Marchas que desconciertan al gobierno (y también a la oposición)

El carácter espontáneo de las convocatorias y la multiplicidad de consignas que las vertebran hacen que, hasta cierto punto, su ethos político sea inasible, con excepción de la declarada vocación opositora, única certeza palpable.

Por Pablo Esteban Dávila

El gobierno está desconcertado. La marcha del lunes, abreviada como 12-O, se suma a las cinco que buena parte de la sociedad le ha obsequiado desde el 25 de mayo hasta el presente. Los patrones que estructuran estas manifestaciones son similares: convocatorias en redes sociales, defensa de ciertos valores, diríase que abstractos (defensa de la constitución, la propiedad privada, la libertad) y ausencias de liderazgos claros. Y, claramente, un disgusto militante hacia todo lo que tenga que ver con el kirchnerismo.

El desconcierto explica los duros epítetos dedicados por Santiago Cafiero a los manifestantes, a quienes negó los atributos del “pueblo”, sindicándolos como “un grupo que responde a un partido político que no acepta que perdió las elecciones”. Algo más allá fue Agustín Rossi, el ministro de defensa retuiteado por el presiente, quien los calificó como “cobardes y canallas”, identificándolos como los que “quieren socavar a nuestro gobierno” y instruyendo sobre que “la derecha va a elecciones, pierde y quiere obtener el poder por otros medios”. Son consideraciones que los descalifican, porque es imposibles sostener que quienes llenan avenidas y espacios públicos en todo el país sean meros reaccionarios, lejanos por completo a cualquier noción popular.

No sólo Cafiero y Rossi se reducen a simples autómatas de la descalificación, sino que otros militantes K, tan preocupados como el gobierno por lo que sucede ante sus narices, recurren a la grosería destemplada para descalificar aquello que no les agrada. El inefable Dady Brieva es, quizá, el exponente más típico. “(Tengo) unas ganas de agarrar un camión y jugar al bowling por la 9 de julio… no te das una idea”, expresó en su programa “Volver Mejores” por El Destape Radio. Algunos terroristas islámicos lo precedieron en amplias avenidas europeas… ¿será esta la solución que tiene en mente el exMidachi para los problemas que aquejan al kirchnerismo? ¿Investigará el flamante NODIO sus declaraciones, decididamente emparentadas con la “violencia simbólica” que dice querer desenmascarar?

Al lanzar estas filípicas, tan carentes de ironía como de buen gusto, el Frente de Todos confiesa su impotencia por no poder mantener el monopolio de “la Calle”, el espacio mitológico del peronismo setentista. La Calle es ahora un territorio de disputa con otro grupo social, la clase media, envalentonado por su poder de convocatoria y la capacidad para resistir lo que, entiende, son los avances autoritarios de Cristina Fernández y su oficialismo títere.

Obviamente que este fenómeno preocupa al presidente. No ha transcurrido tan siquiera un año desde su llegada a la Casa Rosada y no ha conseguido más que réproba de parte de aquellos a los que debía cautivar con su estilo supuestamente moderado. Su identificación con el núcleo duro del kirchnerismo es cada vez más palpable y, con ello, la radicalización de sus modales y discurso. ¿Cómo lograr que, aunque más no sea, La Cámpora y los sindicatos afines realicen una demostración de poder que opaque las que ha venido soportando hasta el presente?

Algo se está cocinando para el día de la lealtad, pero el formato de las manifestaciones que se sucederán en apoyo de Alberto todavía no es del todo claro. Nadie imagina a la CGT recurriendo a una movilización virtual para mostrar su músculo, pero tampoco la Casa Rosada alentaría una del tipo tradicional, con militantes vociferantes repartiendo coronavirus a diestra y derecha. El discurso de la cuarentena ha encorsetado a la sociedad, pero más lo ha hecho con el poder de fuego de la coalición gobernante.

No obstante, en la vereda contraria tampoco hay muchas certezas. Si se considera a Juntos por el Cambio como el polo político que, por definición, antagoniza con el oficialismo, es lógico suponer que tanto las marchas del 12-0 como sus antecesoras terminarán drenando apoyos hacia sus cuencas electorales. Sin embargo, esta es una presunción sólo aparente.

El carácter espontáneo de las convocatorias y la multiplicidad de consignas que las vertebran hacen que, hasta cierto punto, su ethos político sea inasible, con excepción de la declarada vocación opositora, única certeza palpable. Esta es la razón por la que no todos los dirigentes de JXC se sumen abiertamente a estas manifestaciones y que sean los más duros (Patricia Bullrich entre ellos) los que no vacilan en hacerlo.

La explicación de esta ambigüedad es también simple: a los dirigentes les gusta dirigir, no ser dirigidos, menos por una red social innominada y de propósitos difusos. Esto no significa que, luego de una convocatoria masiva, todos se presten a felicitar a sus concurrentes y enaltecer sus propósitos republicanos por las mismas redes que los desconciertan, pero esto no debe ser reputado como una genuina pasión por la militancia digital. Son movidas tácticas para sumar sus propios rostros e ideas a conglomerados con miles de rostros y otros tantos pensamientos.

Las prevenciones de la política tradicional no son, contrariamente a lo que podría suponerse, reacciones que disimulan la falta de compromiso cabal para con sus fines. Por el contrario, son manifestaciones de la preocupación que le cabe a cualquier líder (o aspirante a serlo) de como canalizar políticamente este tipo de energías. No en vano -y afortunadamente- la Constitución Nacional establece que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, lo que reduce el asunto a un tema de representación electoral. En otras palabras, la oposición disfrutará los efectos de estas movilizaciones si, en las próximas legislativas, estas se traducen en militancia para ganar más bancas en el Congreso. Es la diferencia entre el disgusto colectivo y la acción política propiamente dicha.

¿Es Mauricio Macri quién ha comprendido cabalmente esta necesidad de orientación de quienes se expresan a lo largo de la República? Todo indica que así es. No en vano reapareció ayer con interesantes declaraciones y su nítido apoyo al 12-O. No hace falta retroceder mucho en el tiempo para observar que fue él, tras la paliza recibida en las PASO de agosto de 2019, quien relanzó su campaña electoral con el recurso, tan clásico como olvidado, de las grandes manifestaciones populares. Justo él, tradicionalmente remiso a darse baños de multitudes como expediente para certificar su pregnancia popular. De entre toda la panoplia de opositores, el expresidente es el más visible, no tanto por su prestigio como mandatario (relativizado muchas veces por sus propios compañeros de ruta) sino por ser el blanco preferido de los Fernández. Esta es su principal fortaleza. Si los que protestan sólo tienen en claro que lo hacen contra el gobierno, ¿Por qué no identificarse con quien el presidente y su vice descalifican toda vez que pueden?

Control de la calle, incapacidad para retomarla y declaraciones destempladas son los complejos de culpa que aturden a un gobierno de por sí desorientado ante un fenómeno creciente que no termina de entender. Entre sus críticas a Macri debería recordar que fue el expresidente quien rompió la vieja maldición de que nadie que no fuera un peronista podía terminar su mandato en paz. Muchos sectores de la Argentina han tomado nota de que no hay nada de determinista sobre las supuestas e intransferibles habilidades de justicialismo y sus franquicias para ejercer el poder. Y están dispuestos a recordar la novedad a todo aquel que esté dispuesto a ir más allá del legítimo derecho a gobernar.