Distancia entre el sol y la pampa bárbara (Primera parte)

El marino norteamericano Archibald MacRae, miembro de una expedición astronómica naval en Chile, recorrió de oeste a este, y luego de regreso el sur cordobés, realizando estudios y observaciones sobre aspectos naturales y científicos relativos a ese trayecto.

Por Víctor Ramés
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Archibald MacRae
Ilustración del libro de la Expedición Astronómica Naval. La laguna de Aculeo, hoy seca, en Chile. Dibujo de James Queen, 1955.

Cuando el teniente de la Armada de los Estados Unidos Archibald MacRae cruzó “las pampas” argentinas hacia Buenos Aires, de ida y vuelta, a fines de 1852 y comienzos de 1853, poseía una vasta experiencia profesional. En sus archivos constaban viajes a las islas Azores y al mar Mediterráneo en 1838; la observación del ataque británico a las fuerzas egipcias en 1840; la guerra con México en California en 1846; su viaje a Hawaii en 1847, y su descripción de eventos sociales y políticos en Chile, como integrante de la Expedición Naval Astronómica de los Estados Unidos al hemisferio sur, entre 1849 y 1852. En esta última misión era el segundo de James Melville Gilliss, jefe de la expedición.

Tres años más tarde de su paso por Sudamérica, en 1855, la vida de Archibald MacRae concluiría con un giro trágico, al dispararse con un revólver Colt a la cabeza a bordo del barco a su mando, en la bahía de San Francisco. Dos semanas antes, el New York Times había reportado un importante descubrimiento hecho por él: la ola más grande del planeta, en el famoso Banco Cortés, una cadena de montañas submarinas peligrosamente poco profundas en medio del Océano Pacífico, a 188 kilómetros de San Diego y unos 82 kilómetros al suroeste de la isla de San Clemente, Los Ángeles. La ola constituye un desafío para los surfers más temerarios. MacRae tenía treinta y cuatro años y se había quejado de una extraña sensación en su cabeza.

La misión que retuvo a MacRae en Sudamérica durante cuatro años, de carácter científico y exploratorio, fue comisionada por el Congreso norteamericano y su objeto principal era recoger datos astronómicos en Santiago de Chile. La ciudad sudamericana espejaba aproximadamente en latitud y longitud al Observatorio Naval en Washington, D. C., brindando la posibilidad de hacer observaciones de Marte y de Venus en ambos hemisferios, y medir el paralaje solar (es decir la desviación angular desde diversos puntos de vista), en este caso el radio ecuatorial de la Tierra visto desde el centro del Sol. A través de dichas observaciones se buscaba una medición definitiva de la distancia entre la tierra y el sol.

Como complemento de esas minuciosas observaciones, el comandante de la expedición Gilliss le encargó a Archibald MacRae explorar el área desde Uspallata hasta Buenos Aires en cuya extensión debía realizar mediciones y también recoger datos sobre topografía, meteorología, recursos minerales y naturales y las condiciones sociales que observara en el camino. Los hallazgos de esta expedición ocuparon cuatro volúmenes publicados entre 1855 y 1856.

Con todo, las referencias al trayecto por la pampa cordobesa -de nuestro interés específico- no ocupan sino un par de capítulos en una voluminosa obra casi enteramente dedicada al estudio de las poblaciones y la vida chilena.

Un dato mencionado por MacRae sirve para introducirnos al viaje: en ambos extremos del camino, al este y al oeste, se coincidía en la opinión de que cruzar la pampa argentina era una empresa peligrosa.

Tras pasar Mendoza y San Luis, la expedición a mando de MacRae se detuvo en un lugar sombreado junto a un arroyuelo: “En este punto está la línea que divide a las provincias de San Luis y Córdoba, y fue uno de los lugares más deliciosos que encontramos para pasar la siesta. El agua y la sombra eran ambas muy refrescantes”. Así, con ese fresco pasaje, comienza su tránsito por territorio cordobés

“Tras la siesta reiniciamos la marcha y a una distancia de ocho kilómetros llegamos al pueblo de Achiras. El camino, como antes, transitaba sobre lomas rocosas cubiertas por un suelo delgado, en algunas zonas totalmente desnudas. Achiras, como San José, está rodeada parcialmente por un muro y zanjas que, con dos pequeñas corrientes, constituyen sus defensas. En comparación está construido de forma más dispersa y cubre un espacio más amplio, aunque creo que no contiene sino la mitad de la población de San José. Quizás el estilo de estos dos poblados y su aspecto general se entenderán mejor comparando a San José con una pila de adobes recién hechos, y a Achiras con un racimo de adobes viejos lavados por la lluvia. El ultimo tenía la ventaja de estar parcialmente rodeado de árboles.”

Así, a pocos kilómetros de recorrer Córdoba, el teniente Archibald tiene sus primeros encuentros con cordobeses, en Achiras.

“Mientras el arriero procuraba comida para los días siguientes, di unas vueltas por el pueblo para obtener ‘cigarritos’, me divirtió el asombro y el despecho que mostró un hombre viejo a quien me dirigí para averiguar dónde se compraban, al enterarse de que yo no sabía armarlos. Tras ilustrarme un rato sobre la locura de atravesar la pampa sin llevar mi propio tabaco y papel, insistió en que yo desmontara para tomar una lección sobre el arte de armar cigarros. Y cuando hube adquirido conocimiento sobre el modus operandi, me regaló unos cuantos. Y se despidió, aunque no sin que yo obtuviese, por medio de un soldado, una buena provisión de cigarros armados. Tan pronto como el arriero estuvo listo -tras conseguir un ternero mamón como comida- seguimos nuestro viaje y viajamos hasta las diez en punto, en que acampamos en la pampa.”

Entre charcos e insistentes mosquitos sigue el grupo su marcha hacia el este:

“Unos treinta kilómetros sobre el mismo tipo de paisaje se llega a la Villa de Río Cuarto o, más propiamente, la Villa de la Concepción. Habíamos visto al pasar dos ranchos, uno a treinta y otro a casi cincuenta kilómetros. El país se diversifica con lagunillas y pantanos bajos en torno a los cuales pastaban venados y guanacos. La Villa de la Concepción se levanta en la orilla oeste del Río Cuarto y, como otras ciudades de la frontera con los indios, está fortificada con murallas y zanjas. Esta defensa puede ser poca para detener a soldados, pero es suficiente contra los indios, cuyas únicas armas son la lanza y las ‘bolas’ y siempre atacan a caballo. La ciudad se ordena en cuadrados, tiene su plaza, con una barraca y adentro una iglesia, como es común.”