Travesía del hombre que sería Pío Nono (Segunda Parte)

Los miembros de la misión del Vaticano a Chile, atraviesan la región con temor a los “salvajes” y se detienen en las primeras postas cordobesas. Entre ellos marcha un Arzobispo y su secretario, el joven canónigo Mastai Ferretti, futuro Sumo Pontífice que ascendería al sillón de San Pedro como Pío IX.

Por Víctor Ramés
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El papa Pio IX quien, veinte años antes de ser exaltado, recorrió las pampas sudamericanas rumbo a Chile.

La travesía de los religiosos italianos enviados por la Santa Sede por territorio cordobés fue omitida en la edición hecha por Sarmiento, que en su versión hace una gran elipsis respecto al original, sin dejar huella de todos aquellos párrafos a los que -urgido quien sabe por qué demonio de la traducción- metió tijera. Lo cierto es que redujo el pasaje por las pampas al sur de Córdoba del futuro papa Mastai Ferretti, el arzobispo Mazi (o Muzi, según otros textos) y el propio autor del relato, Giuseppe Sallusti. En el original italiano de esta crónica, el Tomo 1 de la Storia delle missioni apostoliche dello stato del Chile, consta sin embargo el itinerario completo, desde que la comitiva y los criollos de la tropa que la conducía ponen pie en la primera posta cordobesa, hasta que dejan la última población de la provincia.

De la Esquina de la Guardia se va a la Cruz Alta, que es una posta con más casas, en las cuales se halla más comodidad. El terreno se vuelve gredoso y no mejora hasta la próxima posta, llamada Cabeza del Tigre, debido a un tigre que fue muerto y cuya cabeza fue colgada por largo tiempo. (…) Es una buena posta, para cuya defensa hay un cañón pequeño que se gira hacia todos los ángulos. Aquí comienza a costearse el río Tercero, que es bastante grande. Las orillas de este río son arcillosas. (…) La posta siguiente es la Esquina de Lobaton, que sirve solo para cambiar los caballos.”

Lo único que llama la atención del cronista de esta parada es un árbol muy frondoso cuya sombra en verano refresca a los que pasan. Tal vez se tratase de un algarrobo. Tras una siguiente muda de caballos los viajeros pasan por Saladillo, próximo al río del mismo nombre. Allí observan la presencia de una guarnición de treinta dragones, destacados para poner freno a los originarios. Los viajeros se asombran de conocer los huevos de suri.

Mientras comíamos nos mostraron algunos huevos de avestruz que tenía de largo un medio palmo mercantil y un cuarto de palmo habrá sido el diámetro de ancho. Era de un color blancuzco y otro celeste también bello. Dicen los campesinos que bajo los grandes calores del verano, se “empollan” solos y se puede ver salir a los pichones de avestruz. (…) En la misma posta vimos un tatú, o sea dasypus de Plinio, que los americanos llaman mulita, y que es el cachicamo, o tatú de nueve fajas de Buffon. Es esta una pequeña bestiecilla, que parece una mula aparejada, pero con el hocico más parecido al del puerquecillo de India que al de un mulo, y es del tamaño de nuestros perrillos falderos.
El maestro de la posta citada hizo de todo para que pernoctásemos allí, pero se estimó mejor seguir adelante, porque aquellos son lugares más peligrosos por la continua salida de los salvajes.”

El trayecto por esa zona es bastante pobre en presencia humana y se hace notar la falta de buenas postas.

Antes y después del Saladillo, desde Cabeza de Tigre hasta el Fraile Muerto, no se halla otra cosa que lugares para mudar caballos, sin comodidad para poder rehacerse un poco del camino. Ni los treinta dragones resultan suficientes para proteger a los pasajeros. No hacía mucho los salvajes habían hecho aquí una incursión en la cual levantaron todas las caballadas de los alrededores y se llevaron consigo a algunas de las mujeres de la posta, a las que se planeaba rescatar cuando pasamos por allí. Por ese motivo, enseguida del almuerzo se formó una escolta de ocho soldados a caballo y con ellos retomamos el camino, el cual resultó bastante divertido. (…) Atravesamos un bosque pequeño, luego un campo abierto donde se vieron ciervos timoratos, vivaces liebres que a su vez temían a los ciervos. Acompañados y animados por la alegre brigada y por los jóvenes dragones que habían bebido vino antes de partir del Saladillo, recorrimos rápido aquel camino desierto de doce leguas y llegamos a Fraile Muerto al ponerse el sol.”

En dicha población destacada del camino cordobés la misión italiana hace un alto y el cronista encuentra elementos para ornar su crónica sobre la futura Bell Ville.
“El Fraile Muerto es un pequeño pueblo de cerca de doscientas almas que, sumadas a las del campo alrededor, ascienden a unas quinientas o seiscientas. Es un pueblo que recién emerge, formado por campesinos que estaban dispersos en las proximidades, donde podían defenderse mejor de los salvajes. Se llama Fraile Muerto debido a que hace mucho tiempo, antes de que se juntaran los campesinos, fue encontrado muerto un fraile que, según decían algunos, había perecido en las fauces de una bestia feroz, y según otros a manos de los salvajes de las Pampas, lo que no se ha dirimido todavía. (…) Hicimos noche sin temor alguno y con mucha comodidad. También encontramos buenísimos helados con que pudimos refrescarnos del calor del sol y del camino apresurado. También se bebe un óptimo Malaga a ocho
paoli la botella, un precio muy discreto en medio de la nada de este vasto desierto. Las casas de Fraile Muerto son casi todas ranchos y no hay sino una capilla muy pequeña, construida de adobe cocido y blanqueada a la cal. Está dedicada a la pureza de Nuestra Señora, por lo cual se llama la Iglesia de la Purísima. El sacramento se conserva solo cuando hay alguna enfermedad peligrosa, y lo atiende un solo cura que hace de todo. Vino a nuestro encuentro y nos ofreció su casa, lo que le agradecimos mucho y dormimos enseguida aquella noche sobre la tierra desnuda. Monseñor se sintió mal del estómago y vomitó dos veces tras la cena, antes de dormir. A la mañana siguiente dijo que se había despertado por el malestar varias veces. Otros también pasaron mala noche. Por mi parte, reconstituido por el helado y por el Málaga, dormí plácidamente toda la noche.”

A la jornada siguiente les toca recorrer la distancia de Fraile Muerto a Las Tres Cruces, “posta muy infeliz y que realmente representaba tres cruces: la fea ubicación, la falta de toda comodidad, y el modo poco amable que mostraron los tipos que custodiaban el lugar.”