Lo importante es lo remoto

Muy lejos todavía de la chance de que se permita a la gente retornar a los estadios de forma masiva, como el espectáculo (futbolístico) debe continuar, se reinició la disputa de la Copa Libertadores de América y se realizan los aprestos para las Eliminatorias del Mundial 2022.

Por J.C. Maraddón

Desde hace demasiado tiempo, considerar al fútbol (y otras prácticas populares) sólo como un deporte puede llevarnos a no entender muchas de las cosas que ocurren alrededor del balompié, cuya repercusión excede en mucho el marco de lo deportivo y se inmiscuye en áreas aparentemente tan ajenas como la política o el espectáculo. Esos supuestos exabruptos se han reiterado de modo permanente hasta dejar de ser una excepción para transformarse en la regla y, por lo tanto, deben ser incluidos como factores concomitantes al quehacer futbolístico, tanto o más indispensables que la habilidad de los jugadores o la sagacidad de los directores técnicos.

Frente a prejuicios que podrían señalar como frívolo el interés de proseguir con el desarrollo de los campeonatos en medio de una pandemia que a su paso arrastra un saldo de miles de muertos y una destrucción sistemática del aparato productivo universal, lo cierto es que por algún motivo la presión para que los partidos continúen jugándose ha sido tan fuerte. Hay algo más allí que el simple impulso competitivo. Y tampoco es que la motivación se agote en la capacidad que tiene el fútbol de distraer a la gente y de desviar su atención de aquellos asuntos cuya divulgación pondría en aprietos a ciertos sectores de poder.

A diferencia de otros entretenimientos que recién ahora, apremiados por el distanciamiento social, se están familiarizando con las posibilidades que ofrece el streaming, los futboleros llevan décadas prendidos a las pantallas para no perderse detalles de los torneos. Y es que, por más que decidieran ir a la cancha, nunca podrían estar en todos los estadios donde se escenifican los encuentros. Por eso, más allá de que asistan o no en persona, saben que (casi siempre pago mediante) pueden acceder al menú del fixture completo, en directo o en diferido, sin moverse de su casa.

Ese negocio multimillonario, en el que participan desde jeques árabes hasta los mayores pools de la comunicación internacional, se ha tornado de vital importancia por la estructura y las fortunas que movilizan. Y queda claro que no es la presencia de multitudes en los estadios lo que resulta imprescindible para que la rueda siga girando, sino que después de tantos años de despliegue mediático, lo que hoy garantiza los ingresos necesarios para el sostenimiento de esta usina de incontables ganancias es que los matches se disputen para ser vistos de forma remota, aunque se jueguen sin público y a puertas cerradas.

En esa tesitura de que el show debe continuar contra viento y marea, poco importa la salud de quienes se calzan las camisetas y mucho menos parece trascendente el sinsentido de esos coliseos gigantes en cuyas gradas sin hinchas rebotan los ecos de los gritos de los jugadores y técnicos. Mediante el simple recurso de una grabación que reproduce el aliento de las tribunas, las transmisiones construyen la sensación de que la barra no está ausente y pretenden dotar de una cuota de realismo a esos eventos online que cada vez se asemejan más a los videojuegos.

Muy lejos todavía de la chance de que se permita a la gente retornar a los estadios de forma masiva, se reinició hace pocos días la disputa de la Copa Libertadores de América y se realizan los aprestos para las Eliminatorias del Mundial 2022. Esas decisiones dan a entender sin remilgos que la asistencia de los fanáticos no es una prioridad para la dirigencia futbolística y que al sponsoreo no le interesa que haya una multitud en la cancha sino que haya millones siguiendo a distancia a través de un dispositivo lo que sucede en el campo de juego.