Rebelión católica contra el Centro Cívico

¿Que llevó a la iglesia a actuar de este modo? Es simple: una necesidad territorial. La iglesia católica se conecta con sus fieles básicamente a través de la misa, un rito milenario. Sin la misa, sin los sacramentos, la iglesia sufre una desconexión con sus feligreses; en este sentido, la pandemia la ha golpeado duramente. La iglesia posee una organización jerárquica y simbólica que la impulsa a identificarse con la sociedad toda, de allí su atributo de católica.

Por Pablo Esteban Dávila

Nadie podría acusar a monseñor Carlos Ñáñez de desestabilizador. Tampoco de sedicioso. El jefe de los católicos en Córdoba es un hombre de palabras medidas, un deliberado cultor del bajo perfil. A diferencia de su antecesor, el cardenal Raúl Francisco Primatesta, no se le conoce pasión por la política ni intenciones de influir en los poderosos de turno. Sin embargo, ayer salió a jugar fuerte.

Mediante un comunicado, el Arzobispado expresó el “malestar” por las últimas restricciones anunciadas desde la Nación y el Centro Cívico, entre las que se incluyen la suspensión de los servicios religiosos. La sede episcopal aseguró, asimismo, que “no acompañará” esta decisión “exagerada”, lo que, a fines prácticos, significa que continuarán con aquellos sin acatar lo dispuesto desde el Centro Cívico. Al hacer pública esta posición, Ñáñez avanzó sobre un terreno usualmente reservado a las autoridades seculares, dejando de lado el canon sobre dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

¿Que lo llevó a actuar de este modo? Es simple: una necesidad territorial. La iglesia católica se conecta con sus fieles básicamente a través de la misa, un rito milenario. Sin la misa, sin los sacramentos, la iglesia sufre una desconexión con sus feligreses; en este sentido, la pandemia la ha golpeado duramente. La iglesia posee una organización jerárquica y simbólica que la impulsa a identificarse con la sociedad toda, de allí su atributo de católica (el adjetivo puede traducirse como “universal”, que resulta común o que abarca a todos). Las campanas que llaman a la celebración de la liturgia es la manifestación más sensorial de esta vocación por la totalidad. Es difícil suponer misas clandestinas; el solo proponerlo resulta en una contradicción lógica.

Es una situación de mayor vulnerabilidad que la de otros cultos que compiten por adherentes en los barrios de Córdoba y de buena parte del país. Aunque aquellos requieren también de celebraciones colectivas y oraciones comunitarias, la publicidad del acontecimiento no es obligatoria. Estas reuniones dependen, asimismo, de sus pastores quienes, en los hechos, no reportan a un sistema jerárquico como el que sí estructura al rito católico. Esto induce a especular con que, a pesar de la cuarentena, algunas confesiones (o sus ministros) han llevado a cabo ciertas celebraciones con prescindencia de las restricciones vigentes.

La Provincia había flexibilizado la práctica de los cultos religiosas a mediados de junio, estableciendo un protocolo acorde. Desde entonces los templos se abrieron al público en forma pacífica, sin que se reportaran contagios masivos ni desbordes no autorizados. Pero la publicación del reciente DNU presidencial, que categoriza a la ciudad de Córdoba como sujeta a una suerte de Fase 1, forzó al gobernador a dar marcha atrás, tanto en esta como en otras actividades.

Que los restaurantes o gimnasios protestaran contra la reimplantación de las limitaciones era previsible, mas no así la reacción eclesiástica. Esto evidencia la magnitud de la crisis por la que está atravesando la iglesia y lo dificultoso que le ha resultado conectar con sus fieles durante la pandemia. Volver a clausurar los templos reabiertos con tantos cuidados es percibido como un ataque directo a la sustentabilidad de su misión. El obispo auxiliar de Córdoba, monseñor Pedro Torres y mano derecha de Ñáñez, lo dijo claramente ayer ante los micrófonos de Cadena 3: la asistencia espiritual es “indispensable”, porque la pandemia tiene consecuencias sanitarias, económicas y emocionales, recordando que “los vínculos familiares y espirituales son vitales más que esenciales”.

Es muy probable que el gobernador no haya sopesado adecuadamente el frente que se le ha abierto, ni que hubiera estado en sus planes originarios el proceder de esta forma con el clero. Ñañez y Schiaretti son exliceístas y, entre ellos, no existe ni asomo de rencor o desconfianza. El DNU de Alberto Fernández dejó a la Provincia, en este asunto, en una posición incómoda frente a una institución que, no obstante sus presentes dificultades, continúa siendo influyente.

La protesta religiosa enfatiza el derecho a la libertad de culto, consagrado constitucionalmente, y a sus deberes espirituales pero, de la misma manera, remite a otro motivo de enojo, que excede los límites cordobeses y toca de lleno a la Casa Rosada. Algunas semanas atrás, el presidente de la Nación anunció que enviaría, antes de fin de año, un nuevo proyecto de ley para legalizar el aborto, anticipando que militaría activamente para lograr su aprobación. Este es un tema especialmente sensible para todas las confesiones, no solo para la católica.

Para la iglesia se trataba de un tema zanjado. En 2018, el aborto se debatió apasionada y exhaustivamente en la sociedad y en el Congreso. Fue el Senado, precisamente, el que bajó el pulgar a la iniciativa. Han transcurrido apenas dos años de aquel hito y Fernández no tiene mejor idea que reintroducir la polémica, justo en medio de una situación económica y social desesperante y sin que existan razones que justifiquen la urgencia.

¿Teme Ñáñez que el gobierno intente utilizar a su favor la pandemia para lograr una aprobación antes negada? No sería descabellado. En teoría, las manifestaciones populares, a favor o en contra de cualquier asunto, están prohibidas y las sesiones virtuales en ambas cámaras legislativas han demostrado estar sembradas de peligros, especialmente cuando se trata de temas complejos. A diferencia de lo sucedido durante la presidencia de Mauricio Macri -que, dicho sea de paso, se abstuvo de presionar a nadie en uno u otro sentido- ahora es más difícil movilizar gente o arengarla desde el púlpito. De alguna manera, el arzobispo de Córdoba se está curando en salud al sublevarse contra la prohibición de los oficios religiosos, algo que sus colegas en otras partes del país deben de estar tomando debida nota.