La Argentina no sale de su laberinto

Para cortar el drenaje de reservas del Banco Central el Gobierno eligió el camino de la represalia y no del incentivo. Una posibilidad más prolija era desdoblar el mercado cambiario y, por supuesto, plantear un programa que oriente hacia dónde va el país. Se prefirió seguir ganando tiempo a costa de más incertidumbre.

Por Gabriela Origlia 

La Argentina es un laberinto de trabas y el que tiene el hilo para llegar a la salida parece escondido o tapado por quienes tienen un programa político que va por el lado contrario al económico que necesita el país para crecer. La salida es mejorar las condiciones para que ingresen dólares y no empeorar el contexto para que se demanden. Más limitaciones, más restricciones y más piedras en el camino no es lo que se requiere para alentar la oferta.

El proyecto de presupuesto 2021 parte de la base de que el próximo año no habrá pandemia por lo que se podrán ahorrar las partidas destinadas a paliar sus consecuencias; la otra estimación es que la economía crecerá 5% del PBI, lo que se fundamenta en que las actividades frenadas por la cuarentena volverán a la cancha. Frente a ese panorama el cálculo de déficit es de 4,5%, por encima de lo que darían los supuestos anteriores.

¿Por qué esa proyección? Porque la idea es que el Estado aumentará el gasto para que la economía crezca. Seguirá aumentando las erogaciones cuando esa receta ya se probó y fracasó. El economista Enrique Szewach grafica la situación como la de los “tres chiflados plomeros” que iban poniendo parches a las pérdidas de aguas hasta que terminaron encerrados en una jaula de caños.

El equipo económico –porque más allá de que el ministro Martín Guzmán se hubiera presentado como contrario a más cepo, hoy está entre los que defienden la profundización- puso toda la batería de medidas posibles para que no salgan dólares. Claro que esas herramientas tienen una contracara: el alto riesgo de que la economía de paralice. La matriz productiva argentina requiere de importar para producir. Las empresas necesitan pagar sus deudas para poder seguir financiándose e invertir.

Es obvio que el drenaje de reservas netas del Central por las ventas del “dólar solidario” era insostenible, venía a un promedio de US$ 109 millones diarios y era necesario tomar medidas urgentes para evitar una devaluación desordenada. La elección fue más cepo. Se tomó el camino del garrote y no del incentivo. ¿Había otras posibilidades? Los economistas entienden que uno es desdoblar el mercado cambiario y, por supuesto, plantear un programa que oriente hacia dónde se va.  Se prefirió seguir ganando tiempo a costa de más incertidumbre.

Algunos funcionarios minimizaron la salida de empresas –Falabella y Wal Mart fueron las últimas en anunciar su decisión- y otros admitieron que les “duele” cada compañía que se va. Es cierto que hay formatos que están desgastados pero también lo es que firmas que salen del país no toman la misma decisión en la región. ¿Por qué? Porque la Argentina tiene aceleradores propios y no son, precisamente, de los que impulsan hacia arriba.

Para compañías globales el mercado argentino no justifica por su tamaño el nivel de problemas que les genera. Por ejemplo, es difícil imaginar a los directivos del grupo español Inditex (dueño de Zara, entre otras marcas) dedicar horas a discutir cómo reemplazarán las prendas que no pueden importar. Tienen un modelo global que no va cambiando en cada país donde están. Si a Amancio Ortega no le tembló la lapicera para cerrar 1200 tiendas en Europa y Asia, ¿podría tener una política diferente para con la boca que tiene en Buenos Aires?

En general en la Argentina –no sólo en los gobiernos- se suele tener la percepción de que el país le puede torcer la vara a todos, de que las estrategias globales pueden darse vuelta en lo local. La impresión es que el mundo se la pasa mirando hacia este rincón y está dispuesto a reinventarse para acomodarse a los esquemas que se van ensayando por estas tierras.

Un Estado quebrado no puede ser el motor del crecimiento; la prioridad es que se ocupe de lo que debe (entre otras cosas, fijar reglas de juego claras) y que sean las inversiones privadas (nacionales y extranjeros) las que generen empleo y pongan en marcha la rueda del crecimiento y el desarrollo. Por ahora, ese esquema no es el que se está ensayando.