Venezuela en el radar

La condenable decisión argentina de no repudiar las violaciones a los DDHH en Venezuela es virtualmente imposible de entender desde la política de Estado.

Por Javier Boher
Hay cosas difíciles de entender, incluso en los términos de la realpolitik que pone los intereses por encima de los valores o las ideas. La decisión argentina de no avalar el informe que condena las violaciones de los Derechos Humanos en Venezuela es una de ellas.
La decisión carece absolutamente de lógica. Era entendible en la anterior experiencia kirchnerista, cuando había gobiernos de signo político similar, volcados al progresismo y con cierta nostalgia setentista. Una década atrás el país caribeño no demostraba el colapso absoluto del Estado y las consecuencias de una gestión política decadente y corrupta. Todavía era un relato bien cultivado por los que se beneficiaban de los petrodólares y el petróleo venezolanos.
Esa situación no existe más. No hay posibilidad de que el régimen de Maduro provea de Fuel oil para salvar una crisis energética (como pasaba entonces) porque el Socialismo del siglo XXI logró que uno de los países con mayores reservas de crudo del mundo deba importar combustible desde Irán. Tampoco tiene divisas que financien campañas en estas tierras. Tampoco para comprar productos argentinos. Hoy Venezuela no tiene mucho más que hambre, caos y violencia.
Sin embargo, parece que el gobierno nacional no lo ve de ese modo. O, al menos, sus representantes ante los organismos internacionales. En cualquier caso la situación es grave. En el primero, porque el gobierno que ha izado la bandera de los DDHH fronteras adentro elegiría callar ante las atrocidades cometidas por el régimen venezolano. En el segundo, porque dejaria en evidencia el desgobierno que hay en estas tierras. No hay nada lógico ni medianamente racional en la decisión del gobierno (salvo que haya intereses personales de por medio, los peores consejeros para orientar la política internacional).
La decisión -objetable desde prácticamente cualquier ángulo- debilita aún más al gobierno en un momento qué lo encuentran lejos de su pico de popularidad. Nada de esto remite a un Alberto Fernández moderado, lo que se pretendió vender en campaña. Por el contrario, demuestra esa máxima que en los meses de elecciones determinó que el kirchnerismo es como el cero: no importa qué se le ponga al lado, todo lo que se multiplique por kirchnerismo arrojará ese mismo resultado.
Con una crisis social y económica sin precedentes (que lleva al presidente a suplicarle a la gente que no abandone el país) el miedo a que este lugar se transforme en una experiencia fallida similar a la venezolana empuja a miles de argentinos a una radicalización peligrosa para la supervivencia del sistema político.
Hace veinte años el reclamo de que se vayan todos se mostró insuficiente. La pobreza y el desempleo treparon, hubo hambre en un país exportador de alimentos y los hechos delictivos se multiplicaron. Ese esfuerzo que pagaron los ciudadanos en medio de la convulsión política pareció no ser suficiente para renovar la política, que volvió con sus mañas más fuertes que nunca, como esas bacterias que empiezan a generar resistencia a los antibióticos.
La decisión del gobierno demuestra un espantoso timing político, que puede ser oportunamente aprovechado por los que agitan el fantasma de la chavización en Argentina. Solo se entiende si lo único que persigue el gobierno que encabeza Fernández (usted elija cuál de los dos le convence) es profundizar la polarización y el descontento, poniendo a prueba la vocación democrática de un pueblo que tiene una historia de aguantarse los atropellos.
La mancha diplomática aisla aún más al país, poniéndolo del lado errado de la historia, en un contexto en el que se declama el surgimiento de un nuevo orden global que viene a terminar con la globalización, aunque probablemente veamos surgir un mundo de mucha más cooperación entre los países que elijan ponerse del mismo bando.
Probablemente el tema pase desapercibido para el grueso de los argentinos, más preocupados por llegar a fin de mes que por las peripecias diplomáticas de la cancillería argentina. Sin embargo, nunca es un tema menor, habida cuenta de que todos los temores de la gente pueden ser debidamente explotados con fines políticos, estableciendo relaciones incluso allí donde no existen.