Después de la erosión

En el octogésimo aniversario del nacimiento de John Lennon, este beatle que logró que su nombre se leyera por separado del de su legendaria banda parece tener hoy más admiradores que seguidores, porque las aristas más hirientes de su obra han sido prolijamente limadas.

Por J.C. Maraddón

Si no se hubiera topado con un asesino en Nueva York en 1980, John Lennon estaría cumpliendo hoy 80 años y eso desata un sinnúmero de reflexiones, algunas de las cuales están siendo publicadas en este momento. Figura de enorme magnitud por ser referente de la generación de los sesenta, tuvo acceso a la fama gracias a su activa participación como miembro de The Beatles, pero su trascendencia no se circunscribió a las aventuras que vivió junto a los Fabulosos Cuatro, sino que durante y después de la existencia de ese grupo, su talento y su personalidad lo ubicaron en un pedestal aparte.

Lo primero que llama la atención es que, como suele suceder con quienes fallecen todavía jóvenes, cuesta hacerse la idea de un Lennon octogenario, no tanto en su aspecto sino más bien en su espíritu. Aunque varios de sus contemporáneos, como su compinche Paul McCartney, distan mucho de parecer ancianos decrépitos pese a la edad que tienen, la imagen que se ha perpetuado de John es la del muchacho rebelde que se resistía a negociar sus ideales, aun cuando al momento de morir ya tenía 40 años y se había pasado un lustro alejado de las luces del espectáculo.

También se puede valorar cuán magros resultados obtuvieron sus arengas pacifistas, más allá de que incluso en aquel momento no faltaban los que denunciaban que lo suyo (las canciones, la famosa cama por la paz o su presencia en marchas y protestas) no era más que una pose. A la atrocidad del combate cuerpo a cuerpo y del abuso de prácticas aberrantes como torturar o arrojar napalm, que caracterizaban las guerras de aquellos años, se le opone hoy el desarrollo de sofisticados armamentos tecnológicos que perpetran verdaderas masacres entre la población civil, sin arriesgar la vida de ningún soldado.

Entre sus versos panfletarios más recordados, se cuenta ese donde manifestaba su deseo de ser “un héroe de la clase trabajadora”, como una especie de reivindicación de sus humildes orígenes en las calles de Liverpool. Pero tampoco esa consigna encuentra vigencia en este presente anonadado por la pérdida constante de puestos de trabajo y un retroceso inédito en la defensa de los derechos laborales, que caducan ante un capitalismo salvaje dispuesto a sacrificar el sistema productivo en el altar de la especulación financiera. Difícil ejercer la militancia sindical en un panorama donde reina el sálvese quien pueda y como pueda.

De lo que Lennon declamó y tradujo en himnos que todos entonan sin reflexionar sobre su contenido, quizás lo que más actualidad tenga sea aquello de que “la mujer es lo negro del mundo”, una letra protofeminista que denunciaba un maltrato consistente en transformar a las mujeres en “esclavos de los esclavos”. Sin embargo, como ya hemos profundizado hace tiempo en esta columna, luego se supo que ese texto estaba inspirado en las respuestas que brindó Yoko Ono en una entrevista periodística, algo que John obvió a la hora de registrar la autoría del tema, cometiendo así el mismo pecado que condenaba.

En el octogésimo aniversario de su nacimiento, este beatle que logró que su nombre se leyera por separado del de su legendaria banda parece tener hoy más admiradores que seguidores. Sus aristas más hirientes han sido prolijamente limadas hasta transformarlas en aforismos de tarjetas de regalo, que de tanto ser repetidos han perdido su poder revolucionario. Tras esa acción erosiva lo que queda, entonces, es la magia incorruptible de su música. Que no es poco, teniendo en cuenta cuánto han cambiado las modas y considerando la forma en que la industria discográfica ha saqueado el repertorio de los clásicos hasta casi agotarlo.