Un ingeniero viaja por tierras lejanas (Primera parte)

Edwin Clark, quien construyó grandes puentes y hasta logró izar grandes naves, hizo un viaje de placer de dos años por tierras platenses y guaraníticas, en 1876-77. Leemos su mirada sobre Córdoba en el libro “A Visit to South America”.

Por Víctor Ramés

El joven Edwin Clark se destaca en detalle de una pintura clásica sobre quienes erigieron el puente tubular Britannia, en 1850.

Un inglés sesentón viene en el Central Argentino de Rosario a Córdoba, en octubre de 1876. Dejó su país en un viaje de placer a la lejana Sudamérica, y sus intereses de observación científica y de vivencias lo retendrían por espacio de dos años, residiendo entre la región platense y la guaranítica. El viajero está retirado de los negocios y de una profesión en la que logró un lugar destacado. Edwin Clark nació en 1914, en el seno de una familia dedicada a la producción de encajes de hilandería manual, industria muy característica del condado de Buckinghamshire. A los once años lo enviaron a estudiar a Normandía, de donde volvió a los trece con gran dominio del francés y buena formación en geometría. Edwin absorbía conocimiento, pero no parecía ni cerca de empezar a ganarse la vida. Las cosas empeoraron con los efectos de la hilandería mecánica que golpeó al artesanado textil, ahogando la prosperidad de los productores tradicionales de la región. A los diecisiete, la familia envió a Edwin a Londres a trabajar junto a un tío abogado, con la esperanza de que se formase en esa profesión. Pero allí lo que más le interesó fue devorar la biblioteca científica del tío, cultivando su gusto por las matemáticas, la astronomía, la mecánica, la química y la historia natural. Exhaustas las arcas familiares, el padre le explicó que no podía hacer mucho más por él. Recién al cumplir los veintitrés años Edwin empezó a dar clases de matemáticas y pudo ganarse la vida y aportar a la familia. No parecía una vida destinada a ser brillante, hasta que un golpe de suerte vino en su ayuda.

Eso ocurrió treinta años antes de que Edwin Clark se embarcase para conocer Paraguay, el Uruguay y la Argentina, por un par de años. Ahora el tren surca la pampa y Clark toma algunas notas en su cuaderno de viaje, a medida que observa el paisaje.

A los treinta y dos años, Clark solicitó una entrevista con Robert Stephenson, el más afamado ingeniero civil de su época, y empresario constructor de locomotoras y de puentes. Tras una larga amansadora, logró ser recibido por Stephens, quien halló en el joven muy buen juicio crítico, excelente formación matemática y gran talento técnico, por lo que acabó contratándolo con oficina propia para una de las grandes proezas de ingeniería de ese tiempo. Clark se convirtió en ingeniero residente para la construcción del gran puente tubular Britannia sobre el estrecho de Menai, entre las islas de Anglesey y Gran Bretaña. “El mayor trabajo jamás intentado por mortales”, le escribió a su familia.

Entonces comenzó una vida nueva y una carrera brillante para Edwin Clark, quien fue una pieza clave para Stephenson en la construcción de los puentes de Britannia y Conway, luego realizó importantes aportes a la telegrafía temprana, y remató su fama con la invención y construcción de un elevador hidráulico para naves en dique de carena, que fue de gran utilidad en las esclusas británicas. Clark también realizaría estudios de seriedad en el campo de la astronomía y de las ciencias naturales, disciplinas a las que dedicó largas y detalladas observaciones y descripciones.

Todo eso hay a espaldas del hombre sesentón que va en el tren y que, como lo ha hecho en el Paraguay, en el Uruguay, y luego en Buenos Aires sigue tomando apuntes de lo que ve, para escribir un libro. Este será publicado en Londres en 1878: Una visita a Sudamérica – Con notas y observaciones sobre las costumbres y los rasgos físicos de la región y los incidentes del viaje.

Clark ve este paisaje y estos modos de vida desconocidos con ojos de ingeniero. Poco se detiene en los rasgos culturales e históricos y se fía de la experiencia de su propia mirada. El ferrocarril comienza a recorrer territorio cordobés y de sus apuntes tomamos las citas que siguen.

La vía atraviesa un océano de pampa en una línea absolutamente recta, y tan a nivel que provee un agradable horizonte a su alrededor, tal como el mar. Pero las pampas en realidad se elevan a medida que nos aproximamos a las Sierras, de modo que Córdoba está a no menos de 380 metros sobre el nivel del río. En Rosario, el cambio de suelo y el clima a medida que subimos es muy marcado. Cerca de Rosario el suelo aluvial normal es fértil, y grandes áreas estaban cultivadas con maíz y trigo. Los frutos, sin embargo, están sujetos a la destrucción por la sequía, las langostas y las tormentas. La zona aluvial desaparece gradualmente y atravesamos enormes áreas de suelo gredoso seco que se levantaba en nubes de polvo por acción de los fuertes vientos que siempre soplan. Los ranchos son pobres, incluso miserables. Y el campo está cubierto de arbustos y árboles achaparrados, sin ningún río o agua cerca. Su carácter salvaje se acentúa a medida que avanzamos y luego pisamos sobre extensas arenas infértiles y pedregales con vegetación chata y leñosa, hasta que salimos finalmente a la blanca y seca zona rocosa que rodea a Córdoba.”

Edwin pone atención a la vida vegetal, a la geología, al suelo, a los modos de resolver los habitantes de estas pampas sus necesidades, al clima. Pero en tren, Córdoba está cerca y el paisaje cambia en su proximidad. Clark hace una introducción sobre la ciudad, muy general y poco precisa en la que la única orden religiosa mencionada es la de los jesuitas, cuyo poder no era significativo en 1876.

El clima aquí es seco, bueno, y subtropical, y el campo está cubierto con arbustos y pasto áspero. Las hermosas flores amarillas sin hojas de la retama florecen por todas partes, y los claveles del aire, los aloes y los cactus cubren las rocas. Córdoba se encuentra en un valle y, vista desde la altura al aproximarse, enmarcada en las sierras, es muy linda. El río Primero, ahora casi seco, corre a través del valle, y provee de agua a la ciudad. Córdoba le debe toda su importancia a los Jesuitas. Ellos fundaron y erigieron la ciudad, con sus numerosas y bellas iglesias, conventos y otros edificios eclesiásticos, y su catedral en su mayor parte morisca. También fundaron la universidad en 1613.”