Nada es definitivo

Una explosiva muestra de la aproximación divergente a la historia puede ser hallada en el libro “Tiempo anfibio. Las últimas tres décadas del rock en Córdoba”, que acaba de ser lanzado por la Editorial de la UNC en formato de e-book y que tiene como compilador a Carlos Rolando.

J.C. Maraddón

La fórmula tradicional para reconstruir un tramo de la historia es la que apela a la metodología científica o, cuanto menos, a las herramientas de la investigación periodística, según cuál vaya a ser la manera en que se transmita luego esa concatenación de datos. Si lo que se procura es obtener un texto ajustado al rigor histórico, el ideal es sostener como se pueda una objetividad en el trabajo y un acercamiento desprejuiciado al tema de análisis. Pero si todo terminará en un artículo de prensa, las exigencias serán bastante más laxas y se valorará el modo en que se hilvana la crónica.

Puede ser que exista un equipo de producción destinado a encarar esa tarea o que todo se restrinja a la iniciativa de una sola persona. Pero lo que no puede faltar es esa zaranda, ese embudo que filtrará la información y que organizará las piezas del rompecabezas hasta que adquiera una forma razonable. Es decir, se pretenderá que la realidad encaje en una hipótesis y se manipularán las variables hasta lograr que quede demostrado por qué las cosas se dieron de una manera y no de otra. Quien firma el escrito se hace responsable de esa perspectiva.

La mayoría de lo que hemos leído como caracterización de determinado periodo corresponde a este modelo, tanto en los tratados cuyo objetivo es desarrollar los grandes acontecimientos universales, como en los ensayos que sólo se ocupan de áreas o ámbitos determinados. Y nos hemos acostumbrado a interpretar esas miradas parciales y a ponerlas a la par una de otra para tratar de sacar una conclusión más cercana a lo que realmente pudo haber sucedido. Son procedimientos que, de tan comunes, han sido interiorizados como necesarios dentro del proceso de conocimiento y, por lo tanto, aparecen como incuestionables.

Sin embargo, la disidencia también se hizo escuchar en estas lides y en algún momento aparecieron quienes sugirieron que tanta pulcritud metodológica no garantizaba nada, que muchas veces la verdad surgía de manera espontánea y que lo mejor era cotejar testimonios directos, por muy sesgados que fuesen. Porque aun en sus errores, estas versiones podían llegar a decir mucho más del objeto de estudio que ese dogmatismo promovido por la fe en la ciencia. Y de esta forma, las irregularidades alisadas por la lija de los preconceptos pasaban a tener un merecido protagonismo, como emergencia de un hecho concreto que se resistía a someterse a la abstracción.

Una explosiva muestra de esta aproximación divergente a la historia puede ser hallada en el libro “Tiempo anfibio. Las últimas tres décadas del rock en Córdoba”, que acaba de ser lanzado por la Editorial de la UNC en formato de e-book y que tiene como compilador a Carlos Rolando, quien ya había desempeñado idéntico rol hace un par de años en “Yo estuve ahí”. Como en aquella oportunidad, otra vez la movida rockera local es la que ocupa el centro de la escena y, también de manera parecida, se apela a las historias de vida y a la memoria personal como fuente preponderante.

A lo largo de algo más de 400 páginas, ya sea a través de relatos memoriosos o de entrevistas, van sucediéndose nombres, confesiones, anécdotas y personajes que, desde distintos lugares, han contribuido a pintar un panorama que carece de un autor único, porque encuentra su riqueza en la superposición de voces que quieren hacerse oír. Quien busque, entonces, la palabra definitiva, no encontrará en “Tiempo anfibio” esa quimera, sino algo mucho más vívido y emocionante, que es el ejercicio del recuerdo encarado por aquellos que tienen algo para aportar acerca de la evolución del rock cordobés.