Pensar cómo seguir

La edición estadounidense de la revista Rolling Stone ha realizado y publicado un relevamiento de la situación de los shows en vivo dentro del género de la música country, que de a poco ha vuelto a treparse a los escenarios, aunque sin descuidar las medidas de precaución y distanciamiento.

Por J.C. Maraddón

La consolidación del streaming como canal preponderante para el consumo de música grabada y el escaso reporte de ganancias que este circuito les ofrece a los artistas, obligó a los intérpretes a intensificar la frecuencia de sus actuaciones en vivo. Esa antigua instancia de contacto entre los músicos y sus seguidores se transformó así durante la pasada década en la manera más propicia para obtener ingresos económicos, tanto en el caso de las figuras consagradas como en el de los novatos. En los últimos años se había iniciado un proceso de reacomodamiento general para adaptarse a este nuevo ecosistema del negocio sonoro.

De más está decir que la pandemia derrumbó los esfuerzos que se habían realizado para potenciar el atractivo de los shows en directo. Desde un primero momento, los conciertos fueron señalados como como un foco de contagio y quedaron desterrados de la faz de la tierra. La milenaria tradición de cantar en público fue suspendida por primera vez en todas partes y a lo largo de los meses que van desde marzo hasta la actualidad se ha visto circunscripta a emisiones a través de las redes sociales, que de alguna manera han servido como una especie de paliativo.

Los primeros indicios de la nueva normalidad de la que tanto se habla llegaron entonces por intermedio de esas transmisiones que arrancaron con sets caseros registrados por los propios artistas y que derivaron luego en presentaciones más formales, con un tratamiento profesional de la imagen y el sonido. Estas mejoras llevaron a que se instrumentara una agenda de presentaciones vía streaming, en la que se empezó a cobrar una entrada a quienes pretendían tener acceso. El perfeccionamiento del sistema derivó en la organización de festivales bajo estas condiciones, como fue el Cosquín Rock virtual que se desarrolló en el pasado mes de agosto.

Mientras en la Argentina atravesamos el embate más fuerte del Covid-19 y cuando todavía no existen precisiones acerca de cuándo estará disponible la vacuna que nos inmunice contra esta enfermedad, desde el ámbito de la música internacional comienzan a ensayarse nuevos experimentos que impulsan la recuperación del ritual de los conciertos, tratando de reducir los riesgos sanitarios que eso implica. Tal vez sea esta una avanzada que comience a definir cuáles serán las pautas de funcionamiento de aquí en más, hasta tanto se retome el anterior estado de cosas… si es que alguna vez eso llega a ocurrir.

La edición estadounidense de la revista Rolling Stone ha realizado y publicado un relevamiento de la situación dentro del género de la música country, que de a poco ha vuelto a treparse a los escenarios, aunque sin descuidar las medidas de precaución y distanciamiento que marcan los protocolos. A comienzos de este mes, en el auditorio Ryman de Nashville, el cantante Scotty McCreery animó un concierto con un altísimo valor simbólico: apenas 125 espectadores pudieron asistir e ingresar en la sala, provistos de barbijo y separados por una prudente distancia, en tanto que miles de personas tuvieron la posibilidad de apreciar la performance de modo remoto.

Todo indica que este formato híbrido podría ser el que se imponga en las próximas semanas, ante la desesperación por los nueve mil millones de dólares de pérdidas que podría reportar al finalizar 2020 el negocio de los recitales en directo en los Estados Unidos. Inmersos como estamos en una cadena de avances y retrocesos en las medidas para contener la expansión del virus, resulta difícil vislumbrar una salida para esa actividad que fue la primera en ser cancelada y quizás sea la última en obtener su rehabilitación. Pensar cómo seguir parece ser, en este momento, la consigna de trabajo.