Un ingeniero viaja por tierras lejanas (Tercera parte)

Concluye la lectura de “A Visit to South America” del naturalista e ingeniero inglés Edwin Clark, donde refiere sus días en la ciudad de Córdoba y sus excursiones y relaciones con científicos de la universidad y con el Dr. Gould, director del Observatorio. Clark partió lamentando lo breve de su estadía.

Por Víctor Ramés
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Edwin Clark disfrutaba unos días de verano de 1876 en Córdoba en que, entre otras cosas, compartió excursiones botánicas y paseos a las sierras con destacados naturalistas y científicos extranjeros que residían aquí. El naturalista, matemático e ingeniero británico se sintió a sus anchas durante esas jornadas.

Acampamos a la sombra en una cañada, cerca de una corriente de agua fresca que en tramos se empozaba en cuencos formados en las rocas de granito, o formaba pequeñas caídas y gorgoteaba entre los pedruscos y grandes rocas desprendidas de la montaña. Pero lo que resulta imposible de describir es la exuberancia y la novedad de la botánica que cubría cada roca e incluso a la misma corriente. El disfrute se multiplicó por el placer de contar a semejante botánico como amigo, conocedor palmo a palmo de la localidad y cada planta de muchas millas en torno. Las tillandsias son especialmente numerosas y bellas. Hay veinte o treinta especies y me asombraba la agilidad y la energía con que nuestro amigo repentinamente desaparecía en lo alto, entre las rocas y bosques para mí inaccesibles, para regresar a los pocos minutos con una nueva especie que quería enseñarme.”

No fue esa la única expedición a las serranías que tuvo Clark la oportunidad de hacer con sus amigos recientes.
“En otra excursión visitamos un pintoresco molino en las sierras, sobre el río Tercero. La ruta corre sobre veinte kilómetros de barro seco y quemado por el sol, polvoriento y duro, con piedra y guijarros, y bloques de rocas primarias con incrustaciones de arenas y micas. El calor del sol era extenuante. Algunos bosquecitos irrigados proveían alguna sombra de altos álamos y sauces. El pasto que se ve se reduce a una sola especie:
paspaeum notatum, que crece en parches y alimenta a numerosas cabras y a unas pocas vacas y caballos. (…) Nos encontramos aquí, como en todas partes, con la más ilimitada generosidad, y disfrutamos de un suntuoso ágape que preparó para nosotros el propietario, Mr. Taylor. Pudimos asistir al enlazado y yerra de unas cien vacas en un corral y la extraordinaria habilidad del gaucho fue un espectáculo digno de ver, aunque no podíamos dejar de sentir pena por los animales que, al ser enlazados a todo galope, caían de forma tan violenta sobre el suelo duro que a veces podían quebrarse el lomo.”

Junto a su pasión por la naturaleza inmediata, Edwin Clark cultivaba una gran afición por la astronomía, incluso poseía un telescopio obsequiado por su antiguo jefe, Robert Stephenson. Así refiere su visita al Observatorio de Córdoba.

Disfrutamos también de horas inolvidables en el observatorio con Mr. Gould. El edificio se encuentra en una elevación seca y polvorienta a unos cien metros por sobre la ciudad. A su alrededor, la greda blanca ha sido barrida por la lluvia hasta formar hondas barrancas en una forma singular. El suelo es tan irregular que cuesta caminar sobre él. Se ve como si acabase de emerger de un mar tormentoso. El observatorio es un lugar amplio y cómodo, totalmente privado de ostentación. El objeto principal de este astrónomo infatigable ha sido cumplir un deseo largamente acariciado: la publicación de un catálogo perfecto de las estrellas del hemisferio sur. Los principales instrumentos fueron diseñados específicamente para ese fin. Consisten en un círculo meridiano grande y un buen ecuatorial fabricado por Alvan Clark, con los accesorios habituales y una colección de instrumentos meteorológicos estándar, ya que ese departamento también pertenece a la provincia del astrónomo. Con la asistencia de un eficiente equipo de ayudantes, los requisitos de observación de rutina se cumplieron por algunos años acabadamente, con un celo y una continuidad probablemente difíciles de equiparar. Y el importante resultado de esa labor está en curso de revisión y publicación.”

La obra a que hace referencia el visitante inglés es la Uranometría Argentina, publicada en 1877, que contenía mapas estelares con más de 7000 estrellas registradas.
“Los volúmenes extensos e instructivos de observaciones meteorológicas, compiladas por el observatorio, se han publicado recientemente. Poseen gran interés al tratarse de la primera publicación de ese tipo sobre este clima. Entre las ilustraciones gráficas hay una lámina que demuestra del modo más sorprendente la conexión entre las manchas solares y la temperatura. El sitio del observatorio fue elegido por el propio Mr. Gould. El clima seco y el cielo claro fueron consideraciones importantes, pero el conveniente retiro que provee una posición alejada e inaccesible de cualquier centro agitado de civilización tuvo, según me dijo él mismo, mucho que ver en la elección.”

El crecimiento de la ciudad ha convertido casi en una ironía aquel aparente retiro en que entonces se hallaba el observatorio, que desde hace rato ha quedado envuelto por un barrio del sur cordobés, a minutos del centro. Pero llegaba la hora de partir para Edwin Clark, lo que lamentaba el visitante ya que había pasado días muy felices en Córdoba.

Lamentamos muchísimo no poder prolongar nuestra estadía en Córdoba para unirnos a excursiones más amplias entre el magnífico rango de las sierras que casi llegan a la ciudad, y que crecen en altura progresivamente hasta perderse en la gran cadena de los Andes, de la cual son el centinela destacado. Lo normal es extender esas expediciones por dos o tres semanas, viajando a lomo de caballo, y llevando tiendas y provisiones para el viaje, durmiendo en el lugar. Imaginarán cuánto me costó rechazar la invitación de Mr. Hieronymus para acompañarlo en su siguiente excursión.
(…)
Dijimos adiós con pena a nuestros excelentes amigos de Córdoba el 10 de octubre, y regresamos a nuestros cuarteles en Buenos Aires, llevándonos varios cientos de especímenes de plantas secas, un punzón de caña, una tinaja para conservar agua fresca, hamacas, encajes, serpientes en botellas, especímenes geológicos y un par de loritas, todo lo que nos llevamos de regreso a Inglaterra en diciembre de 1877.”