Fernández ni la supuesta indiferencia hacia pasado banderazo son ciertos. En realidad, el peronismo quiso dar una señal contundente de que la calle le pertenece, tanto hacia la clase media contestataria como a la Cámpora y a las organizaciones piqueteras que entornan al presidente. En otras palabras, pretendió darle un mensaje a Cristina con la anuencia del principal interesado: que no se metan con ellos.

¿Efectivamente es así? Los gestos parecerían confirmar la hipótesis. Los dirigentes K en el salón Felipe Vallese de la CGT fueron pocos y Máximo, invitado de honor, llegó sobre la hora sin demasiado entusiasmo. Cristina, ausente sin mayores explicaciones, ni se molestó en recordar la efeméride como lo que es: el día de la lealtad. En su lugar, tuiteó un mensaje en honor a su fallecido esposo, sin ninguna mención a Perón o Alberto, el teórico heredero de la virtud que los justicialistas definen como cardinal.

En definitiva, el peronismo sindical y el político, con todas las divisiones que cualquier analista sabe que existen, organizaron un 17 de octubre en defensa propia. Apuntalaron a un Fernández claramente debilitado, al tiempo que le sugirieron a la expresidenta de que no lleve a su vicario a un punto de no retorno. Fue un notable punto de encuentro táctico entre facciones que se detestan pero que, no obstante, son capaces de reconocer el supremo interés del poder. Todo lo demás: la caravana de Moyano, los choripanes, los ómnibus o los manifestantes sin distancia social son anécdotas que pincelan un cuadro costumbrista que, a diferencia de otros momentos históricos, ahora comparte el mismo mural con otras manifestaciones sociales que no les van en zaga, tanto en entusiasmo como en motivaciones políticas.