Moreau le muestra las cartas a la Corte

El exabrupto del diputado deja en evidencia que algunos no saben esconder cuáles son las cartas que quieren jugar.

Por Javier Boher
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Hace un tiempo se dio una discusión respecto a si alguna vez al peronismo le había tocado gestionar -en el nivel nacional- sin plata. Como era de esperar, surgieron posiciones a uno y otro lado de las respuestas esperables.

Los que creen que el peronismo nunca debió gestionar con pocos recursos se basaron en las experiencias más recientes: 1989 y 2001 fueron el corolario de gestiones radiales que derivaron en tiempos tan duros. Los que, por el contrario, creen lo opuesto, esgrimen que los años posteriores a esas crisis fueron también años de vacas flacas. Seguramente habrá matices para sostener uno u otro punto, pero hay un dato central e insoslayable: después de uno y otro estallido social, el peronismo debió asumir la administración de la miseria con procesos bañados de una nueva legitimidad.

El manejo de la crisis -la que ya existe o la que se viene- está hoy en las manos de un peronismo fundido en su legitimidad. Con un año por delante hasta validar su suerte en las urnas, es el cuarto mandato no consecutivo del peronismo en su piel kirchnerista, tiempo más que suficiente como para agotar cualquier proceso. Es difícil reinventarse cuando la rutina nos ha enseñado cuáles son las alternativas que cabe esperar.

Con nubes negras al frente, no queda mucho margen de maniobra, especialmente cuando al capitán del barco es más fácil ignorarlo que seguirlo, producto de su misma indecisión con el timón. El freno que plantó la Corte Suprema (que, tal como esbozó Andrés Malamud la semana pasada, es el máximo organismo del poder de los mejores olfateafores del rumbo político) la semana pasada les dio un baño de realidad: no hay poder eterno cuando hay tantos intereses en juego.

Tal vez por eso, tras la jugada de la Corte, aquello de que no hay que intimidar a los jueces volvió a quedar olvidado. Ayer fue el turno de Leopoldo Moreau (ex radical, hoy en las filas del cristinismo duro) el que apuntó contra el máximo tribunal. Ofuscado por el mensaje político de los cortesanos, el diputado aseguró que todos los jueces del supremo deberían ser sometidos a juicio político. Delirios de impotencia.

Para que tal objetivo prospere deben darse dos cosas, aunque no necesariamente juntas. En segundo lugar, la institucional: dos tercios de diputados y senadores que estén dispuestos a acusar y destituir a los cinco miembros del tribunal. Suena difícil, especialmente cuando falta la primera de las cosas de la lista: la legitimidad.

Cuando en 2003 Néstor Kirchner arremetió contra la mayoría automática del menemismo que sobrevivía en la Corte, venía avalado por un fuerte envión simbólico de ser el que recuperaba la centralidad de la política para limpiarla de corrupción (éramos tan jóvenes…).

El pedido para “que se vayan todos” también alcanzaba a la justicia. Debilitados ante un nuevo congreso bastante heterogéneo y signado por la presión social, la mayoría menemista pudo ser rápidamente desintegrada sin llegar al juicio político.

Hoy el kirchnerismo tiene delante de sí una Corte integrada en su mayoría por jueces que ya conoce: tres están en sus cargos desde tiempos de Cristina, mientras que un cuarto fue ministro de justicia de Néstor Kirchner. Carlos Rosenkrantz es quizás el que más les molesta, un objetor de conciencia que -aun sabiéndose siempre en minoría- deja el precedente que quiebra el pretendido pensamiento único y hegemónico de los que quieren reescribir la historia a cada paso.

Con una luna de miel tan corta, los tiempos se agotan demasiado rápido para un gobierno que revela mucha torpeza al intentar avanzar con su reforma de la justicia. La impunidad que pretenden les está saliendo mucho más cara que lo que habían calculado, afectados también por una pandemia que lo esperaban y que gestionaron de la misma manera en la que gestionan todo, haciendo como si supieran y como si les importara.

La pulsión por embarrar la cancha y arrojar consignas antipáticas (que desprestigian aún más a la política) los ha metido en un círculo vicioso, en el que insisten en soluciones tanto más destructivas para el sistema político. Aunque peligroso para el funcionamiento democrático, no carece de lógica: si los que se dicen republicanos esperan a los tiempos de las instituciones, el avance puede ser mucho más feroz; si reaccionan violando las normas de representación y convivencia política, el kirchnerismo tiene todas las cartas en la mano para jugar el papel de víctima y ocultar los pésimos resultados de un gobierno que tiene un gabinete en el que dos tercios de sus ministros parecen no haber asumido nunca.

Moreau acusó a los jueces de estar jugando el truco en lugar de trabajar de modo imparcial. El pobre Leopoldo no se da cuenta de que con ese tipo de reacciones se encargan de mostrarles las cartas a los que, de por sí, siempre llevan las de ganar.