Travesía del hombre que sería Pío Nono (Tercera Parte)

Entre los viajeros enviados a Chile por el Papa en 1823, iba un futuro Papa. Era una comitiva liderada por Monseñor Musi cuyo secretario, Giovanni Mastai Ferretti, se convertiría en Pío IX dos décadas más tarde. Aquí concluye el relato de su paso por el sur de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Giovanni Mastai Ferretti era un joven canónigo cuando pasó por el sur de Córdoba en 1823.

Al partir de la Esquina de Medrano, los viajeros debieron dar un rodeo para evitar a los originarios de la región, y entrar en una llanura donde “no se ve más que hierbas, pocas aves y muy pocos animales”, y en la cual “resulta imposible reencontrar el camino que el verano ha cubierto de verde, tapando las huellas de otros que lo usaron”.

En Arroyo San José hicieron noche, ya que las postas siguientes no contaban con comodidades. No había pan, ni vino, pero los viajeros llevaban estas provisiones consigo. Para compensar, la maestra de posta preparó una rica cena para ellos.

Junto a Monseñor y a Mastai tomamos un baño en el Torrente, para lavarnos el polvo del camino y refrescarnos del excesivo calor de los últimos dos días. Gracias a ese baño y a la buena cena, pasamos una noche muy reparadora. El que más tranquilamente descansó fue Monseñor, debido a que a la una de la mañana había llegado un mensajero enviado del Gobernador de Córdoba al señor Cienfuegos, trayendo dos cartas para Monseñor. Una era firmada por el Dr. Vásquez, Vicario capitular de la ciudad, quien expresaba su satisfacción de la feliz llegada de Monseñor y le daba total libertad para cualquier acto en la jurisdicción episcopal de toda la provincia de Córdoba. La otra carta era del Cabildo de Canónigos, y repetía más o menos las mismas felicitaciones y oraba para que la presencia de Monseñor fuese un bálsamo para las necesidades espirituales de estos pueblos.”

Las cartas habían sido remitidas a José Ignacio Cienfuegos, Arcidiácono chileno que acompañaba en este viaje a los padres, desde su salida de Roma. Como Muzi, por la mañana, había dictado cartas de agradecimiento y las hizo enviar directamente a Córdoba, Cienfuegos se ofendió de que lo hubiesen pasado por alto y esto acabó definiendo su separación del grupo y su marcha anticipada a Mendoza, con algún pretexto. Al parecer, Cienfuegos ya había mostrado ciertas actitudes de aspereza que Monseñor llevaba anotadas in péctore. También da cuenta la crónica de que el padre Arce, otro de los miembros de la comitiva, había obtenido gran consuelo al haber tenido que rebautizar a una niña moribunda, bautizada al nacer en un rito que había sido incompleto. De este modo “la salvó para siempre, ya que según luego supimos, en San Luis de la Punta, al día siguiente la niña había ido al descanso eterno.”

La mañana del domingo veinticinco se dijo la Santa Misa, tras la cual los viajeros prosiguieron a Cañada de Lucas, no muy acogedora, y a una siguiente posta antes de llegar a Punta del Agua.

En el camino se encuentran bosques de árboles nudosos y leguminosos cuya sombra defiende mucho a los pasajeros de los rayos del sol que, mientras andábamos, quemaba bastante. En aquel campo abierto, entre un bosque y otro, se veían liebres y muchos avestruces, una reunión de los cuales, asustados por una liebre, huían como el viento, mientras que también otro tanto hacía la liebre, atemorizada por el estrépito de nuestro coche.

(…)

Lo más reparador de llegar a la posta La Punta del Agua fue poder beber el agua excelente que brota en el medio. (…) la frescura del agua fue muy bienvenida ya que, hallándome ardido por el excesivo calor del sol me pude refrescar bebiendo abundantemente de ella. En Punta del Agua el camino tuerce del oriente a poniente y se atraviesa dos leguas de llanura antes de entrar a un espeso bosque de árboles espinosos que son casi todos pintorescos. Al final del bosque se cambia de caballos, ya que hasta Santa Bárbara no hay otra posta. Luego se entra en un campo abierto en el cual se descubren las sierras de Córdoba, que son las primeras que vimos desde Montevideo, luego de tanto viaje y tanta llanura. El camino es muy irregular y la vegetación no permite ver el sendero. Se ven muchos ciervos que suelen ir en grupos, como los venados, las cabras y otros animales de caza. Estos suelen detenerse a mirar, pero si uno se detiene, se dan a la fuga.”

En Santa Bárbara, “una posta decente”, los viajeros prefieren dormir a cielo abierto tras el excesivo calor del día. La falta de ciertos víveres es anotada en la crónica: “De Fraile Muerto en adelante no se consigue más ni pan ni vino, y el agua solo es buena en Punta del Agua. En Santa Bárbara ya encontramos el pan de Córdoba de buena calidad, aunque duro, ya que Córdoba está a una distancia de casi treinta leguas.”

Las postas que venían después eran las de Tegua, y luego la de Corral de Barrancas. Allí el narrador del relato, Giuseppe Sallusti, tras una cena en que no hubo nada para beber, se acercó al mesonero y le pidió discretamente una botellita de vino de Mendoza a la que le había echado el ojo al llegar. Cuenta que aquella bebida, “verdaderamente buena”, que disfrutó un poco a escondidas y pagó de su bolsa, “me dio propiamente la vida”, ya que “era verdaderamente suave como nuestro Montepulciano, o el buen Falerno citado por Orazio el cual, bebido en el ardor de aquel sol, se sentía descender lentamente en las vísceras y derramarse con dulce frescor en todos los miembros del cuerpo”.

Tras dejar la posta del Tambo atravesaron el río Cuarto, en cuya agua escasa, pero muy límpida, pudieron bañarse con gran regocijo. Pasaron por la Aguadita, y después por Barranquita. A la vista de las sierras, el paisaje les resultó muy grato a los religiosos. En Barranquita se construía una capilla con una puerta tan grande que casi ocupaba toda la fachada. Se podía repetir, cita Sallusti, a aquel ingeniero que aconsejaba “cerrar la puerta para que no se saliera la iglesia”.

Llegaron por fin a Achiras, la última posta, y el final del relato de nuestro interés. Esta posta se hallaba “cerrada entre dos montañas de alrededor de un tercio de su altura. La rodean grandes rocas y árboles muy sombreados, que la vuelven húmeda y muy melancólica. Aquí se bebe buena agua, está bien provista de pollos, de carne y de buen vino de Mendoza. Así que se comió con gusto y luego de la refacción nos trajeron nueces frescas y otras buenas frutas que eran de estación.”