El 12-O legitimó el ajuste de los controles

Antes de la movilización del lunes la Provincia se enfrentaba a un escenario complicado: debía hacer respetar las nuevas restricciones frente a la resistencia de sectores que esgrimían argumentos difíciles de rebatir. Querían trabajar. Tras la marcha -y las dantescas escenas que regaló- ajustar los controles volvió a ser una demanda social.

Por Felipe Osman

El peronismo de Córdoba, desde que es oficialismo, siempre se ha visto obligado a sostener equilibrios delicados, y en buena medida su éxito puede explicarse en la ductilidad que ha desarrollado para hacerlo.

Córdoba, por definición, no es tierra fértil para el peronismo. Aquí germinó el golpe del 55 e imperó el radicalismo desde el regreso de la democracia hasta finales del siglo pasado. Y desde 2003 hasta ahora la base electoral del peronismo cordobés siempre ha demandado a la Provincia poner distancia con el kirchnerismo, por el que siente una aversión que bien puede justificarse en los números que describen el reparto de recursos oficiado por el Estado Nacional.

En tiempos de pandemia, ese desafío se renueva para el oficialismo provincial, que debe además gestionar otro equilibrio tan delicado como aquel: el que separa a sanitaristas y epidemiólogos de los sectores productivos más golpeados por las restricciones impuestas desde el inicio de la pandemia, y particularmente por las que acaban de reestablecerse a partir de la aceleración que la tasa de contagios ha experimentado durante el último mes.

A raíz de ese incremento, complementado por una tasa de ocupación de camas que empieza a tornarse preocupante, el Gobierno Nacional decidió incluir el viernes a 6 departamentos de la provincia entre los 18 que debían reestablecer restricciones ya abandonadas para minimizar la circulación y los contagios durante las próximas dos semanas.

Al día siguiente el propio gobernador, Juan Schiaretti, flaqueado por su vice, Manuel Calvo, y el ministro de Salud de la Provincia, Diego Cardozo, ofreció una conferencia de prensa para especificar quienes quedaban aludidos por las “nuevas” restricciones, y el principal destinatario fue, desde luego, el sector gastronómico, a cuyo rechazo se sumó también el de los dueños de gimnasios, otro de los rubros más golpeados por la cuarentena.

A través de las redes sociales cientos de bares y gimnasios al borde del colapso por haber mantenido sus puertas cerradas durante meses prometieron hacer caso omiso de las restricciones repuestas por el Gobierno y convocaron a sus clientes a seguir asistiendo a sus instalaciones.

Hasta allí, el reclamo resultaba muy difícil de ignorar. En el fondo, todos saben que estos pequeños y medianos emprendedores no pelean por maximizar su rentabilidad, sino simplemente para que sus negocios logren subsistir. La única apuesta es atravesar la tormenta.

Desde luego, eso no implica que el Centro Cívico deba renunciar a las disposiciones que ha resuelto reinstalar. A fin de cuentas, si se ha tomado una decisión y aun habiéndose merituado sus costos se ha decidido avanzar, el Estado debe asegurar el cumplimiento de sus normas aunque hacerlo conlleve un costo político importante. Hacer lo contrario no sería menos costoso, ya que la debilidad del Gobierno habría quedado expuesta en el centro de la tormenta.

En esa difícil encrucijada se encontraba El Panal hasta el lunes por la tarde. Horas después, la movilización del 12-O llegó para aclarar el panorama, dejando en la retina algunas escenas que bien alcanzan para legitimar los controles que tanto el Centro Cívico como la Municipalidad de Córdoba desplegaron ayer.

La imagen de una multitud bailando al son de la música electrónica en el centro de la movilización, sin observar ni por asomo las más mínimas reglas de distanciamiento, llevó al humor social a reclamar otra vez que se endurezcan los controles para impedir situaciones del estilo. La noticia de un grupo de jóvenes que concurrieron al puesto sanitario de la Terminal de Ómnibus para hisoparse después de haber asistido a la fiesta completó la acuarela.

El atendible reclamo de los gastronómicos y, llegado el caso, de los gimnasios, quedó opacado por las instantáneas que dejó una movilización que no fue copada por esos sectores, y que terminó dando al oficialismo provincial el contrapeso que necesitaba para ajustar los controles sin pagar el costo político que hacerlo hubiera traído aparejado horas atrás.