Amnesia de slóganes

Cada vez que funcionarios y afines abren la boca, desmienten cada uno de los slóganes con los que el kirchnerismo supo machacar a lo largo de los años.

Por Javier Boher
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“El amor vence al odio”, esgrimían como consigna hace unos años, cuando el kirchnerismo se vendía a sí mismo como una usina de cariño. Aunque todos los que no comulgaban con el cristinismo sabían que era una exageración, el relato parecía un poco mejor armado que en estos tiempos.

Las sucesivas marchas que se han realizado contra el gobierno nacional son una novedad en la historia argentina desde el regreso de la democracia. Lo usual siempre ha sido que se proteste contra gobiernos no peronistas, no al revés. Aunque Guillermo Moreno ya esté haciendo esfuerzos por despegar al PJ del fracaso que avizora, la realidad lo golpea con fuerza, puesto que nadie puede creer semejante mentira.

El éxito de las movilizaciones radica en su heterogeneidad. Algunos marchan contra la cuarentena, otros contra los barbijos, quizás algunos contra el aborto y otros tantos a favor de la República y la división de poderes. Todos coinciden en las calles cada vez que vuelve a haber un feriado, sin más elementos identificatorios que banderas argentinas, quizás para ayudar a que no se note esa gran diversidad.

El peronismo, encerrado en un discurso que se ha tornado más sectario que nunca, no puede entender ni hacer frente a lo que se ha ido gestando ante sus ojos. No hay cabecillas con quienes negociar. No hay organizaciones que intervenir. Es un engendro extraño, que no por deforme es menos importante. Eso no entra en la mente corporativista y verticalista del cristinismo hardcore.

La confusión es tan grande que han entrado en una fase discursiva de ponerse a la defensiva a través de la provocación. En lugar de serenarse para demostrar control, se van de boca y dejan ver que están nerviosos. Es como si no recordaran las enseñanzas de todos los maestros orientales de la pantalla, sea de Kung-fu o Karate kid.

Así, un Jefe de Gabinete sin vuelo intelectual ni político decidió erigirse en catador de “pueblitud”, para expresar su disconformidad respecto a que los que decidieron manifestarse pacíficamente puedan ser considerados pueblo. Quizás no sean sectores populares (algo que tampoco se puede afirmar tan tajantemente) pero desde aquello de que “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes” suponemos que toda esta gente ejerce su derecho al voto y -por ende- también es pueblo.

Esa pulsión fascista de los ignorantes los lleva a afirmar que todo el que los apoya es pueblo, mientras todo el resto debe quedar excluido, aunque tanto machacaron en su momento con que “la patria es el otro”. Sobre ese tipo de razonamientos se construyeron todo tipo de autoritarismos, como los nazis que no consideraban personas a los judíos, los colonos sudafricanos que establecieron el apartheid contra los negros o los revolucionarios cubanos que consideraban degenerados a los homosexuales. Siempre el diferente llevará la cruz que le quieran poner los que mandan, especialmente cuando las cosas no funcionan.
Tal vez por eso Luis D’Elía le sugirió a la presidenta mudarse a su barrio, a Laferrere, para estar cerca de los que la aman. Entiende él que las otras viejas chetas de Recoleta la hostigan por ser una luchadora por los derechos de los desposeídos. Es difícil saber si el tuit fue oportunista o real, porque es imposible imaginarse a la vicepresidenta viviendo entre los pobres. Seguramente muchos de los que marcharon tampoco lo harían. La diferencia es que no lo declaman ni bajan línea como si lo hicieran.

En esa deriva política que están atravesando queda cada vez más claro que casi cualquiera puede decir cualquier barbaridad desde su pertenencia al espacio político del gobierno. Siendo que el único que rectifica o desmiente a los lenguaraces es el presidente, figuras tan políticamente irrelevantes como Dady Brieva se convierten en una especie de voceros del kirchnerismo menos pensante, un oportuno rostro con el cual elige confrontar esa masa deforme que marcha cada feriado. Si Fernández no los desautoriza, Fernández aprueba. Y si aprueba, acepta que lo critiquen por ahí.

El humorista aseguró que le gustaría agarrar un camión y jugar al bowling por la 9 de Julio, como si los ciudadanos que ejercen su derecho constitucional de manifestarse pacíficamente fuesen bolos inanimados. Posteriormente deslizó que en algún momento se van a cansar de recibir palos y todo puede escalar rápidamente. Curioso que esos palos solo sean críticas, en lugar de 14 toneladas de piedra que dejaron casi 90 policías heridos en un intento por evitar que tomen el Congreso cuando se aprobó la reforma jubilatoria que después congelaron por decreto para meterle la mano en el bolsillo a los jubilados. “Un país con buena gente”, decían. Parece que a ese también se lo olvidaron.