Un ingeniero viaja por tierras lejanas (Segunda parte)

El libro “A Visit to South America” del científico e ingeniero inglés Edwin Clark no fue traducido al castellano, aunque sí citado por algunos autores. Nos interesa en particular el capítulo final, donde dedica páginas a su breve estadía en Córdoba, en el verano de 1876.

Por Víctor Ramés
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En un libro de ensayos sobre Latinoamérica, el Caribe y la cultura e identidad continental, la autora Helen Ryan Ranson incluye una referencia al libro de Edwin Clark publicado en 1878, sobre América del Sur. La autora comenta con tono crítico el enfoque casi puramente técnico de Clark sobre los países que visitaba, y apunta que este “describió Buenos Aires como una ciudad de calles rectas que se intersecan en ángulos de noventa grados, algo que por alguna razón le pareció perturbador. Le intrigaron las casas bajas con una sola entrada que encerraban un patio y un jardín, pero, en tanto ingeniero se inclinó a conjeturar, respecto a los aljibes en las casas, que eran consecuencia del reciente y turbulento pasado político en el que cada casa debía estar defendida y contar con una provisión independiente de agua. El confort y el hecho de que en el pasado inmediato no se contase con una provisión central de agua, no pareció ocurrírsele como explicación.”

Esa referencia pone un tono sobre el sesgo de la mirada de Edwin Clark, durante su viaje por Paraguay, Uruguay y la Argentina. En Córdoba, adonde había llegado en octubre de 1876, al autor le tocó participar de una escena que describe muy bien el clima religioso que saturaba el aire de la ciudad, y que pregonaba lo que Edwin juzga como “el carácter supersticioso e intolerante de los cordobeses”. Aquí el ingeniero inglés confunde al santo patrón de Córdoba que era, por supuesto, San Jerónimo.

Tuvimos la ocasión de presenciar una procesión religiosa en honor a San Francisco, el santo patrono de la ciudad. El santo y una imagen femenina habían sido portados alrededor de la ciudad en la forma de estatuas gigantescas y horrorosas, seguidas por una hueste de clérigos con ropas coloridas y oros, y una banda militar de música. Altares temporarios se instalaron en las calles y era llamativo ver la devoción aparentemente sincera, aunque abyecta con la que la multitud -compuesta en su mayoría de mujeres y niños- se arrodillaba y ponía los brazos en cruz al paso de esta procesión de mal gusto. Y ningún espectador, en realidad, podía sentirse a salvo de las miradas de los otros. El mantenimiento de semejante ejército de curas seguramente debía pesar terriblemente en los impuestos de estas pobres criaturas, que eran quienes los mantenían. Los altares estaban cubiertos de velas de cera, algunas de tamaño enorme, y también se portaban velas en la procesión. El presupuesto en cera ha de haber sido considerable, pero ningún otro material habría servido para las ofrendas religiosas. Se puede fundir y refundir para su uso en cientos de expiaciones.”

Clark da cuenta en otro párrafo de los espacios urbanos que tuvo ocasión de visitar durante su estadía en Córdoba, como es el caso del lago del Paseo Sobremonte, que le da pie para explayarse sobre el suministro de agua de la ciudad.
“Un rasgo particular de Córdoba es un lago artificial o depósito rodeado de un paseo con buena sombra gracias a su arboleda. El calor en verano es intenso y todos los que pueden se marchan a las sierras, pero este paseo público depara agradables tardes de retreta a los habitantes de la ciudad.
Una corriente clara de agua corre diariamente durante varias horas por la calle principal, con la cual se riegan las calles y de la que se proveen muchas casas. La provisión de agua es, no obstante, precaria. El río se veía reducido a un pobre caudal de agua clara que fluía entre pedruscos de granito y guijarros, lo que daba evidencia de su volumen ocasional y de su velocidad. Baja de las sierras como un torrente de montaña en el tiempo húmedo y es difícil de controlar. El cultivo en esos valles áridos, donde la lluvia frecuentemente se extraña por varios meses consecutivos, solo puede ser sostenido por medios de irrigación, la cual es posible solo en la vecindad de los cauces. El río Primero provee de agua mediante el desvío a través de diversos canales y es absorbido por el cinturón fértil que lo flanquea.”

Yendo a aspectos de su estadía, ofrece Clark un panorama de las actividades y de las amistades de que gozó en Córdoba.
“Una gran parte de nuestro disfrute de Córdoba se debió a la gentileza y hospitalidad de nuestros amigos: el Sr. Gould, astrónomo del Observatorio de Córdoba, y los profesores de su universidad, que fueron nuestros amables acompañantes e informantes. La biblioteca y la magnífica colección de plantas de la universidad, el museo, los laboratorios y en particular el valioso conocimiento local y la experiencia personal de los profesores, estuvieron siempre a nuestra disposición. La universidad, al proveer un centro y casa para la ciencia, ha sido del más alto valor en estos nuevos países donde faltan muchas veces otros estímulos y apoyos. Los edificios y claustros son agradables y cómodos, y se están ampliando. El profesorado es de primer orden, aunque esa ventaja todavía no puede ser aprovechada en la medida en que se podría esperar. El museo contiene una colección admirablemente clasificada de rocas y plantas de las proximidades, y es el núcleo de una excelente colección de historia natural. Una extensa y valiosa colección de especímenes desecados de plantas estaba siendo preparada por el Sr. Hieronymus, para su exhibición en París. Los eminentes servicios prestados por este infatigable botánico son bien conocidos, y durante todo mi viaje de nada disfruté más que de nuestras excursiones botánicas con este caballero en las sierras. Poseía algunas mulas magníficas y el equipo de su perspicaz asistente, quien llevaba colgadas de su silla alforjas de cuero para guardar especímenes, era muy completo. La excursión fue en parte un picnic, ya que nos acompañaban el señor Gould y unas damas, y asamos una gran porción de res que habíamos llevado, a la manera auténticamente nativa, en un palo sobre la fogata. Disfrutamos mucho del paseo por las planicies quemadas por el sol donde lucían la amarilla retama y varias acacias enanas, y la subida a las sierras cubiertas de exuberante vegetación.”