Perdón Maduro

La reacción de ciertos sectores afines al gobierno por la condena de las violaciones de DDHH en Venezuela deja en claro la delicada convivencia interna.

Por Javier Boher
En estos tiempos de corrección política y puritanismo progresista, no son pocos los artistas que han caído en desgracia pese al valor de su obra. Así, a algún director de cine lo acusan de violador, a cierto actor lo juzgan por misógino o la obra de algún fallecido pintor es retirada de una galería de arte por haber pintado a menores de edad desnudas. Nadie parece poder separar al artista de la obra, como si horribles personas no fuesen capaces de hacer bellísimas cosas.

Argentina es un caso extraño, porque muchas veces se condena simbólicamente a algunas personas por haber tenido expresiones desafortunadas, mientras a otras se les perdonan -o festejan- algunas atrocidades. Así, se le pide a Guillermo Francella que se disculpe por chistes de gordas escritos por otras personas hace unos quince años, cuando un delivery de pizza se pagaba con diez pesos, pero se le celebra a una Yanina Latorre el reírse de la enfermedad de una persona que pudo brillar por su propio talento.

En esa mescolanza de famosos, artistas, políticos, obras loables y declaraciones deplorables, hay personajes que descollan. Por la máxima de separar a la obra del artista, con ciertos personajes de la política habría que hacer lo mismo.

Ayer se habló mucho sobre el aval argentino al informe Bachelet en el seno de la ONU, en contraposición al apoyo que hace tan solo una semana le dio al régimen de Maduro en la OEA. “Ni yanquis, ni marxistas: según-lo-que-digan-las-encuestistas” podría ser un nuevo slogan que represente estos tiempos de militancias de cotillón, con un gobierno que en diez meses sólo ha sabido ponerle garra a la militancia por la polenta y a la reforma de la justicia.

Ese voto despertó la resistencia interna de los descamisados pardos, esos que no dudarían en “depurar” las filas del gobierno según la moda alemana de 1934. Estos militantes del latinoamericanismo dependentista sintieron como una ofensa lo que en realidad es un esfuerzo del ejecutivo por congraciarse con -básicamente- todo el mundo libre que maneja los organismos internacionales como el FMI. Nada de eso entra en las cabezas que solo decodifican señales emitidas un lenguaje extinto hace tres décadas.

Algunos personajes no tienen ningún peso específico, como Alicia Castro, que renunció a si cargo como embajadora en Rusia. De bajísimo peso simbólico, es como si algún influencer renunciara al Cantando por un Sueño: sus groupies le creerían sus razones, aunque eso no tenga peso en el mundo real.
Distinto es el caso de Hebe de Bonafini, la titular de Madres de Plaza de Mayo. Pese a que la organización ha hecho grandes aportes a la lucha por los derechos humanos, su máxima figura demuestra que hay que separar al artista de su obra. Aunque han sido numerosas veces propuestas para el Nobel de la Paz, la alineación política de Hebe apunta más hacia la defensa de los que buscan lo opuesto.

En esa línea, Bonafini le pidió disculpas al autocráta que preside Venezuela por el ridículo que habría hecho la cancillería conducida por Felipe Solá. Aunque muchas cosas negativas puedan achacarse a la cartera conducida por un funcionario que a duras penas sabe pronunciar bien en castellano, condenar los abusos y torturas perpetradas por el régimen (y debidamente documentadas) está dentro de lo que cabria esperar de una República democrática.

La nonagenaria también se disculpó con Chávez y Kirchner, que seguramente la estarán esperando en algún lugar del más allá (y que vaya uno a saber si alguna vez se podrá establecer con claridad su ubicación).

En tiempos de minorías tan ideologizadas, por ahí cuesta separarse y dotar contexto lo que pide Bonafini. Aunque en este país hay una larga tradición de avalar dictadores, también es cierto que ha habido muchos que siempre eligieron defender la libertad. Pedirle disculpas a Maduro podría ser equivalente a que en su momento alguien se disculpe con Videla, Bignone, Galtieri o algún otro jerarca de la última dictadura. Sería como si en la época de Menem, para criticar la venta de armas a Croacia, le hubiesen pedido disculpas a Milosevic. “Perdón siniestro personaje que niega desde la práctica todo aquello que decimos defender desde el discurso” sería un buen resumen de las patéticas declaraciones de la titular de Madres de Plaza de Mayo.

Esos roces no deben engañar a los distraídos, que creen ver un indicio de independencia presidencial. Ni los halcones del cristinismo duro, ni los pichones de un aibertismo que no fue, tienen otra opción electoral a la que apostar por fuera de esta gran coalición panperonista que se mantiene en pie por el aporte de todos sus miembros. Esa es la magia del gobierno: en una semana es capaz de desdecirse frente a todos, ofendiendo a su tiempo a algún sector interno específico, que marcará la cancha aún defendiendo lo aborrecible y siempre con la convicción de lograr que sus rivales no vuelvan más.