Kicillof con problemas de números, ahora con el Covid

Los kirchneristas parecen estar peleados con las matemáticas. Todo el tiempo, los números se obstinan en darles cachetazos. Esto sin hablar de las grandes cifras de la macroeconomía (todas negativas), sino de la simple contabilidad del coronavirus.

Por Pablo Esteban Dávila

kicillofLos kirchneristas parecen estar peleados con las matemáticas. Todo el tiempo, los números se obstinan en darles cachetazos. Esto sin hablar de las grandes cifras de la macroeconomía (todas negativas), sino de la simple contabilidad del coronavirus.

El sábado, la cantidad de muertos por Covid-19 informada por el Ministerio de Salud de la Nación marcó un salto apreciable. Para no alarmar todavía más a una población particularmente sensibilizada el gobierno se apresuró a afirmar que, en verdad, no se trataba de un incremento neto de fallecimientos, sino que la provincia de Buenos Aires había cargado datos de días y semanas anteriores que habían impactado, con efecto retardado, sobre el parte diario.

La aclaración intentó llevar algo de calma. Los muertos, en definitiva, no eran ni recientes ni producto de un agravamiento de la situación sanitaria. Pero no dejó de ser un consuelo de tontos, un placebo epidemiológico. Con la nueva configuración del mapa estadístico, la Argentina ha pasado a tener una tasa de letalidad del 3.2% desde el 2.2% de la que se ufanaba hasta la semana pasada. La derivación más práctica de este hecho es que, a pesar de haber decretado la cuarentena más larga del mundo, el país no ha logrado ninguna ventaja en comparación del resto de las naciones.

Es una constatación preocupante. Sugiere que el gobierno ha estado lejos de acertar en la estrategia adecuada y que, debido a lo erróneo de las medidas tomadas, la economía y el tejido social han sufrido mucho a cambio de muy poco.

El inicial triunfalismo presidencial, que comparaba los logros criollos con las desventuras de otros países con enfoques diferentes, Suecia y Chile entre ellos, hace tiempo que se ha extinto. Hasta la escenografía ha cambiado. De anunciar la cuarentena y sus prórrogas rodeado de gobernadores y expertos, Alberto Fernández ha pasado a una comunicación de tipo youtuber, lejos de los periodistas y sus incómodas preguntas. Las últimas prórrogas del aislamiento fueron eventos en redes sociales, decisiones casi vergonzantes.

La demora en la carga de datos recae casi con exclusividad en la provincia de Buenos Aires, el distrito que conduce Axel Kicillof. Debería mover a extrañeza, dado que el gobernador es economista y, como tal, un presunto conocedor de la importancia de las estadísticas. Revela, cuanto menos, el pobre manejo de la información sanitaria en una jurisdicción que marcha a la cabeza de los contagios y cuyas muertes todavía no han alcanzado el pico que, por estos tiempos, los epidemiólogos de todos los colores intentan predecir.

Esta comprobación calza como una continuación de la escasa inteligencia con la que contaron, en las vísperas, las autoridades provinciales respecto del alzamiento de la policía bonaerense, cuyas consecuencias tuvo que pagar -es una expresión literal- el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta. Ni el ministro de seguridad Sergio Berni ni, mucho menos, Kicillof, supieron advertir la gravedad del problema que se estaba gestando dentro de la fuerza. No hubo información previa ni advertencias de lo que se estaba gestando. Los uniformados, a modo de una banda de gánsteres, terminaron cercando nada menos que la quinta presidencial de Olivos para estupefacción de Fernández. La tensión cedió cuando la Nación decidió quitarle fondos a la ciudad de Buenos Aires para salvar el pellejo del gobernador.

En el pasado, Kicillof ya había tenido problemas con los datos y los números. Como ministro de economía se había negado a medir la pobreza afirmando que hacerlo era estigmatizante y, también durante su gestión en la cartera económica, el INDEC no produjo ninguna estadística que resultara confiable. Tampoco acertó con la cotización de YPF, estatizada en 2012 gracias a sus sugerencias a la entonces presidenta. De afirmar que la petrolera no saldría un peso debido a sus pasivos ambientales, la Argentina terminó pagando a la española Repsol la friolera 10 mil millones de dólares entre capital e intereses. Todavía hoy el país enfrenta juicios por aquella confiscación en los tribunales de Nueva York. A estas alturas, el gobernador puede tener dudas sobre la cantidad exacta de muertos por Covid-19 en su distrito, pero nadie las tiene respecto de lo caro que le ha salido al país el protegido del Cristina.

Mientras tanto, la pandemia no da tregua. La actualización de fallecidos ha llevado el número total a casi 16 mil casos, en tanto que los infectados totales superan los 700 mil. En las últimas 24 horas, el Ministerio de Salud informó de 8.841 contagios y reportó 206 muertes. Estas cifras indican que Argentina es el noveno país con más contagios del mundo a pesar de los “esfuerzos” de la Casa Rosada por cuidar a sus habitantes.

Resulta inevitable señalar que ya no queda nada de aquel consenso inicial sobre la necesidad del confinamiento. Las prórrogas inacabables y la ausencia de resultados han liquidado cualquier tipo de argumentos a favor de la cuarentena. Si algo faltaba para derribar su eficacia (al menos, de la versión autóctona) eran los números que la administración de La Plata ha puesto al descubierto.

El desastre de la economía tampoco mueve a la comprensión. Luego de haberse mofado de los padecimientos de Estados Unidos y del Brasil -ambas potencias gobernadas por líderes a quienes detesta-, Fernández debería aceptar que tanto Trump como Bolsonaro saldrán mejor parados de la crisis del coronavirus que él. Aunque ni Washington ni Brasilia podían decidir sobre los aislamientos (esto es responsabilidad de los gobiernos estaduales), fue público que ambos mandatarios no comulgaban con las restricciones extremas y que sus preocupaciones se centraban más en lo económico que en lo sanitario. Todo parece indicar que tuvieron razón.

Al final, lo único que ha logrado la extensión de la cuarentena argentina es demorar la inmunidad de rebaño, el tradicional recurso del sistema inmunológico de los seres humanos hasta la invención de las vacunas. Suecia apostó por este recurso y le fue bien. Otros países de Europa, después de mucho penar, también lo han logrado. Es seguro que aquí también la adquiriremos, pero a un costo mayor que el de otras naciones y mal que le pese al presidente, a sus filminas y a los dudosos registros que sus políticas supieron cons