Amar la zamba

Desde el domingo, en coincidencia con el vigésimo aniversario del fallecimiento de Gustavo Cuchi Leguizamón, estará disponible por tres días en Youtube un documental biográfico realizado por Claudio Koremblit, que resume cinco años de investigación y recopilación de testimonios.

Por J.C. Maraddón

Dentro de los géneros musicales, suelen coexistir dos tendencias opuestas que, en su tironeo, dan lugar a una dinámica por demás enriquecedora. La más común es, por supuesto, aquella fuerza centrípeta que abroquela esa vertiente sonora sobre sí misma, para impedir que pierda aquello que se considera inseparable de su esencia. Esta postura es defendida por los artistas que se esmeran en respetar a ultranza lo que dicta la tradición y que, por ese mismo espíritu conservador, se niegan a toda innovación por muy bien elaborada que esté y por más que quien la impulse tenga la mejor de las intenciones.

Pero, en sintonía con estos esfuerzos, asoman otros de naturaleza centrífuga que cumplen el rol de una vía de escape, porque se proponen abrir el juego a las experimentaciones y desparramar guiños hacia aquellos que no son fanáticos del género y que, a partir de estas heterodoxias, finalmente se dejan atrapar. Quienes militan en este sentido se transforman así en difusores, prestos a realizar una tarea evangelizadora para engrosar las filas de los que empiezan a escuchar determinado estilo musical, por más que a priori eso que les está comenzando a resultar atractivo pueda estar en las antípodas de su propio paladar de melómanos.

En tanto los primeros se encargan de retener los favores de la vieja guardia, estos últimos cumplen la misión de capturar la atención de los más jóvenes, que quizás sienten rechazo por las sonoridades más apegadas al pasado. Y se verifica en la historia que esos talentos renovadores han sido los que han tendido los puentes generacionales por los que los nuevos públicos llegan a abrevar de las raíces. Ejemplos sobran de esos que se rebelaron contra los mandatos y que, en su afán de apartarse de lo que debe ser, inventaron una manera distinta de hacer las cosas.

Dentro de la música folklórica argentina se encuentran ejemplos de ambas tesituras, aunque la separación se profundizó sobre todo durante los años sesenta, cuando los vientos de cambio que sacudían el mundo también se inmiscuyeron con los sones nativos y abrieron una corriente más audaz y rupturista. Fue esta ola la que depositó en los oídos de los rockeros las ideas que propiciaron una fusión impensada, un híbrido capaz de combinar ese rocanrol procreado en la cultura anglosajona con formas tan autóctonas como la zamba o la milonga, hasta obtener un producto en el que es difícil distinguir una cosa de otra.

Gustavo Cuchi Leguizamón, el pianista y compositor salteño de cuya muerte se cumplen 20 años en un par de días, no sólo es una referencia trascendental en nuestra música de raíz nativa, sino que además es una figura que logró zanjar esa omnipresente dicotomía entre la convergencia y la divergencia. Porque no hay manera de disociar las obras maestras que provienen de su ilimitado talento con el repertorio clásico del folklore nacional. Las máximas figuras del género han versionado esas canciones que sabemos todos, muchas de las cuales cuentan con la complicidad del poeta Manuel J. Castilla en las letras.

Desde el domingo, en coincidencia con el aniversario de su fallecimiento, estará disponible hasta el martes en Youtube el documental “Gustavo Leguizamón creando la tierra”, de Claudio Koremblit, que resume cinco años de investigación y de recopilación de material de archivo y testimonios. A la luz de lo que ha ocurrido en las últimas dos décadas en el panorama cultural argentino, la estatura artística del Cuchi Leguizamón se agiganta, como el impulsor de mixturas descabelladas entre géneros, que para lograr ese efecto no hizo más que expresar con su piano el infinito amor que sentía por la zamba y la baguala.