Distancia entre el sol y la pampa bárbara (Segunda parte)

Seguimos leyendo capítulos firmados por Archibald MacRae, miembro de la Expedición Naval Astronómica de los Estados Unidos que se concentró en Chile, de 1849 a 1852. Este refiere su viaje a Buenos Aires y luego su regreso, recorriendo en ambos sentidos el sur de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Muestras de alfarería aborigen sudamericana recogidas por la Expedición Astronómica Naval.

Enviado por su superior, James Melville Gilliss, a hacer mediciones complementarias sobre la cordillera de los Andes, y de allí descender y emprender viaje hasta Buenos Aires, Archibald MacRae tardó unos sesenta días de ida. Debía realizar observaciones con instrumentos cada ciento sesenta kilómetros entre Mendoza y Buenos Aires: que la elevación, que la latitud, que la longitud, o la declinación y la fuerza horizontal del magneto. En medio de esa tarea y de anotaciones estrictamente sistematizadas, MacRae no se privó de contar algunos encuentros y anécdotas, como las que figuran en sus páginas sobre la provincia de Córdoba. Se hallaba en la Villa de Río Cuarto.

No tiene tantos habitantes como San Luis, pero es un lugar mucho más próspero. Unos quinientos soldados han sido destacados aquí y en varios fuertes pequeños más al sur, para prevenir las incursiones de los indios. La necesaria formalidad de presentarme ante la autoridad del lugar tuvo mejor efecto aquí que en cualquier otra ciudad por la que pasé. Tuve oportunidad de conocer a don Martín Queñón, autoridad oficial del pueblo, quien me recibió con fina hospitalidad y me dio información sobre los ríos, que confirmaba lo que yo ya había averiguado.”

MacRae se refiere a Martín Quenón, quien “estaba casado con Mercedes Arias de Cabrera López, descendiente de los Cabrera, y se constituyó en alcalde ordinario (1834) y juez de alzada (1835 y 1845-1852)”, anotan las historiadoras María Rosa Carbonari y Silvina Andrea Miskovski, al historiar ese período de la villa. Quenón (Queñón para MacRae) le dio valiosa información sobre Río Cuarto, La Carlota, Achiras y otras poblaciones, que indicaba el número de Iglesias, de casas, de cabezas de familia, de niños, de domésticos, ganado vacuno, yeguas de cría, ovejas, fanegas de maíz y la principal inversión comercial. El teniente naval ofrece una anécdota que denota la infeliz distancia entre las clases del pueblo:

Me divirtió mucho el modo en que este caballero se deshizo de mi posadero, un tipo servicial que me había importunado un poco durante mi estadía-. Le pedí a Don Pancho (el posadero) que me indicara cómo llegar a la casa de gobierno y él, viendo la oportunidad de fisgonear entre la gente de mayor alcurnia, insistió en acompañarme. Todas las mujeres de la casa fueron llamadas a asistirlo y media hora más tarde el ilustre Don hizo su aparición ‘vestido para matar’ en una chaqueta y pantalones azules de paño fino y un chaleco rojo con ribetes dorados. El traje -me dijo- con el cual se había casado y que solo usaba en ocasiones especiales. Así equipado se dispuso a acompañarme, esperando sin duda ser tratado de acuerdo a su vestimenta. Los ojos deslumbrados de una madre, una esposa y unos hijos -por no mencionar a la cocinera- nos siguieron hasta que nos perdimos de su vista. Para desilusión y amargura de mi acompañante, fue recibido con indisimulado desdén. Tan pronto como le hizo saber el motivo de mi visita a Don Martín, éste me invitó a la sala y, volviéndose hacia Pancho, lo despidió diciendo «Muy bien, hombre, el caballero ahora ya sabe dónde queda la casa, te podés retirar». El pobre Pancho se alejó, de cresta caída, y a mi regreso lo encontré en su pobre ropa de diario, vencido por el alcohol.”

MacRae tomó interés en un grupo de indios que llegaron a la posada.
“Había unos treinta indios en la Villa de Río cuarto, que habían venido a comerciar y eran huéspedes del gobierno mientras permanecieran allí. Su apariencia no difería de la de nuestros indios norteamericanos; y, como ellos, eran adictos a beber en exceso. No tenían para vender sino ponchos, mantas y boleadoras. Iban disponiendo de esto de a poco, según sus deseos de aguardiente y chucherías. Entre ellos había varios Cristianos, como se les llama, nativos de algunas de las provincias llevados cuando niños y criados por los indios, y que eligieron ese modo de vida. Entre ellos había una mujer bastante interesante. Era joven aún y debía haber sido rubia y atractiva; pero ahora estaba tan quemada por el sol y había adquirido a tal punto la expresión propia de los indios que su aspecto no despertaba simpatía. (…)
Esperando obtener información de la partida que había venido a la posada, pedí una gran jarra de aguardiente y comencé a interrogar al cacique con ayuda de un joven cristiano, que actuó como intérprete. Pero no obtuve respuestas sobre el Tunuyán y otros ríos, excepto que se hallaban ‘allá, muy tierra adentro’. En cuanto al campo en el que viven, dijo que no era pampa, sino que había muchos árboles. También me dijo que podía ir con ellos con toda confianza, ya que eran gente pacífica y no se metían con quienes no los molestaban. Yo no dudaba de que estaría a salvo, pero lo más probable es que me hubieran quitado todo lo que tenía. Varios nativos a lo largo del camino me habían dicho que un extranjero estaba mucho menos expuesto al peligro de los indios que ellos mismos, para lo que hay una buena razón, ya que es sabido (o al menos establecido) que uno de los anteriores gobernantes del departamento de Río Cuarto atrajo con artimañas a unos veinticinco o treinta indios con el pretexto de un tratado, y luego los hizo asesinar a todos.
Mientras hablábamos, le pasaron la bebida al jefe, quien bebió un sorbo y se la pasó al de al lado, hasta que la ronda se acabó. Rehusaron beber más, debido a que se habían emborrachado mucho la noche anterior. El cacique hizo que el intérprete se quitara el poncho y se lo tendió a Don Pancho quien, para mi sorpresa, lo rechazó de plano. Al preguntarle, me dijo que, a cambio de aceptarlo, toda la partida se sentiría con derecho a beber a cuenta de la casa y, con toda probabilidad, bebería licor por el valor de tres o cuatro ponchos. Su estilo de vestir no difería mucho del de los gauchos, y todo lo que tenían para vender lo llevaban sobre sus personas. (…) En las inmediaciones de los pueblos indios se cultiva maíz en pequeñas cantidades y también higos, uvas, duraznos, ciruelas y damascos.”