Disputándole los pampas al demonio (Tercera parte)

Damos fin a la revisión del texto de 1693 del Jesuita español Lucas Francisco Caballero, quien dejó noticia de su celo misionero entre los pampas del sur de Córdoba antes de ir a predicar en la misión de los Chiquitos, donde hallaría un martirio sudamericano en tierras de la etnia puizoca, en 1711.

Por Víctor Ramés
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Parlamento de caciques pampas, dibujo de José Alberto Gómez.

Los padres Caballero y Calatayud atravesaban un momento poco alentador en El Espinillo, sin las provisiones prometidas por José Cabrera, y con una fría recepción por parte de los nativos. Vivían allí el cacique principal Ignacio Muturo y otros seis caciques, entre ellos el Cacique Bravo, pariente de Muturo. Un providencial pedido de bautismo convenció a Lucas Caballero de realizar la ceremonia junto a la puerta del toldo del jefe, pidiendo que trajeran a todos los niños que quisieran bautizarse. Esto cambió el semblante de Muturo: “sonríase el cacique y viniendo en la condición juntó a una gran multitud de niños que bauticé con mucha alegría y regocijo de la gente.”

Apremiado por la falta de víveres que nunca había enviado José Cabrera, el padre Caballero marcha a Córdoba acompañado por el cuñado de Muturo, Diego Vidag, un nativo que aparece como incondicional de los religiosos. En la capital, el padre habla una vez más con Cabrera -hijo del fundador de Córdoba-, y así consigue promesas a medias de apoyar a la misión. Algunas señales de los religiosos y de los civiles le dan otro poco de esperanza:

Llegada la víspera de San Francisco Javier por la tarde, acabadas las vísperas el padre rector bautizó solemnemente al indio que conmigo había venido de las pampas, llamado Diego Vidag, cuyo padrino fue el señor gobernador que acababa con su misión por ser el indio hijo de cacique y cuñado de un cacique principal. Con él se bautizó otro pampa cuyo padrino fue don Alonso Herrera con su mujer, gustando la ciudad de oir el catecismo en lengua de pampas, que yo les había ayudado al padre rector en el bautismo. Honrrolo el señor gobernador, presentó a Vidag abrazándole en la iglesia y diciéndole trajese a otros caciques que él seria su padrino y no les honró poco el señor obispo a no haber muerto 4 días después que con el padre rector le habíamos informado del estado de la misión.”

Tras el espaldarazo de las autoridades y la actitud favorable de José Cabrera, se tomó la decisión de llevar a la ciudad a los caciques que vivían en El Espinillo, para sellar la amistad mutua. Convinieron acompañarlo los caciques Ignacio, Pascual, Manuel y Jacinto, mientras el cacique Sanemte, y el cacique Bravo quedaban en los toldos, lo mismo que el padre Calatayud.

El provincial de la orden, así como el gobernador se hallaban fuera de la ciudad cuando llego el padre Caballero con los cuatro caciques. Atendidos por una autoridad civil de menor rango, los caciques se sintieron desairados al no recibir los consabidos obsequios. Los sacerdotes del Colegio, a su vez, se negaron a bautizarlos públicamente, desconfiando de la fe de los caciques. Salvo algunas buenas atenciones que se les hicieron, la visita resultó un fracaso. Al volver, las cosas no estaban mejor en el campamento.

Durante su ausencia un poderoso hechicero pampa, esclavo de Muturo, que ejercía sus malas artes entre los nativos, causándoles abusos y daños, fue muerto: “le degollaron, le arrancaron la lengua, le sacaron los ojos, cortaron las narices y orejas, y charquearon todo el cuerpo dejando poco que hacer a las aves de rapiña, con que quedaron todos contentos y los enfermos sanos con su muerte”.

Los ánimos estaban revueltos y el padre Lucas, en un intento por convencerlos, da pie a una respuesta antológica, poco común en una literatura que ignoró por tantos siglos “el alma” de los indios:

“…Predicándoles que sino guardasen la Ley de Dios no se salvarían, decían: ¿Qué dice esta Ley? Y como les dijese que vivir de suerte que tuviesen uso de los sacramentos, para lo cual era necesario vivir en pueblo y lugar determinado, no fornicar, no hurtar, etc.… respondían: ¿Qué sacerdotes tienen esos españoles que por esos ríos que ni tienen iglesia, ni oyen misa? … No fornicar? Los mismos españoles nos vienen a comprar las chinas de mejor cara por un raso. ¿No hurtar? También nos suelen hurtar los españoles nuestros caballos, como nosotros los suyos.”

Desde este punto, el destino de la reducción siguió un declive. El cacique Pascual se fue de la reducción. Y también el cacique Bravo decidió abandonar el lugar. Bravo tenía enemigos afuera, que le habían jurado la muerte por haberse “cristianizado”, y en cuanto lo tuvieron a tiro, lo acribillaron a flechazos. Esto trajo venganzas de sus parientes de la reducción contra los matadores, a quienes a su vez mataron. Los “enemigos de la tierra adentro” iban resquebrajando lo poco conseguido con tanto esfuerzo. El padre Caballero dio parte de crédito en el disenso entre los originarios, a haber metido las pezuñas auténticos demonios que, según le contaron algunos nativos, les causaban muchos males, hacían incendios, levantaban torbellinos, “entraban en una india a la cual hacían hablar varias lenguas y cosas muy dignas de tales huéspedes”. Ni el agua bendita pudo con ellos, aunque sí ayudó una estampa de San Ignacio, “a quien Dios había dado grande poder contra los demonios que con palo les tocaba como a perros.”

Todos estos males conducen a las últimas imágenes de la Relación del padre Lucas Caballero: su despedida -para siempre y en medio de la convulsión del momento- de sus amigos pampas.

Con esto, pasada la noche de 3 de agosto de 1692 con arto susto que pasé con los indios por arrebatos que hubo de enemigos, en que entendí morir en los toldos. A la mañana me despedi de ellos con reciprocas muestras de amor, dándome ellos en señal de que me tenían dos negrillos y, dando vuelta a lo de Pedro Díaz, en cuya estancia me estaba esperando el compañero y un negro que había. Cuando allí llegamos le di cuenta de todo y de la ultima resolución de los indios.”

El padre Caballero fue luego enviado a evangelizar hacia el norte, a las misiones de Chiquitos, en 1692, donde inició su prédica con buenos resultados a lo largo del territorio durante veinte años. En septiembre de 1711, lo alcanzó el martirio anhelado: fue flechado a manos de “infieles” hasta morir, en territorio de los puizocas, al norte de la misión de Chiquitos.