Alberto 2015

En su falta de identidad, el presidente ya promete y se excusa como lo hacía su antecesor.

Por Javier Boher
Siempre los políticos hacen promesas o ponen excusas. Es parte de su naturaleza. Si se promete lo correcto en el momento indicado, el político ganará la elección. Si se ponen las excusas justas en el momento de mayor apremio, el político ganará algo de tiempo para su gestión. Si las promesas no cautivan y las excusas no convencen, el político está en aprietos.
Con la lógica anterior, el presidente está en aprietos. Sus promesas ya no llegan a la mayoría de los argentinos, entre los que se cuentan muchos de los que creyeron sus promesas hace alrededor de un año. Las excusas de su rival, Mauricio Macri, no parecieron suficientes para convencer a la ciudadanía de que le correspondía un periodo más en la Casa Rosada.
La pandemia alteró los planes del Frente de Todos, anticipando internas y tironeos que en algún momento iban a llegar. El peso del cristinismo ultraortodoxo fue creciendo en importancia, fagocitando a los funcionarios en espejo que designaron en cada ministerio para tratar de matizar su sectarismo.
El colapso económico ha encendido las alarmas de los dibujantes de números, que no pueden esconder los malos indicadores sociales y económicos que ponen en riesgo la estabilidad de un gobierno al que cada vez se le cree menos cuando promete o cuando se excusa.Así, el debilitamiento del peso o la no liquidación de stocks de granos son un indicador inequívoco de que las palabras no alcanzan para generar confianza.
En el último mes el presidente ha quedado más lejos que nunca de aquel estadista que en marzo decretó la cuarentena. Si con más de un 70% de imagen positiva se mantuvo alineado con el kirchnerismo, hoy que eso se recortó a la mitad no existirá un despegue, ya que su supervivencia depende más que nunca de la voluntad de la vicepresidenta.
En ese contexto, ha surgido un Fernández de lo más extraño. Sus excusas parecen las mismas que usó Macri a lo largo de sus cuatro años de gobierno. Es casi como si hubiésemos vuelto a 2016, cuando el ex presidente aún estaba descubriendo que se había metido en un lío mucho peor que el que se había imaginado, lidiando con las consecuencias de una política económica irresponsable que puso en riesgo la sustentabilidad de todo el sistema.
Así, hemos escuchado al presidente hablar de que llegaron a un país sin reservas (magistralmente refutado por Guido Sandleris), con una explotación decreciente de gas (que en su momento se revirtió a costa de los aumentos concedidos por el ex ministro Aranguren) o careciente de infraestructura (lo que dice cada vez que se inaugura alguna obra que quedó iniciada bajo la anterior gestión). Fernández es aquel Macri que se impuso a Scioli, más que el Fernández que le ganó a Macri.
Ese territorio de excusas y promesas ya está gastado. Si ese hartazgo era verdad con Macri (y por eso la mayoría de las gente eligió no votarlo cuando intentó revalidar su gestión) la pandemia no podrá transformar esas gastadas excusas en unas creíbles y flamantes. El Covid-19 fue una oportunidad que no supieron aprovechar para construir un nuevo relato, lo que los empujó a justificar sus fracasos con premisas agotadas.
A esta altura de la gestión, sólo falta esperar que Fernández diga que “veníamos bien, pero pasaron cosas” o que en el “segundo semestre” la cosa va a mejorar. Podrá usar todo un repertorio de metáforas de tormentas para hablar de la economía, así como también cabe esperar muchos chistes -muy malos e inoportunos- sobre fútbol.
En aquel lejano 2015, Fernández trabajó como operador para Sergio Massa, apoyando su proyecto presidencial. En el recorrido no ahorró críticas a quien luego lo ungió como cabeza de fórmula. Es imposible no hacer el ejercicio contrafáctico de pensar en cómo hubiésemos vivido si en 2015 hubiese sido candidato y ganador el que hoy gobierna con las mismas premisas que quien ejerció la presidencia del país a partir de esa fecha.
Fernández es, a esta altura, un presidente sin un estilo propio. Pretendía reconstruir la economía como Néstor, aunque bajo un halo de ecuanimidad como el de Alfonsín. Muchos apostaron por su pasado liberal, soñando que sería como Menem, pero terminó devorado por Cristina y excusándose como Macri. Crucemos los dedos para que en la búsqueda de una identidad, no saque nada de los dos presidentes que nos quedan en la lista de los que gobernaron -se excusaron y prometieron- desde el regreso de la democracia.