El costado más amable

La semana pasada, Netflix estrenó un documental titulado “Blackpink: Light Up the Sky”, que no sólo registra los comienzos y el arribo al éxito de la girl band coreana más famosa, sino que además permite acceder a las claves del K-pop, para quienes no saben muy bien de qué se trata ese estilo.

Por J.C. Maraddón

Definir estilos dentro de los géneros artísticos es un ejercicio que tanto la crítica como la industria no han dejado nunca de practicar, la primera para dar cuenta de su idoneidad en la materia y la segunda para ponerle sellos a sus productos que luego sean fáciles de identificar por parte de los consumidores. Las audiencias, sobre todo las más jóvenes, suelen encontrar más sencillo decir que les gusta el rock, la cumbia o el cuarteto, antes que abrirse a la escucha de cualquier tipo de música sin tener en cuenta las etiquetas arbitrarias que se les han impuesto a esas canciones.

Cuando algo nuevo se da a conocer, inmediatamente se busca alguna referencia con la cual asimilarlo, para afirmar así que ese intérprete hace trap, que hace blues o que hace folklore de proyección, porque sus creaciones tienen cierto parecido con lo que han acometido otros que ya habían sido insertos en una de esas categorías. Una vez encasillados de esa manera, los artistas se verán en la obligación de mantenerse dentro de ese apartado, para no generar confusiones entre sus seguidores. Sólo unos pocos audaces se animan a desafiar ese orden y a desorientar a la gente no apegándose a nada.

Lo insólito es que esos rótulos responden a parámetros de una artificialidad flagrante, en tanto que la expresión musical fluye de manera natural, según formas que no necesariamente se ajustan a moldes preestablecidos. Es un proceso posterior el que termina enclaustrando esas iniciativas y llevándolas por sendas ya transitadas, para así dejar tranquilos a todos: no hay desacato posible ni desobediencia permitida, porque todos de una u otra forma deberán ingresar en su correspondiente casilla. Y tendrán que soportar que les dicten esa sentencia, si es que quieren avanzar a pie firme por el camino de la fama y la fortuna.

Entre todos los nichos que el marketing de la industria discográfica cataloga en la actualidad, uno de los más citados por estos días entre las nuevas generaciones es el del llamado K-pop, cuyo concepto dista mucho de dejar en claro la extensión y la comprensión de su conjunto. Más bien parece ser un prejuicioso modo occidental de abordar un movimiento sonoro cuyos exponentes tienen en común su lugar de origen, Corea del Sur, aunque bajo su paraguas haya una variedad de nombres y formatos a los que se torna muy difícil hallarles elementos distintivos en una simple escucha.

La semana pasada, Netflix estrenó un documental titulado “Blackpink: Light Up the Sky”, que no sólo registra los comienzos y el arribo al éxito de la girl band coreana más famosa, sino que además permite acceder a las claves del K-pop a quienes no saben muy bien de qué se trata eso. Al poner su lente sobre las cuatro integrantes de Blackpink, la directora Caroline Suh brinda pautas para entender ese fenómeno de masas que primero cautivó al público asiático, para luego trascender los límites continentales hasta conformar una tendencia global que ha logrado penetrar con furia en el mercado estadounidense.

Es Teddy Park, productor artístico de Blackpink y compositor de sus hits, quien en el filme se encarga de cuestionar que de este lado del mundo se hable de K-pop ante cualquier producto musical que provenga de aquel país oriental, sin discriminar una cosa de otra. Por lo que se ve en “Light Up the Sky”, lo que esa denominación engloba tiene que ver más bien con un proceso de producción en serie de bandas integradas por chicos o chicas que durante largos años compiten por hacerse un lugar en la escena artística. Un salvaje mecanismo selectivo que ya se ha cobrado varias víctimas, y del que este documental se esfuerza en mostrar sólo su costado más amable.