La vida más allá de la historieta

Si bien Mafalda no llega a ocupar ni una década dentro de una dilatada trayectoria que se prolongó a lo largo de 60 años, es entendible que se haya extendido el lugar común de hablar del “padre de Mafalda” para referirse a Quino, el humorista gráfico fallecido la semana pasada.

Por J.C. Maraddón

En el infinito abanico de artistas que ofrecen su trabajo para disfrute de la humanidad, hay una gran mayoría que no logra traspasar el umbral del reconocimiento, ya sea porque la calidad de su producción no es meritoria o porque no ha accedido a una difusión que la ponga en contacto con el público. Su destino termina estando en otra forma de expresión o en insistir contra viento y marea en dar a conocer sus creaciones, como manera de soltar una inspiración que no encuentra otra manera de ser canalizada, más allá de que sólo unos pocos (o nadie) tengan acceso a sus consecuencias.

Hay otros que, como resultado de un arduo proceso o por una simple alineación de los astros, consiguen que al menos una de sus obras triunfe y que su nombre aparezca mencionado con letras de molde en los medios de comunicación. Muchos de los que logran esta proeza no llegan a estabilizarse en un sitial preponderante y deben conformarse con haber capturado aunque más no sea por un momento la atención general, para luego volver a sumergirse en el anonimato. Y también están los que, gracias a ese único acierto, pasan a la historia.

Un escaso número entre los cultores del arte alcanzan a imponer un estilo y a dejar su influencia en quienes vinieron después. Casi todos los que pertenecen a esta categoría suelen percibir como recompensa los favores de la fama, aunque más no sea reducida al ámbito en el que se desempeñan. Y es muy probable que se vean condenados a repetir en cada nuevo aporte los rasgos distintivos que han caracterizado su carrera, para no defraudar a los seguidores que pudieron haber cosechado gracias a ellos. Cada uno de nosotros seguramente cuenta con alguna de estas figuras entre sus preferencias.

Sin embargo, cabría considerar otra clase especial de acceso restringido. Se trata del selecto grupo de artistas que han sabido construir un personaje que los trasciende y que, por sus características, acredita méritos suficientes para conformar un prototipo. No abundan los casos así descriptos, porque no es la crítica ni son los entendidos quienes activan esta consagración, sino que es la gente la que se encarga de esa tarea. Debe ser esa una de las hazañas más meritorias la de haber sacado de la galera de la ficción, algo que cobra existencia en la fantasía de las otras personas y las convence de que posee una entidad real.

Por eso, es entendible que en las redes sociales y en los medios se haya extendido el lugar común de hablar del “padre de Mafalda” para referirse a Quino, el humorista gráfico fallecido la semana pasada a los 88 años. Si bien es cierto que Mafalda no llega a ocupar ni una década dentro de una dilatada trayectoria que se prolongó a lo largo de 60 años y que el resto de los chistes del dibujante tuvo un nivel que quizás en su conjunto haya estado por encima de su famosa tira, la popularidad que alcanzó su criatura excedió en mucho los cuadros de una historieta.

A la manera de un dios que insufla vida a un producto surgido de su imaginación, Quino envió al mundo a esa niña reflexiva y cuestionadora, además de la galería de amigos y familiares que la rodean. Ese acto suyo fue completado por miles de lectores que se apropiaron del personaje del cómic y lo erigieron en una especie de prócer nacional, cuya vigencia ha trascendido el medio siglo que lleva sin desplegar nuevas aventuras. Como sucede en estas ocasiones excepcionales, tal vez la posteridad pueda no perpetuar a Quino… pero sí recordará a Mafalda.