Parasitismo feudal con el impuesto a la riqueza

El proyecto de impuesto a la riqueza no afectará tanto a las grandes fortunas como sí lo haría con la credibilidad de Argentina.

Por Javier Boher

En “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” el sociólogo alemán Max Weber desarrolla su explicación respecto a por qué nació el capitalismo en Europa antes que en otros lugares del mundo. Pese a que China o Medio Oriente poseían más riquezas y desarrollo, fue en Europa donde se dieron las condiciones para que se ponga a girar la rueda.

Weber pretendía ser un crítico constructivo respecto a la obra de Marx, a la que consideraba incompleta. A diferencia de este último, Weber consideraba que eran las ideas (la forma de pensar) las que permitían que las condiciones materiales evolucionen en un determinado sentido. Había que pensar de una forma para que las cosas se transformen.

El origen del capitalismo, entonces, tenía que ver -desde la óptica weberiana- con una forma de ser planteada y compartida por los protestantes. La ética -como rama filosófica que plantea la reflexión sobre lo bueno o lo malo- nos lleva a formas de actuar que consolidan un determinado orden social, político y económico.

De esta manera, los protestantes originarios creían que había que esforzarse en su vocación, ya que el trabajo duro era la forma de demostrar que estaban agradecidos con Dios y su proyecto divino. Sin embargo, también despreciaban el lujo, al que consideraban una contradicción respecto a la vida humilde de Jesús. Así, los excedentes producto del esfuerzo no se iban en gastos superfluos: todo se reinvertía para hacer crecer el negocio, aumentar las ganancias y demostrarle al señor todo lo que se hacía para entrar al cielo.

Un par de años más tarde -y algunos kilómetros más lejos- en estas tierras se abocó Milcíades Peña a escribir la “Historia del pueblo argentino”. El texto fue el primer estudio histórico de corte marxista en Argentina, en tiempos en los que el peronismo logró adueñarse del movimiento obrero para alejarlo del camino revolucionario.

En ese texto, Peña sitúa el origen de las estructuras precapitalistas de este país en la colonización española. A su entender, una potencia feudal sólo podía traer feudalismo a estas tierras. Así, feudalismo tuvimos desde siempre, bien alejado de la fase capitalista que se desarrolló posteriormente en Europa.

Peña y Weber confluyen -sin proponérselo- en un triste diagnóstico para Argentina. Acá jamás hubo capitalismo, porque nunca se aceptó a la ganancia como un indicador (ni como un objetivo) del esfuerzo personal. Lo opuesto sí se vio: lejos de propiciar la inversión, nuestras clases dominantes eligieron tirar manteca al techo. Antes de propiciar la condiciones para el desarrollo libre de empresas, se las ató al Estado (con regulaciones o con testaferros de lo poderosos) y se fue achicando cada vez más el juego.

En medio de la pandemia -y quizás como una efectiva cortina de humo- se empezó a hablar de que las grandes fortunas deberían ser alcanzadas para hacer un aporte solidario, eufemismo para no decir que sería un (otro) impuesto a la riqueza. Aunque desde los números no afectaría significativamente al patrimonio de los grandes millonarios e inicialmente acortaría la brecha de desigualdad, sería una medida estrictamente cosmética. En algún momento todo volvería a flote porque las estructuras sociales y económicas no se verían modificadas estructuralmente.

Seguramente las riquezas seguirían fluyendo hacia afuera, como hacen amigos y enemigos (pero siempre socios) del gobierno de turno. Con ese panorama no veríamos venir inversiones, ahuyentadas por el fervor anticapitalista que hemos mostrado la mayor parte de un atrasado siglo XXI

¿Por qué no promover la inversión de lo que se quiere cobrar impuestos? Nada es mejor que el trabajo, en blanco y bien pago, como mecanismo para acortar la brecha de desigualdad y aumentar las posibilidades de crecimiento intergeneracional. Las condiciones económicas estables y el resguardo de la propiedad privada si  las claves para que ese dinero se invierta en vez de quedar ocioso.

Se podrían desarrollar programas de incentivo para ciertas áreas, como fondos privados para financiar stratups u otros emprendimientos, eximiendo de impuestos a los flujos de dinero que se dirijan específicamente a ciertas áreas de interés, como las empresas vinculadas a la tecnología y lani distraía del conocimiento.

A futuro eso es altamente improbable. Con dirigentes formateados en esa matriz feudal que identificó Peña, el capitalismo en estas tierras no tiene lugar. En lugar de rescatar la ética del esfuerzo y la reinversión, como señaló Weber, nuestros dirigentes prefieren la confiscación y el empobrecimiento. Así, en el horizonte sólo tendremos el pasado.